La derecha estadounidense se divide generalmente en tres bandos: belicistas, tradicionalistas y libertarios. Dejemos de lado a los belicistas, aliados incorregibles del estado imperial mundial, que ven con buenos ojos la guerra internacional y el dominio militar. No está claro por qué deberían ser considerados de derecha. Ésto nos deja con los tradicionalistas o conservadores tradicionales, y los libertarios, quienes aprecian el libre mercado pero que, con frecuencia, desean desechar la tradición en favor de la anarquía social y cultural.
Existen razones de peso por las que el conservadurismo moderno y el libertarismo moderno no son vehículos ideológicos adecuados para la restauración de un orden social civilizado. En la práctica, si no intencionadamente, la taxonomía ideológica convencional de la derecha no deja espacio para el defensor lúcido de la libertad y de la propiedad, ni para el opositor al estado de bienestar y guerra. Explicaré por qué, y ofreceré una alternativa.
Lo correcto y lo equivocado del conservadurismo
¿Qué distingue a los conservadores de los seguidores de otras filosofías políticas? Principalmente, la creencia en un orden natural. Este orden puede verse alterado
–por terremotos y enfermedades, por guerras y tiranías–, pero jamás podrá ser abolido. Y, sin importar las circunstancias, lo normal es siempre distinguido de lo anormal.
En esta tradición, los conservadores consideran que los hogares basados en la propiedad privada –en cooperación con una comunidad de otros hogares– son las unidades sociales más fundamentales, naturales, antiguas e indispensables. También ven al hogar como un modelo de orden social. Así como existe un orden jerárquico en una familia, por ejemplo, también existe en una comunidad de familias. Sobre todo, los conservadores desean preservar la familia y las jerarquías sociales basadas en relaciones de parentesco y niveles de autoridad.
Todo ésto encaja bien con la doctrina libertaria tradicional, que considera que el orden natural emana de la libertad natural. Pero en nuestra época el conservadurismo se ha corrompido profundamente. Nunca se ha recuperado de la transformación de Estados Unidos y Europa en democracias de masas desde la Primera Guerra Mundial. En lugar de cuestionar la democracia en su esencia, el conservadurismo se ha adaptado a ella y a las guerras globales que el estado ha librado en su nombre. Como resultado, se ha refugiado en su doctrina puramente moral, desprovista de contexto institucional, y se ha transformado gradualmente en un movimiento a favor de una u otra forma de estatismo democrático.
Por ejemplo, a los conservadores de hoy les preocupa, como es lógico, el divorcio, la ilegitimidad, la pérdida de la autoridad parental y espiritual, el multiculturalismo, los estilos de vida alternativos, la promiscuidad y la delincuencia; todas éstas son desviaciones del orden natural. Pero los portavoces del establishment conservador no reconocen que su objetivo de restaurar la normalidad requiere cambios políticos y sociales drásticos de carácter antiestatal.
Social-demócratas convencidos
¿Cómo propone, por ejemplo, Pat Buchanan (entre muchos otros ejemplos) resolver el problema de la degeneración moral y la decadencia cultural? A veces argumenta que las partes del Leviathan federal responsables por la proliferación de la contaminación moral y cultural –como el Departamento de Educación y la Fundación Nacional para las Artes– deberían ser reducidos. Eso está bien, pero dista mucho de ser suficiente. La intervención del gobierno en la educación debe ser combatida y abolida por completo. Un orden natural en la educación implica que debería ser un asunto exclusivamente familiar.
Peor aún, no es reconocido que la degeneración moral y la decadencia cultural tienen raíces más profundas en el “estado de bienestar”, y no pueden ser remediadas con un programa educativo nacional ni con un discurso presidencial. De hecho, los tradicionalistas defienden explícitamente las tres instituciones centrales del “estado de bienestar”: seguridad social, sistema de salud pública y prestaciones por desempleo. Y pretenden ampliar las responsabilidades sociales del estado, asignándole la tarea de “proteger” los empleos estadounidenses mediante restricciones a las importaciones y exportaciones.
