Rothbard y la paleoderecha

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    1. Introducción: Rothbard, el hombre

    El pensamiento político de Murray Newton Rothbard en su última etapa suele ser denominado “paleolibertarismo”, pero podríamos llamarlo sencillamente “rothbardianismo”. Podemos definirlo como “anarcocapitalismo +”. Es ese “+” el que quiero analizar hoy.

    Para comprender verdaderamente el pensamiento político de Rothbard en su última etapa, necesitamos conocer algo sobre el hombre en sí, y no sólo su obra: sus antecedentes, sus experiencias vitales, sus triunfos y reveses, y la sociología más amplia del movimiento que lo rodeaba.

    Siempre es un error separar a los pensadores de sus ideas, como mentes incorpóreas sin historias personales. Las personas importan tanto –quizás más– que las ideas que encarnan y promueven. Su credibilidad e integridad son primordiales, y a menudo determinan hasta dónde son difundidas sus ideas. No siempre, por supuesto. A veces, los malos ganan. Pero siempre debemos defender a los buenos, y nunca dudar en señalar los aspectos desagradables de los malos, ya sean Karl Marx, John Maynard Keynes, o algún político moderno como Javier Milei.

    Al considerar al Rothbard persona, resulta interesante contrastar su vida y sus orígenes con los de Ludwig von Mises, con quien está vinculado para siempre. Desde 1949, cuando Rothbard leyó por primera vez Human Action y la reseñó favorablemente. En cierto modo, Rothbard y von Mises comparten muchísimas cosas en común, tanto a nivel personal como profesional.

    Ambos eran judíos asquenazíes, intelectuales serios, ateos y nacidos en familias pequeñas. Ambos se casaron, pero no tuvieron hijos, demasiado entregados a sus carreras como para dedicarse a la vida familiar. Ambos se convirtieron en académicos pioneros de la escuela austriaca; ambos fueron sistemáticos en su enfoque de la economía y, por lo tanto, ambos escribieron más de un tratado exhaustivo.

    Ambos fueron increíblemente prolíficos, publicando millones de palabras. Ambos sufrieron un trato injusto por parte del mundo académico y de las principales revistas de economía. Ninguno de los dos ocupó jamás una cátedra universitaria fija, ni ganó mucho dinero. Ambos dependieron principalmente de donaciones de empresarios. Ambos eran personas de principios, valientes hasta la intransigencia. Ambos podrían haber hecho pequeñas concesiones aquí y allá, y haber disfrutado de trayectorias profesionales mucho más fáciles; y ninguno pudo soportar la hipocresía y la traición de muchos de sus contemporáneos “liberales clásicos”.

    Lo más importante es que ambos se hicieron enormemente conocidos e influyentes a pesar de todo esto. O quizás gracias a ello. Esa intransigencia dio sus frutos, en la singular distinción de volverse más conocidos e influyentes después de su muerte, gracias en gran parte a su tremenda popularidad entre el público general. En contraste, alguien como Arthur Burns ha caído en el olvido total, convertido en una simple nota a pie de página, a pesar de su prestigio.

    Pero en cierto modo, von Mises fue el reacio mentor de Rothbard, a pesar de la enorme influencia intelectual que ejerció sobre el joven. Rothbard asistió al seminario de von Mises en New York, y debe ser considerado su alumno más destacado, pero nunca fueron personalmente cercanos. Y si bien von Mises elogió efusivamente Man, Economy and State (Hombre, Economía y Estado) en 1962, calificándolo como “trascendental contribución” a la economía y a la praxeología, cualquiera que haya leído la biografía de von Mises escrita por el profesor Guido Hülsmann sabe que albergaba serias dudas sobre el radicalismo de Rothbard, especialmente sobre su anarquismo.

    Más allá de sus vidas profesionales, eran dos hombres sencillamente muy diferentes: hombres de porte y temperamento totalmente distintos.

    Von Mises era un hombre de la Vieja Europa, alguien que encarnaba la Viena de antes de la guerra en el apogeo absoluto de su esplendor cultural. Su forma de vestir, sus modales refinados, su manera de hablar y su visión del mundo reflejaban ese entorno. Poseía un carácter fundamentalmente reservado y serio. Ese estilo formal que exhibía en lo personal también se trasladaba a sus escritos y a su trayectoria profesional. En el fondo, era un pesimista; solía decir que se había propuesto ser un reformador, pero que terminó convirtiéndose en el “historiador de la decadencia”.

