Hace unos meses, los activistas de la bandera arcoiris decidieron separarse del movimiento trans. Al parecer, el colectivo “lgb” (lesbianas, gays y bisexuales) decidió distanciarse de la “t” (transgénero) y del resto del acrónimo, el que no deja de crecer y, por razones obvias, prefiero no seguirle la pista. Pero, ¿qué significa ésto para la sociedad y la civilización occidental en su conjunto? ¿Están evolucionando los activistas? ¿Han recapacitado por fin? ¿Han decidido reflexionar sobre toda la locura del movimiento?
Nada de eso, en absoluto. El colectivo de la bandera arcoiris simplemente intenta reinventarse por varias razones. En primer lugar, no quieren perder la relevancia política y social que han ganado en los últimos años, gracias a los millones de dólares donados por filántropos judíos multimillonarios a ONG basadas en la identidad. Y en segundo lugar, estos grupos ideológicos sin duda quieren ampliar todo el poder político que ya han obtenido sobre ti. Sin duda, todo es una estrategia política muy bien calculada, que busca mantener a la brillante secta arcoiris en el centro de atención y, sobre todo, conservar relevancia y poder político inmensurables.
Si algo hemos aprendido con certeza en la última década, es que no podemos esperar decencia, virtud, ni siquiera un mínimo de civilización de ningún sector del movimiento progresista, como prudencia, orden, cordialidad, respeto, o cualquier tipo de consideración por las libertades individuales, especialmente las de la gente común que no forma parte del movimiento identitario, ni está vinculada con ningún segmento de la secta progresista.
Sabemos muy bien cómo funciona ésto. Al hombre blanco, cristiano, conservador y heterosexual, le es aplicada toda la hostilidad del mundo. La campaña de la secta progresista de demonización contra el hombre “cisgénero heteronormativo” se ha vuelto tan persistente como redundante y agotadora. Los activistas siempre escupen la misma hostilidad agotadora contra el hombre blanco promedio, pero es a él a quien recurren cuando necesitan seguridad, protección, agua corriente, Internet, teléfonos inteligentes, empleo, y todas las demás comodidades de la civilización moderna.
De hecho, la última década ha demostrado a la perfección de lo que es capaz el activismo progresista, y hasta dónde está dispuesto a llegar para lograr sus objetivos pérfidos y nefastos. A los activistas progresistas les encanta acusar a otros de cometer crímenes de odio e intolerancia, pero el odio y la intolerancia son los elementos más indispensables de la religión progresista secular.
Si eliminamos el odio y la intolerancia de los activistas, lo único que queda es un movimiento vacío
‒completamente desprovisto de contenido‒ de pueriles estudiantes universitarios neohippies y consumidores de marihuana, altamente impresionables, con mucho tiempo libre, consumidos por un idealismo inusualmente pueril y totalmente desprovistos de cualquier noción razonable sobre cómo funciona el mundo real. Los activistas progresistas son, básicamente, criaturas impulsadas por la histeria emocional, completamente desprovistas de cualquier grado de competencia intelectual.
Un estudio de la secta progresista, su programa ideológico, y la forma en que los títeres de sus militantes son coordinados y dirigidos por los ideólogos del movimiento, ilustra a la perfección cómo la manipulación de las emociones es fundamental para mantener activa a esta secta, la que se presenta como un foco de agitación política. Quien aún no haya comprendido el origen totalitario del movimiento ‒y su obsesión patológica por el poder y el control‒, se encuentra sumido en un nivel de ingenuidad excepcionalmente ilusorio.
Las organizaciones que controlan el movimiento progresista son ambiciosas y sedientas de poder. No nos engañemos: el control autoritario y el poder absoluto sobre todo y sobre todos es lo que realmente impulsa la agenda ideológica progresista. Todos los temas vinculados con este movimiento ideológico, son herramientas que buscan facilitar la adquisición de poder político y el control gubernamental. ¿Qué se puede esperar de un movimiento que pretende controlar incluso el vocabulario de las personas, obligándolas a reconocer ‒y, en algunos casos, incluso utilizar‒ un lenguaje “neutral”, imponiendo la ideología a expensas de la realidad?