Los tradicionalistas admiten abiertamente ser estatistas. Detestan y rechazan el capitalismo, el mercado libre, el libre comercio y la riqueza, y abogan por un nuevo conservadurismo proletario, el que combina conservadurismo cultural, nacionalismo y socialismo, con políticas como la confiscación federal de todos los activos superiores a un millón de dólares.
Un destacado tradicionalista escribe: “Si bien la izquierda logró ganarse a la clase media estadounidense mediante sus medidas económicas, la perdió debido a su radicalismo social y cultural; y si bien la derecha logró atraer a la clase media estadounidense apelando al orden público y a la defensa de la normalidad sexual, la moral y la religión convencionales, las instituciones sociales tradicionales y las invocaciones al nacionalismo y al patriotismo, perdió a estos estadounidenses al repetir sus viejas fórmulas económicas burguesas”. Su respuesta es combinar las políticas económicas de la izquierda con el nacionalismo y el conservadurismo cultural de la derecha, para crear “una nueva identidad que sintetice tanto los intereses económicos como las lealtades culturales y nacionales de la clase media proletarizada en un movimiento político separado y unificado”.
¿Es posible el buchananismo?
Pero, ¿es posible mantener el socialismo económico actual y restaurar la normalidad cultural? Los tradicionalistas no consideran necesario plantearse esta pregunta, ya que creen que la política es, en gran medida, una cuestión de voluntad y poder. Si un líder desea algo y logra hacerse con el poder gubernamental para imponer su voluntad, todo es posible. El hombre al que tachan “economista austriaco muerto”, Ludwig von Mises, caracterizó esta creencia como “historicismo”, la postura intelectual de los socialistas académicos alemanes que justificaban cualquier medida estatista.
Pero el desprecio historicista y la ignorancia de la economía no alteran el hecho de que existen leyes económicas inexorables. No se puede tener todo. Lo que es consumido ahora no podrá ser consumido en el futuro. Producir más de un bien requiere producir menos de otro. Ninguna ilusión ni decreto gubernamental puede hacer desaparecer estas leyes.
Creer lo contrario sólo conducirá al fracaso práctico. Como observa von Mises: “La historia económica es un largo registro de políticas gubernamentales que han fracasado porque fueron concebidas con flagrante desprecio por las leyes de la economía”. Desde esta perspectiva, el programa tradicionalista del nacionalismo socialdemócrata no es más que otro proyecto inviable. En última instancia, es imposible mantener las instituciones fundamentales del “estado de bienestar” y, al mismo tiempo, regresar a las familias, normas, conductas y culturas tradicionales. Puede ser elegido el “estado de bienestar” o la moral tradicional, pero no ambos. Ésto se debe a que los pilares del “estado de bienestar” que los tradicionalistas desean preservar intactos son, en sí mismos, la causa de la decadencia cultural y social.
Para comprender ésto, basta con recordar una de las leyes más fundamentales de la economía: la redistribución obligatoria de la riqueza implica quitar a algunos –los que tienen– y dar a otros –los que no tienen. En consecuencia, disminuye el incentivo para poseer propiedades, mientras que aumenta el incentivo para no poseerlas. De hecho, como señaló otro economista austriaco ya fallecido, Henry Hazlitt, el “estado de bienestar” subsidia, y por lo tanto agrava, los mismos problemas que pretende resolver.
Al subsidiar a las personas con los ingresos fiscales por ser pobres, habrá más pobreza. Al subsidiar a las personas por estar desempleadas, habrá más desempleo. Al subsidiar a las madres solteras, habrá más madres solteras y más hijos ilegítimos, y así sucesivamente.
El ataque contra la familia
Ésto es evidenciado sobre todo en el llamado sistema de seguridad social que ha afectado a Europa Occidental desde la década de 1880, y a Estados Unidos desde la de 1930: un “seguro” gubernamental obligatorio contra la vejez, la enfermedad, los accidentes laborales, el desempleo, la indigencia, etc. Sumado al sistema aún más antiguo de educación pública obligatoria, la seguridad social representa un ataque demoledor contra la familia y contra la responsabilidad individual.