    Rothbard, en cambio, era un combativo joven de Brooklyn, un espíritu naturalmente inclinado a llevar la contraria, locuaz y propenso a los extremos. Su padre, un químico de clase media, era el único republicano en un edificio de departamentos literalmente repleto de judíos comunistas. ¿Cómo rebelarse contra eso? Para el joven Rothbard, naturalmente, la respuesta fue convertirse en todo lo contrario: no sólo se hizo republicano, sino que se esforzó por fundar en la Universidad de Columbia una agrupación de “Estudiantes por Strom Thurmond”, cuando aquel senador sureño –partidario de la segregación racial– se postuló a la presidencia en 1948 representando al Partido de los Derechos de los Estados. En el Manhattan de 1948, aquello debió equivaler a pedir una invasión de marcianos.

    Pero tal vez haya algo más que ayude a explicar las diferencias entre ambos hombres. Von Mises era un judío originario de Galitzia, en el Imperio austrohúngaro. Su familia ostentaba el título Edler von Mises, un rango menor de la nobleza austriaca. Su abuelo era un destacado banquero, miembro de la Cámara de Comercio de Lemberg y figura influyente en la sociedad judía de Galitzia.

    Para los judíos del Imperio austrohúngaro, el acceso a la universidad era mucho más sencillo. Gran número de ellos cursaba estudios de medicina, derecho, periodismo, ingeniería y carreras académicas, y ciudades como Viena, Cracovia, Czernowitz y Lemberg se convirtieron en importantes centros de la vida intelectual judía. Un judío de Lemberg vivía bajo un estado que, especialmente a partir de 1867, otorgaba a los judíos igualdad jurídica formal y oportunidades de participación política.

    Por ello, los judíos estaban representados de manera desproporcionada en las profesiones liberales. Los judíos vieneses como von Mises se convertían en profesores e intelectuales; se integraban en partidos liberales, en gobiernos municipales y en la política parlamentaria. Eran más cosmopolitas y estaban más integrados en la sociedad europea en general. Las experiencias de von Mises como judío en la Viena de antes y entre guerras reflejan esta realidad: se incorporó a la Wiener Handelskammer (Cámara de Comercio de Viena), y más tarde llegó a ser asesor del gobierno nacional austriaco y del Banco Nacional de Austria. Von Mises era judío, pero no un marginado despreciado en Viena.

    La familia de Rothbard no corrió la misma suerte, ya que procedía de la Zona de Asentamiento. La familia de su padre era originaria de las cercanías de Varsovia, ciudad polaca bajo control ruso. Las raíces de la familia de su madre se remontaban a una no especificada región de Rusia, aunque posiblemente vinculada con la clase alta o a la intelectualidad rusa. Así pues, a diferencia de los de von Mises, los orígenes familiares de Rothbard se situaban de lleno en la Zona de Asentamiento y en la parte de Polonia bajo dominio ruso, no austriaco.

    Ésto fue, casi seguro, una desgracia. Un judío de Varsovia vivía bajo un estado que restringía oficialmente la residencia de los judíos e imponía numerosas limitaciones legales a través del sistema de la Zona de Asentamiento. Esto conllevaba restricciones laborales –especialmente en lo referente a profesiones calificadas y cargos públicos–,acceso limitado a las universidades y a la educación superior, y graves restricciones de movimiento y residencia.

    El resultado fueron shtetls judíos sumidos en la pobreza, con todo el resentimiento que ello conllevaba. Sin embargo, no eran personas ignorantes; por ello, tales limitaciones y malos tratos los convirtieron en radicales: socialistas, sionistas y revolucionarios de toda índole. En cierto sentido, los judíos de la Zona de Asentamiento no podían permitirse el lujo de ser liberales moderados como von Mises. El Imperio austrohúngaro engendró liberales e intelectuales judíos que se extendieron por toda Europa. La Zona de Asentamiento produjo radicales y luchadores callejeros judíos que emigraron a América.