De hecho, la ideología progresista es mucho más insensata, maligna y perversa que lo que parece. No es casualidad que haya engendrado descendencia igualmente opresiva y autoritaria, como la dictadura de la corrección política y la cultura de la cancelación; cada una de éstas, por derecho propio, es una herramienta de control excepcionalmente tiránica, capaz de ejercer terrible presión psicológica sobre sus víctimas. Ambas sirven como extensiones políticas de una red de poder nefasta y coercitiva.
Sin embargo, es crucial comprender que las semillas del movimiento totalitario progresista fueron plantadas hace mucho tiempo, cuando germinaron como una rama marginal de la contracultura imperante en la década de 1970. En su libro Please Kill Me: An Uncensored History of Punk, el autor Roderick Edward “Legs” McNeil escribió:
Culturalmente, el movimiento de liberación gay y todos los demás movimientos, fueron el comienzo de la corrección política, que para nosotros no era más que fascismo. Fascismo puro. Más reglas.
En otras palabras, hace décadas fueron sembradas las nefastas semillas de lo que se convertiría en la ideología progresista. Y es importante recalcar que todo su programa político consiste en agendas sociales que buscan catalizar el conflicto en todos los niveles, especialmente en los morales y religiosos.
Cuando analizamos minuciosamente cada aspecto de la ideología progresista, resulta evidente que prácticamente todo su programa ideológico es una herramienta perversa de control y opresión, diseñada deliberadamente para ser utilizada contra grupos muy específicos: cristianos y gente común. Analizada con lupa, es fácil ver que esta herramienta de opresión está dirigida a un grupo muy específico de personas: hombres blancos, cristianos y heterosexuales.
De hecho, la génesis de la arquitectura ideológica de la secta progresista funciona perfectamente como herramienta contra el cristianismo. Por ejemplo: intentar coaccionar a todas las personas, incluidos los cristianos, para que reconozcan los matrimonios entre personas del mismo sexo, es algo particularmente nefasto y perverso.
Si los hombres quieren casarse con otros hombres, y las mujeres con otras mujeres, eso no es de incumbencia de terceros. Pero intentar obligar a cualquier cristiano a reconocer tales “uniones” como vínculos matrimoniales válidos, es claramente tiránico. Sin embargo, la opresión moral, legal y jurídica es el elemento más frecuente de la secta progresista, utilizada a menudo como estrategia de intimidación.
Es evidente que el objetivo de la agenda progresista es reunir a personas con ideologías liberales para usarlas como armas políticas, legales, ideológicas e institucionales, contra las alas más tradicionales y conservadoras de la sociedad. Es la misma vieja política con otro nombre: el objetivo es enfrentar a un grupo de personas contra otro, para que una oligarquía invisible y omnipotente pueda acumular poder político titánico e ilimitado.
Por supuesto, los activistas progresistas ‒si bien no merecen nuestro respeto ni consideración‒ no deben ser considerados la personificación de la malevolencia o de la perversidad. No son nada de eso. Los activistas de primera línea no tienen ninguna relación con los ideólogos ni con los creadores de la aberración ideológica progresista. En esencia, son simples idiotas útiles, manipulados de forma descarada precisamente porque carecen por completo de inteligencia y de capacidad intelectual. Las personas sin racionalidad ni convicciones propias son fácilmente reclutadas por causas políticas extranjeras.
De hecho, no pretendo incitar a nadie a despreciar u odiar a los activistas progresistas. Estas personas poseen un horizonte intelectual tan limitado, que jamás podrían percibir la facilidad con la que son manipuladas por quienes ostentan el poder. Son simplemente un grupo de alborotadores histéricos e infelices, emocionalmente dependientes del movimiento para tener algún tipo de identidad política.
Cualquiera que crea sinceramente que la ideología progresista es “antisistema” o “antiestablishment”, sufre un grado de alienación aparentemente grave. El progresismo es la ideología más promovida en el cine, la televisión y los medios de comunicación convencionales. Sin duda, es la ideología favorita del establishment. Incluso las instituciones bancarias y las grandes corporaciones han adoptado la bandera arcoiris como parte de su estrategia de marketing.
