El costo real del empoderamiento femenino

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    En el mundo actual, muchas mujeres se han convertido en dueñas y señoras de sus propias vidas. Poseen negocios, dirigen importantes departamentos de grandes conglomerados, escriben libros, imparten conferencias, participan activamente en la esfera pública de sus comunidades, lideran movimientos políticos relevantes, actúan con eficacia en situaciones de emergencia, e incluso son figuras destacadas en sus respectivos campos. No hay nada de malo en ello. Las mujeres son seres humanos y, como tales, poseen talentos y habilidades naturales que pueden contribuir, y a menudo contribuyen al progreso y desarrollo de la sociedad.

    Sin embargo, la drástica diferencia en el trato que el estado da a hombres y mujeres está creando una brecha insalvable entre ellos: una fractura ideológica que, a su vez, genera desigualdad social y un marcado desajuste en objetivos, prioridades y resultados entre hombres y mujeres. Ésto es especialmente notorio en las generaciones más jóvenes, en las que se observa un número creciente de mujeres independientes y emancipadas, mientras que los hombres abandonan la escuela en cantidades cada vez mayores y se quedan atrás. Este patrón persistente es observado en varios países del mundo.

    Sin embargo, es fundamental comprender que esta diferencia en los resultados es una consecuencia natural de las drásticas diferencias en el trato que el gobierno ‒y la sociedad en general‒ dan a hombres y mujeres. Si bien existe una clara preocupación por satisfacer todas las demandas de las mujeres, las de los hombres son consideradas inexistentes ‒y cuando son reconocidas, son ridiculizadas. Es un hecho innegable que, mientras que colectivamente las mujeres son consideradas un asunto de máxima prioridad, los hombres son tratados como irrelevantes.

    Podemos cuestionar por qué existe esta enorme discrepancia en el trato que la sociedad otorga a hombres y mujeres. Sin duda, la ideología feminista juega un papel preponderante en este asunto ya que, durante décadas, los niños en edad escolar han sido tratados como si fueran niñas con discapacidad. Ya no aprenden a ser masculinos, las pistolas de juguete ya no son vendidas en las tiendas, y los padres se han convertido en figuras ausentes en el hogar, padres negligentes que nunca llevaron a sus hijos de campamento, nunca les enseñaron a hacer fuego, y ni siquiera los animaron a realizar actividades físicas o aprender técnicas de defensa personal.

    De hecho, la masculinidad ha sido borrada de la sociedad durante un tiempo considerable. Y sin duda ha sido un proceso gradual el que nos ha llevado al momento actual, habiendo sido normalizado el vivir en una sociedad en la que la masculinidad ‒grano a grano, pieza a pieza, milímetro a milímetro‒ ha terminado siendo completamente marginada e incluso criminalizada.

    En las últimas décadas, los niños han tenido una infancia y una educación drásticamente diferentes a las de sus padres y abuelos. Aprender a disparar un rifle está descartado, practicar artes marciales es inaceptable, y jugar a policías y ladrones está obsoleto. La educación actual busca transformar a los niños en criaturas delicadas, sensibles y sumisas. Como resultado, naturalmente se retrasan en la escuela, perdiendo el interés en sus estudios porque sus necesidades masculinas más naturales e inmediatas no son satisfechas. De hecho, lo que las escuelas hacen actualmente es desmotivar a los niños y paralizar su masculinidad latente. Todo lo masculino siempre es considerado inherentemente malo, traicionero e indeseable. Es una falla que debe ser urgentemente erradicada. A los niños se les trata esencialmente como criaturas disfuncionales.

    Sin embargo, cuando estudiamos a hombres y mujeres dentro del contexto social más amplio en el que ambos se encuentran, nos damos cuenta de que es casi imposible separarlos por completo. Ésto significa que cualquier acción del estado y de la sociedad contra los hombres, tarde o temprano tendrá también consecuencias para las mujeres. Cuando se le hace algo a uno, el otro se verá invariablemente afectado, para bien o para mal.

    Ésto no ocurriría únicamente si hombres y mujeres vivieran físicamente separados. Por ejemplo, si en el continente americano vivieran sólo hombres, y sólo mujeres en el continente europeo. Si las mujeres estuvieran completamente separadas de los hombres, tendrían que valerse por sí mismas y se verían obligadas, por la fuerza de las circunstancias, a asumir todos los costos de su propia existencia. Pero eso no es lo que sucede.

    Evidentemente, vivimos en un mundo en el que hombres y mujeres están integrados en la misma sociedad. No existe segregación entre lo masculino y lo femenino ‒aunque está comenzando, en el ámbito académico y en el transporte público. Es muy interesante lo que ésto nos revela sobre los costos reales de la condición femenina.