    Rothbard parecía llevar en el ADN esa condición de marginado propia de la Zona de Asentamiento, algo que se manifestaba en su intenso radicalismo, en su hostilidad instintiva hacia la autoridad, y en su tendencia a ponerse siempre del lado del más débil. Y a lo largo de toda su carrera, el propio Rothbard fue un eterno desvalido, incluso dentro de los círculos liberales clásicos. El trato profesional deplorable que recibió es un asunto recurrente: en Columbia, en National Review, en Brooklyn Polytech, en el Cato, por parte del entorno financiado por los Koch en la Universidad George Mason, en la UNLV, e incluso por el Partido Libertario.

    Tal vez Murray Rothbard –el agnóstico alegre, admirador de las tradiciones católicas y detractor de los reformadores pietistas– fuera un judío de Europa del Este más combativo y de carácter recio que lo que él mismo imaginaba.

    1. Rothbard, el radical

    Murray Rothbard fue muchas cosas, como lo demuestran la profundidad y la amplitud de los ensayos de la antología Rothbard at 100 que celebramos esta semana en la PFS. Economista, filósofo, historiador, jurista, periodista: elija usted mismo.

    Tampoco es exagerado añadir “genio político” a esa lista. Con la perspectiva que nos dan los casi 35 años transcurridos desde su muerte prematura, hoy podemos concluir que fue notablemente clarividente y estratégicamente brillante en su incisivo análisis político de Occidente: capaz no sólo de ver el panorama general –gracias a su increíble dominio de la historia–, sino también de dominar los detalles minuciosos de cada contienda y candidato, distrito por distrito.

    Naturalmente, las opiniones y puntos de vista de Rothbard evolucionaron y cambiaron a lo largo de cinco décadas y millones de palabras publicadas. Ésto es también aplicable a sus pronósticos políticos. Pero a través de todas estas disciplinas mencionadas, a lo largo del tiempo, de todas las facciones, alianzas y rupturas, y de todas sus incursiones políticas, surgen constantemente tres asuntos perdurables: Rothbard fue radical, reaccionario y revisionista.

    Estos tres asuntos afloran y se repiten a lo largo de su carrera. Su enfoque, ya fuera ante problemas de política, guerra, estatismo, economía o cultura, fue siempre absolutista y radical, en lugar de gradualista o reformista; siempre contrario al establishment y a las élites; y siempre opuesto a las versiones edulcoradas y grandilocuentes de la historia o de las figuras importantes.

    Lo que significa, en términos sencillos, que era populista y radical político nato. Y, claramente, no era conservador, ni por temperamento ni por doctrina. Cuando pensamos en la política de Rothbard, imaginamos a un intelectual radical, no a un tipo amanerado al estilo de George Will. Ni siquiera a alguien como Russell Kirk. Pensamos en sus escritos incendiarios y en sus recetas inquebrantablemente antiestatistas. Y Rothbard, ciertamente, no tenía ningún interés en conservar nada del statu quo político estadounidense, incluido el constitucionalismo simplón y el disparate de la “nación basada en principios” (propositional nation) que todavía aquejan hoy a Conservative Inc., a los Tories y a los partidos conservadores europeos.

    Así pues, nos encontramos ante el dilema de que Rothbard ejerció una enorme influencia en la derecha, pero nunca fue conservador. Aunque pasó gran parte de su carrera –especialmente al principio y al final– dentro y en torno de la derecha, cabe preguntarse si realmente pertenecía a la misma. ¿Debería recordársele y describírsele como una figura de la derecha?

    Es una cuestión que merece la pena plantearse, y no sólo desde un punto de vista académico o retórico. Es un asunto de gran importancia para quienes admiran su obra y desean ver cómo crece su influencia póstuma. El legado de Rothbard merece trascender el destierro libertario. Merece ser escuchado con mayor atención hoy en día, y esa atención podría ofrecer una hoja de ruta para una nueva derecha emergente en Estados Unidos y Europa; pero sólo si dicha derecha tiene el valor de renunciar a su fascinación por el ejercicio del poder estatal.