De hecho, el activista progresista promedio es tan excepcionalmente estúpido, idiota e imbécil, que realmente cree que lucha por la igualdad y la justicia social. Pero en realidad, lucha por el poder supremo del estado omnipotente, por los intereses políticos y económicos de una élite influyente, por la erradicación total de las libertades individuales, y por la expansión infinita del poder del Leviathan.
Lamentablemente, el activista progresista típico es una criatura terriblemente simplista, que no logra ver al cristiano que, al otro lado, es procesado por “homofobia” simplemente por recitar públicamente un pasaje bíblico. Los activistas progresistas son completamente incapaces de darse cuenta de que defienden una ideología abiertamente perversa, opresiva, vil, nefasta, astuta y tiránica, creada deliberadamente para servir como catalizador político de una poderosa arma ideológica utilizada para destrozar, debilitar y aniquilar a los sectores más conservadores y religiosos de la sociedad.
Los activistas de base, incluso si creen sinceramente en las estupideces que defienden, nunca serán más que idiotas útiles. En la inmensa alienación en la que se encuentran inmersos, jamás despertarán para comprender que luchan en nombre de la tiranía más pérfida y opresiva. Son incapaces de comprender que la retórica de igualdad y justicia social empleada por los ideólogos del movimiento, fue creada simplemente con la intención de cautivarlos, para que eventualmente sirvieran voluntariamente como los idiotas útiles de la agenda.
Pero aunque sean estúpidos, idiotas e irracionales, estas criaturas no pueden ser consideradas inocentes, pues causan daño de enormes proporciones en la sociedad. Cuando uno lucha por el poder y el control absoluto sobre la vida de los demás ‒y por la nefasta expansión del gobierno omnipotente‒ es culpable de permitir el totalitarismo estatal en diversas esferas de la sociedad.
La verdad es que la ideología progresista proporciona a los poderes establecidos una prerrogativa política fundamental para enterrar de una vez por todas la espiritualidad, la individualidad y la normalidad que sustentan la civilización. De hecho, la ideología progresista es la herramienta perfecta para el pleno ejercicio del control autoritario en la sociedad. El hecho de que la ideología progresista ejerza un totalitarismo abiertamente brutal y cruel sobre la sociedad (hasta el punto de censurar incluso a los humoristas), demuestra su mórbida obsesión con el poder absoluto.
La verdad es que la ideología progresista ejerce la tiranía abiertamente cruel y opresiva sobre toda la sociedad, bajo el pretexto de buscar una supuesta benevolencia, construida bajo la bandera de la igualdad y de la no discriminación. Esta supuesta benevolencia hace que esta ideología sea mucho más pérfida, incidiosa y peligrosa que lo que inicialmente aparenta. Después de todo, nada es más perjudicial para los individuos y el mantenimiento de la libertad, que el ejercicio pleno de la tiranía bajo la fachada de justicia e igualdad.
El activista progresista cree que lucha por un mundo mejor, más justo e igualitario. Pero la verdad es que no es más que un títere de multimillonarios extremadamente poderosos e influyentes. Y es controlado como a una marioneta, manipulado por hilos invisibles.
Lamentablemente, los activistas progresistas son extremadamente fáciles de controlar porque rechazan categóricamente el uso de la razón. Al estar impulsados únicamente por las emociones, resulta sumamente sencillo utilizar discursos ideológicos basados en emociones intensos para despertar ira e indignación en ellos. Lo que llaman “sensibilización”. En consecuencia, esta ira e indignación es desatada en protestas, manifestaciones y acciones afirmativas, las que los manipulan como piezas en un tablero político.
Los activistas, evidentemente, no se dan cuenta de que están siendo utilizados como peones en un vasto y complejo proyecto de poder. De hecho, al ser seres excepcionalmente ingenuos, son totalmente incapaces de comprender la magnitud de la compleja estructura política que los utiliza como marionetas para objetivos falsos.
Lamentablemente, la gran mayoría de los activistas nunca despertará a tiempo como para comprender que todo lo que han hecho en sus mediocres e insignificantes vidas, ha sido servir como peones para el establecimiento formal del totalitarismo político.
No cabe duda: en el panorama político, social y cultural actual, el establecimiento de la tiranía y la expansión del poder estatal, dependen en gran medida de la estupidez progresista. La inteligencia y el conocimiento reconocen la manipulación política a distancia.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