Eximir a las personas de la obligación de proveer para sus propios ingresos, salud, seguridad, vejez y educación de los hijos, también reduce el alcance y el horizonte temporal de la provisión privada. Además, disminuye el valor del matrimonio, la familia, los hijos y los lazos familiares. Promueve la irresponsabilidad, el cortoplacismo, la negligencia, la enfermedad e incluso la destructividad, al tiempo que castiga la responsabilidad, la visión de largo plazo, la diligencia, la salud y el conservadurismo.
El sistema de seguridad social obligatoria, en particular, mediante el que los ancianos son subvencionados a través de impuestos que gravan a los jóvenes, ha debilitado sistemáticamente los vínculos intergeneracionales naturales entre padres, abuelos e hijos. Los ancianos ya no necesitan depender de sus hijos si no han previsto su propia vejez; y los jóvenes, generalmente con menos recursos, deben mantener a los ancianos, generalmente con más recursos, en lugar de ser al revés, como es habitual en las familias.
En consecuencia, la gente no sólo desea tener menos hijos –y, de hecho, las tasas de natalidad se han reducido a la mitad desde el inicio de la seguridad social–, sino que también ha disminuido el respeto que tradicionalmente los jóvenes mostraban hacia sus mayores. Los indicadores de desintegración y disfunción familiar –como el divorcio, la ilegitimidad, el maltrato infantil, el maltrato parental, la violencia doméstica, la monoparentalidad, la soltería, los estilos de vida alternativos y el aborto– han aumentado.
Subvenciones a la enfermedad
Además, la socialización del sistema sanitario a través de Medicaid y Medicare, y la regulación del sector de los seguros de salud (en particular, mediante la abolición del derecho de rechazo de las aseguradoras), han creado un mecanismo de redistribución monstruoso que perjudica a las personas responsables y a los grupos de bajo riesgo, en favor de los grupos irresponsables y de alto riesgo. Las subvenciones a los enfermos, los discapacitados y las personas con discapacidad, fomentan la enfermedad y la discapacidad, y debilitan el deseo de trabajar para mantenerse y llevar una vida sana.
Como afirmó von Mises: “Estar enfermo no es un fenómeno independiente de la voluntad consciente”. El aspecto destructivo de los seguros de accidentes y salud del gobierno radica, sobre todo, en que estas instituciones fomentan los accidentes y las enfermedades, dificultan la recuperación y, a menudo, crean, o al menos intensifican y prolongan, los trastornos funcionales que siguen a las enfermedades o los accidentes. Sentirse sano es muy diferente de estar sano en el sentido médico. Al debilitar o destruir por completo la voluntad de estar bien y poder trabajar, el seguro social crea enfermedades e incapacidad laboral; produce el hábito de quejarse –que en sí mismo es una neurosis– y neurosis de otra índole … Como institución social, enferma a las personas física y mentalmente o, al menos, contribuye a multiplicar, prolongar e intensificar las enfermedades.
Ahórrenme la tarea de explicar en detalle las viejas falacias del proteccionismo tradicionalista. Si tuvieran razón, su argumento a favor del proteccionismo económico equivaldría a una condena de todo comercio y a una defensa de la tesis de que toda familia estaría mejor si nunca comerciara con nadie. Ciertamente, en ese caso, nadie perdería su empleo, y el desempleo por competencia desleal se reduciría a cero. Sin embargo, una sociedad con pleno empleo de ese tipo no sería próspera; estaría condenada a la pobreza y el hambre.
El proteccionismo internacional, aunque menos destructivo que la política de proteccionismo interpersonal, produciría exactamente el mismo efecto. Por lo tanto, ésto no es conservadurismo auténtico; el conservadurismo aspira a que las familias sean prósperas y fuertes. El proteccionismo es destrucción económica.