    Al estudiar la dinámica actual entre masculinidad y feminidad en la sociedad occidental, rápidamente se hace evidente que toda emancipación femenina es una farsa muy bien urdida. La sociedad ha llevado a las mujeres a abrazar la ilusión de una “libertad” que nunca existió realmente, ya que esta libertad siempre ha dependido de la concesión y financiamiento de los hombres. Y sigue dependiendo de ello. Los hombres se ven obligados a financiar una ilusión basada en el populismo demagógico de un estado paternalista, con el objetivo de sostener un proyecto de poder feminista. Ésto ocurre por diversas razones y motivos. El primero es que las mujeres son paternalistas por naturaleza. El segundo se basa en el hecho innegable de que el feminismo es una ideología que necesariamente requiere una expansión robusta y vigorosa del estado.

    No cabe duda de que vivimos en una sociedad en la que las mujeres parecen libres. Parecen “emancipadas”, viven como quieren, trabajan donde les place, y se relacionan con quien desean. Obviamente, estas cosas no son malas en sí mismas. Pero el tan cacareado “empoderamiento” de las mujeres tiene un costo excesivamente alto para la sociedad, especialmente para los hombres.

    Al analizar este asunto en profundidad, nos damos cuenta de que la emancipación de las mujeres no fue ni es gratuita. Costó mucho dinero, y cuesta aún más mantenerla. De hecho, los costos de la liberación femenina son exorbitantes ‒y no se limitan únicamente al ámbito económico. Muchas personas han pagado ‒y siguen pagando‒ la factura del empoderamiento femenino. Y lo cierto es que el estado ha transferido la mayor parte de estos costos a los hombres. Un paternalismo gubernamental crónico, de alcance extremadamente amplio, se ha apoderado de toda la sociedad occidental, con un proyecto ideológico de poder que sustenta la ilusión de independencia y libertad femeninas. Pero ésto no existiría si los hombres no se vieran obligados a financiar todos los fundamentos políticos, institucionales e ideológicos de esta sociedad ginocéntrica.

    Al analizar la factura de este hecho, nos damos cuenta de que las mujeres nunca han sido verdaderamente emancipadas ni independientes, al menos colectivamente. De hecho, los hombres siempre han pagado por todo y siguen pagando.

    Curiosamente, los hombres pagan 70% de los impuestos, pero la mayor parte de ese dinero es revertido en políticas públicas para las mujeres. Y, aunque mencioné ésto en un artículo anterior, vale la pena mencionar nuevamente el asunto de la jubilación, que proporciona una base financiera muy interesante para analizar.

    Por ejemplo, en Brasil la esperanza de vida promedio para los hombres es de 73 años, y para las mujeres, de 81. Sin embargo, a pesar de vivir en promedio 8 años más que los hombres, las mujeres se jubilan antes, a los 62 años. En ciertos casos, pueden solicitar la jubilación a los 59 años. A pesar de la menor esperanza de vida, la edad mínima de jubilación para un hombre es de 65 años. En otras palabras, los hombres trabajan más y aportan más, pero viven menos.

    Si un hombre se jubila a los 65 años y fallece a los 73, entendemos que vivió 8 años recibiendo apoyo de la seguridad social. Si una mujer muere a los 81 años pero se jubila a los 62, significa que vivió 19 años recibiendo el apoyo de la seguridad social. Más del doble de la esperanza de vida de un hombre.

    Obviamente, éste es un cálculo básico, ya que habrá mujeres que mueran antes que los 81 años, al igual que habrá hombres que vivan más que 73. Pero el cálculo general representa el promedio nacional, por lo que podemos afirmar categóricamente que generalmente las mujeres viven algunos años más que los hombres. También son más numerosas. Según el censo de 2022, hay 104,5 millones de mujeres en Brasil, mientras que hay 98,5 millones de hombres. Por lo tanto, hay aproximadamente seis millones más de mujeres que de hombres. ¿Qué muestran todas estas cifras?

    Muestran que en la práctica vivimos en un socialismo feminista, en el que el gobierno obliga a todos los hombres a trabajar para subsidiar a todas las mujeres. En consecuencia, ésto también nos demuestra que la llamada “independencia femenina” no es más que una fábula ideológica delirante y fantástica; sólo existe porque los hombres la financian obligatoriamente a todos los niveles. Es muy fácil ser independiente con el dinero de otros.

    De igual manera, hoy en día es muy fácil para ciertas mujeres ascender socialmente. Es fácil destacar y ganar prominencia cuando el estado otorga numerosos privilegios exclusivos, como las políticas de acción afirmativa, que impulsan a las mujeres hacia arriba, mientras que deprimen a los hombres. Muchas mujeres hoy ocupan puestos importantes y de poder, no porque los merezcan ‒ni porque estén verdaderamente dotadas de talentos y habilidades únicas‒, sino simplemente por ser mujeres.

    En general, podemos concluir que toda emancipación y liberación femenina es una farsa. Toda libertad que las mujeres puedan alcanzar siempre dependerá de la concesión y del financiamiento masculinos. Toda posición de poder que una mujer pueda ocupar ‒en la gran mayoría de los casos‒ dependerá, como mínimo, de la tolerancia y la benevolencia de un hombre.