    III. El Rothbard de los ’90: evolución hacia paleoconservadurismo y populismo

    Los escritos que Rothbard produjo durante los últimos años de su vida –etiquetados despectivamente por los libertarios de izquierda como el “Rothbard de los años ’90” – nos dejaron algunos de sus análisis y estrategias políticas más incisivos. También incluyeron algunos de sus comentarios más incendiarios y provocadores sobre figuras y acontecimientos de actualidad. Asimismo, consolidaron su legado como referente de la entonces emergente paleoderecha (paleoconservadora), articulada en torno de figuras como Paul Gottfried y Patrick Buchanan, y a núcleos como el Rockford Institute y la revista Chronicles.

    Destacan dos obras polémicas de este periodo: en primer lugar, el ensayo de 1992 titulado Right Wing Populism: A Strategy for the Paleo Movement (Populismo de derecha: una estrategia para el movimiento paleo), donde expresó su firme respaldo a la política populista, reafirmó las normas culturales burguesas, abogó por el mantenimiento del orden público a pie de calle –“¡Suelten a la policía!”–, y manifestó su desprecio por las élites corruptas.

    En segundo lugar, figura su artículo de 1994 Nations by Consent (Naciones por consentimiento), que marca un cambio significativo respecto de su anterior postura sobre la inmigración –expuesta en Man, Economy, and State (Hombre, Economía y Estado)–, en el que consideraba las restricciones migratorias como una mera cuestión económica: intervenciones triangulares y proteccionismo puro. Aquí, Rothbard comienza a alinearse más estrechamente con von Mises al reconocer la naturaleza orgánica de la nación, pero va más allá al señalar cómo la inmigración abierta amenaza la cultura, la cohesión y la soberanía local. No se trata simplemente de una cuestión económica.

    Estos dos artículos ejemplifican al Rothbard de los años ’90 y muestran una evolución que el movimiento libertario necesitaba urgentemente. Nótese cómo esta etapa de la obra de Rothbard se caracteriza por algo de lo que carecen por completo sus críticos libertarios de izquierda: un afecto profundo y duradero hacia la gente común, así como una verdadera comprensión de ella.

    ¿Quién habría imaginado en los años ’50 o ’60 que este intelectual de baja estatura –aquel radical neoyorquino locuaz y con corbata de moño– terminaría convirtiéndose en un gran defensor del ciudadano de a pie? Posiblemente ni siquiera el propio Rothbard. Pero no hay ironía en ello. Desde el principio, el enfoque de Rothbard, así como su posterior programa de lo que podríamos llamar “libertad extrema”, estaban basados en el deseo de beneficiar la vida y el bienestar material de la gente común.

    Creo que todos los rothbardianos han percibido esa visión del mundo centrada en el ciudadano común en sus escritos divulgativos: un estilo populista y directo, combinado con una prosa periodística contundente, fruto de la fuerte influencia de Albert Jay Nock. Rothbard nos transmitía la idea de que la libertad era para nosotros, y no sólo para una vanguardia intelectual desdeñosa; que el objetivo era conquistar corazones y mentes, no botines políticos; y que el público al que se dirigía estaba en Des Moines, no en Washington D.C. Nos enseñó que la libertad es no sólo alcanzable, sino deseable; y deseable precisamente porque celebraba las posibilidades del ser humano tal como es realmente, y no como un ser perfectible. En realidad, él sentía aprecio por la clase media estadounidense.

    En este sentido, su nombre merece figurar junto con los grandes populistas estadounidenses: figuras como William Jennings Bryan, Huey P. Long, George Wallace y su amigo Patrick Buchanan. Pero, a diferencia de ellos, Rothbard acertó tanto en el análisis económico como en la crítica al estatismo. Comprendía la imposibilidad de la gestión estatal y, lo que es más importante, la inviabilidad del propio estado. Percibía la imposibilidad de una política “eficaz”; ni siquiera el liberalismo misesiano puede superar los resultados de suma cero propios de la política. La política sólo genera males y es intrínsecamente antiliberal. No existe tal cosa como la “libertad basada en la capacidad estatal”.

