¿Es correcto equiparar racismo con misoginia?

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    El Senado aprobó un proyecto de ley que equipara misoginia con racismo. La aprobación fue unánime, lo que significa que ni siquiera senadores considerados de derecha, como Flávio Bolsonaro y Cleitinho, votaron en contra de este nuevo avance del totalitarismo, que prevé hasta 5 años de prisión y una multa por un nuevo delito de opinión. La propuesta ahora pasará a votación en la Cámara de Diputados, y los diputados de derecha afirman que trabajarán para rechazarla. La figura más destacada de la derecha socialista, el diputado Nikolas Ferreira, publicó otro de sus videos virales denunciando este absurdo que amenaza con silenciar aún más a los brasileños, explicando que con esta ley, incluso preguntarle a una mujer si tiene síndrome premenstrual podría llevarte a la cárcel. El diputado exiliado Eduardo Bolsonaro también se pronunció en contra, defendiendo los valores familiares y señalando el carácter antimascullino del proyecto de ley.

    La propuesta es verdaderamente indignante, pero lo que Nikolas, Eduardo y ningún otro opositor a esta afrenta a la libertad de expresión comprenden, es que la misoginia debería ser equiparada con el racismo, ya que ambas son meras opiniones, la exteriorización de un pensamiento. Sin embargo, esta equiparación debería ser despenalizar las opiniones racistas en lugar de criminalizar las misóginas, y ninguno de estos “defensores de la libertad de expresión” siquiera lo menciona. Este hecho confirma que los conservadores son progresistas tardíos. Podemos estar seguros de que si esta ley es aprobada y el estado brasileño confirma que seremos encerrados en una jaula de violación si ofendemos a una mujer (o a un hombre que se considere mujer), la derecha política lo aceptará, lo normalizará, y en el próximo proyecto de ley, añadiendo otro grupo privilegiado protegido contra los delitos (¿ambientalistas? ¿ancianos? ¿pedófilos? ¿ciclistas?), dirán: “No se puede equiparar ofender a un ambientalista/anciano/pedófilo/ciclista con la misoginia”.

    Brasil ya es una tiranía despótica que censura pensamientos y opiniones. La libertad de expresión fue enterrada hace mucho tiempo. Ya secuestran (encarcelan) y roban (multan) a personas simplemente por decir ciertas palabras. Este proyecto de ley contra la misoginia sólo añade algunas opiniones a la lista de ideas prohibidas. Muchas de las opiniones sobre las mujeres que pretenden criminalizar, son las mismas que se encuentran en la Biblia. Ésto significa que, además de socavar aún más la libertad de expresión, los senadores intentan acabar con la libertad religiosa en el país: ¡los parlamentarios “cristianos” votaron a favor de prohibir el cristianismo! De hecho, el concepto de “misoginia” es tan amplio, que incluso abarca interrumpir a una mujer cuando está hablando. Es decir, tener mujeres como compañeras de trabajo, o simplemente tener una relación con una mujer, implicará el riesgo de ir a prisión. Esta ley pondría un revólver en las interacciones entre mujeres y otras personas, en las que la amenaza de violencia estaría siempre presente, ya que prácticamente cualquier cosa que sea dicha a una mujer o sobre una mujer, podría ser interpretada como misoginia. Como dijo el filósofo Stefan Molyneux: “Las mujeres son tan fuertes, que necesitan el imponente poder del estado armado para terminar sus frases”.

    Sin embargo, lo mismo se aplica al racismo. Podría decirse igualmente que “las personas negras son tan fuertes, que necesitan el imponente poder del estado armado para protegerlas de una broma”. La criminalización de las opiniones racistas pone a los secuaces armados del estado a cargo de proteger a las personas negras de insultos, apodos despectivos o bromas. Expresar un pensamiento considerado racista es castigado con violencia. Decir o escribir palabras, o simplemente hacer gestos, puede resultar en agresión física y robo. Si alguien se resiste a estos ataques, puede ser asesinado por la policía o morir por otras causas, como el suicidio. La muerte es el castigo que los antirracistas están dispuestos a infligir a los racistas, como en el caso de la turista argentina que amenazó con suicidarse si la encarcelaban hasta por 15 años simplemente por hacer un gesto de un segundo imitando a un mono en Río de Janeiro. La brutalidad de agredir a una persona o propiedad que exprese una idea racista, está consagrada en la ley brasileña; y ahora pretenden hacer lo mismo con la expresión de ideas misóginas, que son generalmente consideradas dignas.

    Además, así como la misoginia puede contener muchos preceptos de la civilización cristiana, el racismo también puede ser bueno, conveniente y útil. Por ejemplo, Nigeria tiene una ley racista que prohíbe el uso de blancos y otras razas extranjeras en la publicidad. Por supuesto, como libertario, condeno que el estado dicte a quién pueden contratar los anunciantes, pero considero positivo que los nigerianos prioricen voluntariamente a sus propias razas. De igual modo, considero una aberración lo que presencié en Suecia: el uso intensivo de personas negras, indias, asiáticas y de cualquier etnia que no fuera sueca, en la publicidad. En estos casos, el racismo es beneficioso. La cultura en Nigeria debería estar dominada por los nigerianos, al igual que en Suecia debería estar dominada por los suecos. Un ejemplo donde el racismo es perjudicial ‒pero con un efecto positivo‒ son las cuotas racistas, un racismo legalizado impuesto por el estado, que penaliza a las personas en función de su raza.

    Pero incluso si, hipotéticamente, la misoginia y el racismo fueran ideas innegablemente malas, prohibir la expresión de estas opiniones sería objetivamente peor. De hecho, es peor que la esclavitud. Prohibir una idea equivale a agredir físicamente a cualquiera que exprese un pensamiento; significa que la persona pierde el derecho a usar su propio cuerpo, sus propias cuerdas vocales, para revelar lo que piensa. Y una opinión, por muy errónea y ofensiva que sea, nunca puede ser peor que un golpe en la cabeza. Además, prohibir la discriminación es imposible, porque prohibir algo ya es discriminación. Pretender castigar a quienes discriminan a las mujeres, es discriminar a los misóginos, y por mucho que la misoginia sea despreciada, uno será más despreciable que el misógino, porque está apoyando golpear a alguien que simplemente expresó su opinión.

    Esta paradoja sólo es posible gracias al positivismo jurídico estatal el que, al rechazar el derecho natural, hace posible e inevitable este tipo de locura. La culpa no recae en la legislatura actual, cuyos senadores son tan ineptos como para aprobar una ley que condena la misma religión que dicen profesar. Votar por mejores políticos es inútil, pues el problema reside en el sistema. La solución consiste en abolir el poder legislativo de los políticos, y adoptar una ética libertaria, que revela que la libertad de expresión y todos los derechos humanos, deben ser entendidos desde la perspectiva de los derechos de propiedad privada.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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