Gran parte de la degeneración moral y la decadencia cultural que nos rodea son el resultado inevitable del “estado de bienestar”. Los conservadores clásicos lo sabían y se opusieron vehementemente a la educación pública y a la seguridad social. Sabían que el estado central siempre busca desmantelar y, en última instancia, destruir a las familias y las jerarquías de autoridad que son el resultado natural de las comunidades basadas en la familia, para fortalecer su propio poder. Los conservadores clásicos sabían que, para ello, el estado central explotaría la rebeldía natural de los adolescentes contra la autoridad paterna. Y sabían que la educación socializada y la responsabilidad social eran los medios para lograr este objetivo. La educación social y la seguridad social ofrecen a los jóvenes rebeldes una vía para escapar de la autoridad paterna, y evadirse con su continua conducta inapropiada. Los conservadores de la vieja guardia sabían que estas políticas gubernamentales emanciparían al individuo de la disciplina impuesta por la familia y la comunidad, sólo para someterlo al control directo del estado. Y sabían que ésto conduciría inevitablemente a la sistemática regresión social, emocional y mental de la adultez a la adolescencia.
En contraste, el conservadurismo proletario ignora todo ésto. Porque si uno realmente se preocupa por la decadencia moral del país y desea restaurar la normalidad en la sociedad y la cultura, debe oponerse al estado de bienestar de principio a fin.
Un retorno a la normalidad
Un retorno a la normalidad exige la eliminación del sistema actual de seguridad social: seguro de desempleo, seguridad social, sanidad pública, educación pública, etc. Si queremos restaurar la normalidad, los fondos y el poder del gobierno deben disminuir, o incluso caer por debajo de los niveles del siglo XIX. Por lo tanto, los verdaderos conservadores deben ser libertarios, es decir, antiestatistas. No pueden seguir al conservadurismo proletario ni al neoconservadurismo; no pueden buscar el retorno a la moral tradicional mientras respaldan las mismas instituciones responsables de la perversión y destrucción de la moral tradicional.
La mayoría de los conservadores contemporáneos, especialmente los favoritos de los medios, no son conservadores en realidad, sino socialdemócratas: internacionalistas o nacionalistas. Por otro lado, los verdaderos conservadores sólo pueden ser libertarios radicales y, como tales, exigen la demolición –considerándola una perversión moral y económica– de toda la estructura de la seguridad social.
Lo correcto y lo equivocado del libertarismo
El principio fundamental del libertarismo es la apropiación original: es decir, la propiedad de los recursos escasos es adquirida mediante un acto de apropiación original, por el cual los recursos son extraidos de su estado natural y son colocados en un estado civilizado. Del principio de apropiación original se derivan las normas relativas a la transformación e intercambio de los recursos originalmente apropiados, y todo el derecho, incluidos los principios de castigo, son entonces reconstruidos en términos de una teoría de los derechos de propiedad.
No pretendo analizar ni defender la teoría libertaria de la justicia en este momento, aunque creo que es cierta. De hecho, irrefutablemente cierta. En cambio, quiero examinar la relación entre el libertarismo y el conservadurismo. Algunos comentaristas, como Russell Kirk, han caracterizado el libertarismo y el conservadurismo como ideologías hostiles entre sí. Pero esto es erróneo. La relación entre libertarismo y conservadurismo se basa en la complementariedad lógica, la reciprocidad sociológica, y la presuposición mutua.
En primer lugar, quisiera señalar que la mayoría de los principales pensadores libertarios fueron fervientes defensores de la moral y las costumbres tradicionales. Cabe destacar que Murray Newton Rothbard, el pensador libertario más importante e influyente, era un conservador cultural declarado. Lo mismo puede decirse de Ludwig von Mises, el maestro más importante de Rothbard. Si bien ésto no demuestra mucho, indica una afinidad sustancial entre ambas doctrinas.