    Así, en los años ’90, Rothbard trató de llenar un vacío en la cosmovisión populista de derecha, al señalar el error de perseguir fines populistas mediante medios estatistas. Intentó llevar el libertarismo y la economía correcta a los restos de una derecha que comprendía tanto la cultura como la guerra. Al hacerlo en la década de 1990, retomó sus raíces de juventud e intentó resucitar la casi olvidada tradición de la “Vieja Derecha”: aquel periodo breve pero brillante –aproximadamente entre las décadas de 1930 y 1950, desde la era FDR hasta la Guerra Fría–, en el que los conservadores estadounidenses defendían un radical laissez-faire en el ámbito interno, y el no intervencionismo en política exterior.

    Así, su último acto en vida fue un intento por construir una coalición de derecha populista como una rebelión necesaria contra la nefasta apropiación del conservadurismo por parte de las fuerzas neoconservadoras seguidoras de Buckley. Comprendió con gran claridad que el supuesto consenso liberal de la posguerra –centrado en la hegemonía política, militar, económica y, sobre todo, cultural de Estados Unidos– no era ni liberal ni fruto de un consenso real entre los estadounidenses. Había que combatirlo, y había que hacerlo desde la derecha. Resultó que tenía razón, y la historia pronto le daría la razón.

    1. Rothbard, el sabio

    Al mirar hoy hacia atrás, y analizar a Rothbard y su proyecto político de los años ’90, resulta sorprendente comprobar con qué claridad comprendió el futuro político de Occidente. Y lo hizo hace tres décadas, en un contexto que hoy parece casi pintoresco: una deuda nacional de Estados Unidos de U$S 5 billones, el colapso de la Unión Soviética, la Guerra del Golfo, Bill Clinton, el TLCAN, los disturbios de Los Ángeles, y una época en la que los inmigrantes que preocupaban a Estados Unidos eran católicos mexicanos.

    En primer lugar, identificó con precisión los impulsos populistas que más tarde animarían el trumpismo, el Brexit, la AfD en Alemania, la Agrupación Nacional (respaldada por Marine Le Pen) en Francia, la resistencia frente a las medidas por el covid, y una multitud de otras rebeliones del siglo XXI. Comprendió cómo las élites –tanto de izquierda como de derecha– se habían convertido en una clase dirigente tecnocrática y tiránica, y cómo la única fuerza política viable capaz de resistirse a ello era populista, antielitista y antiglobalista. Asimismo, comprendía claramente no sólo el profundo malestar generado por la inmigración masiva procedente del Tercer Mundo –del sur al norte y del este al oeste–, que avanzaba a un ritmo cada vez mayor sin haberse sometido nunca a votación, sino también el significado del desprecio que las élites sentían hacia la clase trabajadora blanca. Cuando las élites son corruptas e ineptas, el populismo resulta justificado y noble. A este respecto, Rothbard hizo caso omiso de los aires de superioridad de quienes se autodenominaban “liberales clásicos”.

    En segundo lugar, anticipó con precisión la creciente inseguridad económica que subyacía a esos impulsos populistas, especialmente en Estados Unidos: una situación impulsada por el deterioro de las clases media y trabajadora, caracterizada por el estancamiento salarial, la política inflacionaria de la Reserva Federal, fuertes alzas en los precios de la vivienda, la educación, la sanidad, los automóviles y –ahora– incluso los alimentos; la externalización de empleos y de la producción manufacturera; las visas H-1B; universidades que se volvían inaccesibles y hostiles para los propios jóvenes del país; y una pauta constante de crisis y escándalos en Wall Street provocados por la Reserva Federal, seguidos siempre por rescates financieros.

    Y, sin embargo, la clase política brilló por su ausencia ante todas estas inquietudes. ¿Cuál fue su respuesta? Emisión monetaria y gasto deficitario interminables para ocultar la realidad económica; y redoblar la apuesta por programas globalistas que anteponían sus objetivos a las preocupaciones internas, incluidas guerras interminables e imposibles de ganar, y políticas comerciales que nunca benefician al ciudadano de a pie.

    En tercer lugar, Rothbard acertó plenamente en su análisis de las “guerras culturales” y en señalar lo inútil que resulta ignorar las cuestiones culturales al diseñar una estrategia política.

    Él comprendía que la política es una consecuencia de la cultura, a menudo situada muy aguas abajo de ésta. Los triunfos progresistas del siglo XX y principios del XXI fueron, ante todo, culturales; no obstante, la victoria cultural de la izquierda sobre la sociedad estadounidense se tradujo en importantes y duraderos éxitos políticos. Entendía perfectamente que las instituciones nunca pueden ser neutrales y que, por tanto, era preciso romper el control que la izquierda ejercía sobre los medios de comunicación, el mundo académico, los centros de estudios (think tanks), el gran mundo empresarial, e incluso las confesiones religiosas.