    En materia económica, las mujeres siguen contando con el apoyo de los hombres. La diferencia radica en que antes del auge del liberalismo y del feminismo, recibían el apoyo directo de sus padres y maridos. Ahora, con la “emancipación” e “independencia” de las mujeres, reciben el apoyo de los hombres a través del estado. En el sistema actual, el gobierno desempeña un papel intermediario, de modo que las mujeres no tienen que rendir cuentas directamente a los hombres, cuyos impuestos financian al estado ginocéntrico y las políticas públicas dirigidas principalmente a favorecer a las mujeres.

    Obviamente, vivimos en un mundo complejo en el que se pueden ser encontrado todo tipo de situaciones. De hecho, en muchas circunstancias encontramos mujeres que no dependen de ningún hombre, como aquéllas que viven solas en un lugar remoto, no reciben pensión ni subsidio del gobierno, pero son autosuficientes porque crían sus propias gallinas, tienen un huerto bien diversificado, y son hábiles para cultivar sus propios alimentos.

    Pero es fundamental comprender que estas mujeres, totalmente independientes de los hombres y de la civilización en general, son la excepción, no la regla predominante entre las mujeres. La gran mayoría de las mujeres disfruta de vivir en ciudades, trabajando en empresas y corporaciones en las que deben rendir cuentas a un jefe ‒que suele ser un hombre‒, aprecian enormemente la comodidad y conveniencia de una red eléctrica ‒cuyo mantenimiento suele estar a cargo de hombres‒, cuando necesitan un fontanero solicitan el servicio de uno ‒que suele ser un hombre‒, y disfrutan mucho de pedir comida a domicilio ‒y el repartidor suele ser un hombre.

    No hay duda: el empoderamiento femenino es una farsa del estado ginocéntrico, que se sustenta con los impuestos que pagan los hombres ‒y su mantenimiento a menudo depende de diversos grupos de hombres, en todos los niveles jerárquicos. Desafortunadamente, el monstruo ginocéntrico ha crecido tanto que no tolera oposición, crítica o disenso algunos. Actualmente la dictadura feminista es tan implacable, que acusa a todos los hombres que se atreven a desafiar y cuestionar los fundamentos del estado ginocéntrico, de ser sexistas, misóginos y abusivos.

    No puedes ni debes hacer nada que desagrade al statu quo feminista. Debido al lavado de cerebro manifiesto que han sufrido, los hombres de izquierda consienten todas las políticas públicas dirigidas a las mujeres, y se indignan con quienes expresan opiniones disidentes. Tienen arrebatos histéricos en redes sociales, y son tan excepcionalmente estúpidos, que no comprenden que la actitud de burla y desdén que abiertamente muestran hacia otros hombres, sólo hará que éstos repudien aún más al feminismo y al estado ginocéntrico.

    Pero la realidad es la realidad: podemos negarla o aceptarla. De cualquier manera, seguirá siendo exactamente lo que es, independientemente de si consentimos o no. Las mujeres son libres y emancipadas, porque los hombres pagan la factura del estado ginocéntrico y cubren la mayor parte de los costos relacionados con su mantenimiento. No vemos a feministas protestando para que las mujeres paguen 50% de los impuestos ‒pagan sólo 30%‒, ni exigiendo cuotas en trabajos peligrosos, ni solicitando la supresión de leyes exclusivas para ellas, ni pidiendo jubilarse a la misma edad que los hombres ‒o incluso a una edad mayor, ya que tienen una mayor esperanza de vida.

    No, nunca piden cosas incómodas. Quieren comodidades y cada vez más privilegios. ¿Y por qué las hordas de los parásitos y populistas políticos que tenemos no harían todo lo posible por satisfacer los deseos de sus magníficas votantes? Al fin y al cabo, el estado siempre hará que los hombres paguen por casi todo. Entonces, ¿por qué las mujeres se sentirían motivadas a hacer cualquier tipo de sacrificio colectivo? Lo importante es disfrutar de los beneficios de una sociedad feminista ginocéntrica, para luego quejarse del “sexismo estructural” y el “patriarcado opresivo”, y así asumir el papel de víctima para obtener aún más privilegios. Durante muchos años, éste ha sido el ciclo natural del estado de cosas ginofascista, que controla las políticas del gobierno misándrico. Lo cierto es que el feminismo siempre se ha basado en privilegios y supremacía. Nunca ha existido una verdadera búsqueda de la igualdad. Las políticas públicas del estado feminista ginocéntrico lo dejan muy claro. De una forma u otra ‒lo admitan o no‒, en su gran mayoría las mujeres siempre serán subvencionadas y apoyadas por los hombres, directa o indirectamente.

    Felicidades a las mujeres que dicen no necesitar a los hombres para nada, viven solas en propiedades remotas y aisladas, usan armas para defenderse de posibles invasores, cultivan sus propios huertos llenos de frutas y verduras, y no reciben subsidios del gobierno. Éstas son las únicas mujeres verdaderamente empoderadas que existen. Todas las demás son parte de un teatro financiado con nuestro dinero.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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