Además, las visiones conservadora y libertaria de la sociedad son perfectamente compatibles. Ciertamente, sus métodos son diferentes. Uno es empirista, sociológico y descriptivo, mientras que el otro es racionalista, filosófico y lógico-constructivista. Sin embargo, en lo que respecta a los objetos de estudio de conservadores y libertarios –familias, relaciones de parentesco, comunidades, autoridad y jerarquía social, por un lado; y propiedad, su apropiación, transformación y transferencia, por otro–, conviene aclarar que, si bien no se refieren exactamente a lo mismo, abordan diferentes aspectos del mismo objetivo: la cooperación social.
Es decir, las familias, la autoridad, las comunidades y las jerarquías sociales son la concreción empírico-sociológica de los conceptos abstractos de propiedad, producción, intercambio y contrato. La propiedad y las relaciones de propiedad no existen separadas de las familias y de las relaciones de parentesco. Estas últimas configuran y determinan la forma específica de la propiedad y las relaciones de propiedad pero, al mismo tiempo, están condicionadas por las leyes universales y eternas de la escasez y de la propiedad.
Las familias consideradas normales según los standards conservadores son las familias nucleares, y la desintegración familiar y la decadencia moral y cultural que lamentan los conservadores contemporáneos son consecuencia de la destrucción, por parte del “estado de bienestar”, de la familia nuclear como base económica de las familias. Así, la teoría libertaria de la justicia puede, de hecho, proporcionar al conservadurismo una definición más precisa y una defensa moral más rigurosa de sus propios objetivos que la que el propio conservadurismo podría ofrecer.
Capitalismo contracultural
Aunque muchos de los creadores intelectuales del libertarismo moderno eran conservadores culturales, y aunque la doctrina libertaria es totalmente compatible con una visión conservadora del mundo, el movimiento libertario no es en absoluto culturalmente conservador. En gran medida, este movimiento ha intentado combinar el antiestatismo radical y la economía de mercado con el izquierdismo cultural y el hedonismo personal; es decir, es exactamente lo opuesto al programa tradicionalista del socialismo conservador cultural. Pero, al igual que ese tipo de conservadurismo, el libertarismo de izquierda es también falso y contraproducente.
El hecho de que gran parte del libertarismo moderno tenga una inclinación cultural de izquierda se debe a la superficial comprensión de la doctrina libertaria por parte de muchos de sus seguidores, lo cual puede ser explicado por la promoción de la infantilización intelectual y emocional por parte del “estado de bienestar”.
Los inicios del movimiento libertario moderno en Estados Unidos se remontan a finales de la década de 1960. Simultáneamente, impulsado por los derechos civiles y la lucha contra la pobreza, surgió un nuevo fenómeno de masas. Surgió un nuevo lumpen-proletariado de intelectuales y jóvenes con mentalidad intelectual, producto de un sistema educativo socialista en constante expansión, alienado de la moral y la cultura dominantes.
El multiculturalismo, el relativismo cultural y el antiautoritarismo igualitario pasaron de ser una fase transitoria del desarrollo mental (la adolescencia), a una actitud permanente entre los intelectuales adultos y sus estudiantes.
La oposición de principios de los libertarios a la guerra de Vietnam coincidió con la oposición, algo difusa, de la Nueva Izquierda. Además, la vertiente anarquista de la doctrina libertaria atrajo a la izquierda contracultural. ¿Acaso no era cada uno libre de elegir su propio estilo de vida? ¿Y no implicaba eso que la vulgaridad, la obscenidad, las blasfemias, el consumo de drogas, la promiscuidad, la homosexualidad, la pornografía, la prostitución o cualquier otra perversidad imaginable, en la medida en que no hubiera víctima, no serían delito alguno, sino perfectamente legítimas y naturales?