    Los años posteriores le han dado la razón: hemos sufrido ataques culturales desconcertantes contra todas las facetas de la vida tradicional, burlas hacia el matrimonio y la religión, rápida secularización e implacable imposición de la ideología gay y transgénero a la clase media estadounidense.

    1. Conclusión: Rothbard tenía razón y estaba en la derecha

    A fin de cuentas, Rothbard tenía razón. Y la “Paleoderecha” (Paleo Right) constituía su destino político natural. Siempre se mantuvo, por instinto, al margen de la corriente dominante, distanciado tanto de los neoconservadores partidarios de Bush, como de los libertarios de los años ’80 centrados en el estilo de vida. La derecha se había convertido en un proyecto grandilocuente destinado a sustituir a la Guerra Fría; el libertarismo, por su parte, había degenerado en un programa marginal de autorrealización personal.

    Mientras los conservadores y los libertarios de Washington perdían el tiempo en minucias, Rothbard –fiel a su costumbre– veía el panorama general y la urgente necesidad de una revuelta populista.

    Si el libertarismo quería sobrevivir, debía anclarse en la derecha e integrarse en la única coalición cultural que no había sido totalmente captada por la izquierda. Ésto implicaba trabajar con la América conservadora e inyectar economía política libertaria en un movimiento con peso demográfico real, comprendiendo al mismo tiempo –treinta años antes de que lo hicieran los conservadores– que la izquierda había llegado a un punto de no retorno en cuanto a la sensatez política: no podía ser derrotada mediante la persuasión ni la política electoral. Dadas las realidades económicas y culturales, Rothbard sabía intuitivamente que los “moderados” de toda índole acabarían aplastados y condenados al olvido. Por ello, abrazó las guerras culturales como una forma de resistencia y autodefensa frente a un implacable proyecto cultural de izquierda empeñado en destruir todo lo tradicional y burgués. Tuvo el valor de librar la batalla allí donde realmente se desarrollaba, y no donde a los libertarios les hubiera gustado que tuviera lugar.

    Si es que aspiraba a sobrevivir, el conservadurismo debía rechazar de plano el estatismo y centrarse en reconstruirse sobre cimientos ya establecidos por la Vieja Derecha casi un siglo atrás. Ésto exigía repudiar por completo la grandilocuencia y el intervencionismo neoconservadores, así como romper definitivamente con la deformación impuesta por la corriente de Buckley.

    En la medida en que tanto el trumpismo como la derecha europea posterior al Brexit se han alejado de los principios rectores de Rothbard –cayendo en el faccionalismo, el culto a la personalidad, o la clásica traición a los propios ideales por conveniencia–, son ellos mismos los únicos responsables. Rothbard ofreció a la Nueva Derecha una hoja de ruta, pero las tentaciones del poder y la fuerza de gravedad de la política a menudo terminan por arrollar a los movimientos insurgentes.

    En resumen, Rothbard sabía que toda la acción se concentraba en la derecha. Sólo la derecha poseía el arraigo cultural y los instintos mayoritarios latentes necesarios para resistir las ambiciones de la izquierda. Sólo una derecha revitalizada –basada en los mejores elementos de la Vieja Derecha estadounidense, e impulsada por una desconfianza populista hacia las élites– podía cimentar la libertad en un programa político coherente.

    Dicho programa era el populismo de derecha: asumir la guerra cultural, pero al servicio de la libertad política y económica. En definitiva, debemos reivindicar a Rothbard y su legado para la derecha. Cuando William F. Buckley afirmaba plantarse frente a la historia gritando “¡Alto!”, no lo decía realmente en serio. Sólo estaba bromeando. Buckley y sus seguidores resultaron no ser más que demócratas liberales típicos de la posguerra, y además unos liberales pésimos.

    Cuando Rothbard dijo “Derogaremos el siglo XX”, hablaba totalmente en serio. ¡Difícilmente se pueda ser más reaccionario que eso!

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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