El movimiento libertario atrajo a un número excepcionalmente alto de individuos atípicos. A su vez, el ambiente contracultural y la “tolerancia” relativista del movimiento cautivaron a un número aún mayor de inadaptados y perdedores. Rothbard, con disgusto, los denominaba libertarios “modales” (típicos). Soñaban con una sociedad en la que todos fueran libres de elegir el estilo de vida, la carrera o el carácter que desearan, siempre que no fueran agresivos, y en la que, gracias a la economía de libre mercado, todos pudieran tomar esa decisión en un entorno de prosperidad general. Irónicamente, el movimiento que se propuso desmantelar al estado y restaurar la propiedad privada y la economía de mercado, estuvo en gran medida moldeado por los productos mentales y emocionales del “estado de bienestar”: la nueva clase de eternos adolescentes.
La necesidad de la discriminación
Esta combinación intelectual difícilmente podía terminar bien, y no lo hizo. El capitalismo de propiedad privada y el multiculturalismo igualitario, son una combinación tan improbable como el socialismo y el conservadurismo cultural. Al intentar combinar lo que no puede ser combinado, gran parte del movimiento libertario moderno ha contribuido a la mayor erosión de los derechos de propiedad privada (así como gran parte del conservadurismo contemporáneo ha contribuido a la erosión de la familia y de los valores morales tradicionales).
Lo que los libertarios de la contracultura no comprendieron –y que los verdaderos libertarios enfatizan incansablemente–, es que la restauración de los derechos de propiedad privada y el liberalismo económico implican un aumento drástico de la discriminación social. Esto eliminaría rápidamente la mayoría –si no todos– los estilos de vida tan apreciados por los libertarios de izquierda. En otras palabras, los libertarios deben ser radicalmente conservadores e intransigentes.
A diferencia de los libertarios de izquierda reunidos en torno de las instituciones de Washington, orgullosamente apoyados por pornógrafos, pedófilos y drogadictos, y que presionan al gobierno central para que implemente diversas políticas antidiscriminatorias, y abogue por una política de inmigración libre y no discriminatoria, los verdaderos libertarios deben aceptar la discriminación, ya sea interna o externa. De hecho, la propiedad privada implica discriminación.
Usted, no yo, es el dueño. Usted tiene derecho a excluirme de su propiedad. Usted puede imponer condiciones al uso que hago de su propiedad y expulsarme de ella. Además, usted y yo, como propietarios de bienes privados, podemos celebrar un acuerdo restrictivo. Nosotros y otros podemos imponer limitaciones al uso futuro que cada uno de nosotros (y nuestros herederos) pueda hacer de nuestra propiedad.
El “estado de bienestar” moderno prácticamente ha privado a los propietarios privados del derecho de excluir. Los empleadores no pueden contratar a quien les plazca. Los arrendadores no pueden alquilar a quien les plazca. Los vendedores no pueden vender a quien les plazca. Los compradores no pueden comprar a quien les plazca. Y los grupos de propietarios privados no pueden celebrar acuerdos restrictivos que consideren mutuamente beneficiosos. Por lo tanto, el estado central nos ha arrebatado gran parte de nuestra protección personal y física. No poder excluir a otros significa no poder protegerse a uno mismo. El resultado de esta erosión de los derechos de propiedad privada bajo el democrático “estado de bienestar” es la integración forzada. Los estadounidenses deben aceptar inmigrantes no deseados, los profesores no pueden deshacerse de los alumnos incompetentes o con mal comportamiento, los empleadores se ven obligados a lidiar con empleados malos o destructivos, los arrendadores se ven obligados a convivir con inquilinos problemáticos, los bancos y las compañías de seguros no pueden evitar riesgos, los restaurantes y bares deben dar cabida a clientes no deseados, y los clubes y asociaciones privados con cláusulas contractuales están obligados a aceptar miembros y acciones que violan sus propias normas y restricciones. Además, especialmente en la propiedad pública, la integración forzada se ha convertido en un peligro constante: la ausencia de normas y leyes.
Excluir a otras personas de la propiedad es el medio por el cual el propietario puede prevenir situaciones que disminuyan su valor. Si no le es permitido excluir libremente a estudiantes, empleados y clientes maleducados, perezosos, irresponsables y de mala educación, aumentará el número de estas personas y el valor de la propiedad disminuirá. De hecho, la integración forzada de cualquier tipo fomenta el mal comportamiento y la dudosa reputación. En una sociedad civilizada, el precio máximo por el mal comportamiento es la expulsión, y las personas de dudosa reputación (incluso si no cometen ningún delito) serán rápidamente expulsadas de todas partes y por todos. Serán convertidos en marginados, físicamente alienados de la civilización.
Este es un precio muy alto que pagar; por lo tanto, la frecuencia de este tipo de comportamiento se reduce. Por otro lado, si se impide desalojar a otros de una propiedad cuando su presencia es considerada indeseable, las conductas reprobables se vuelven menos costosas y, por lo tanto, son fomentadas. En lugar de ser aislados y finalmente excluidos de la sociedad, los vagabundos –en cualquier ámbito imaginable– pueden perpetrar sus atrocidades en cualquier lugar, y así proliferan los vagabundeos y comportamientos similares. Los resultados de la integración forzada son demasiado evidentes. Todas las relaciones sociales –tanto en la vida privada como profesional– se han vuelto cada vez más igualitarias e incivilizadas.
En marcado contraste, una sociedad en la que a los propietarios les fuese restaurado por completo el derecho de exclusión, sería profundamente anti-igualitaria y discriminatoria. Habría poca o ninguna de esa “tolerancia” y “mentalidad abierta” tan apreciadas por los libertarios de izquierda; todos los intercambios económicos y las relaciones sociales serían regidos por la estricta adhesión a los principios de propiedad, contrato, cooperación y exclusión.
Estaríamos bien encaminados hacia la restauración de la libertad de asociación, implícita en la institución de la propiedad privada, si las ciudades pudieran hacer lo que naturalmente hicieron hasta el siglo XIX en Europa y Estados Unidos. Habría letreros que indicarían los requisitos para entrar a la ciudad y, una vez dentro, los requisitos para acceder a propiedades específicas (por ejemplo, se prohibiría la entrada a mendigos, vagabundos o personas sin hogar); y quienes no cumplieran con estos requisitos, serían expulsados como intrusos. Casi de inmediato, sería restablecida la normalidad cultural y moral.
Quienes experimentaran con estilos de vida contraculturales tendrían que pagar, una vez más, un precio por su comportamiento. Si persistieran en ello, serían excluidos en gran medida de la sociedad civilizada, y obligados a vivir físicamente separados de la misma, en ghettos o al margen de la sociedad, y les serían prohibidos muchos puestos o profesiones. Por otro lado, si desearan vivir y progresar dentro de la sociedad, tendrían que adaptarse a las normas morales y culturales de la sociedad a la que aspiraban a integrarse.
Por lo tanto, la asimilación no implicaría necesariamente abandonar un estilo de vida atípico. Sin embargo, ésto implicaría que la persona ya no podría exhibir su comportamiento alternativo de una manera que otros desaprobaran. Tendría que ocultarlo del público y limitarlo a la privacidad de su hogar. Exhibirlo conllevaría la exclusión social.
Todo orden social requiere un mecanismo de auto-ejecución. Más precisamente, los órdenes sociales no son automáticamente mantenidos; exigen el esfuerzo consciente y la acción intencional por parte de los miembros de la sociedad. En una sociedad libertaria, se produciría un marcado aumento de la discriminación contra comportamientos contrarios a los altos standards culturales y las normas sociales en general.
La centralidad de los pactos
El modelo libertario de sociedad es aquél en el que los propietarios, en lugar de vivir aislados unos de otros, voluntariamente se asocian como vecinos. En términos de la teoría de los derechos de propiedad, al elegir la vecindad en lugar del aislamiento, los propietarios independientes establecen un pacto mutuamente vinculante, restrictivo y protector.
Mediante este pacto aceptan ciertas limitaciones en el uso de su propiedad y conducta personal (inicialmente establecidas y definidas por el fundador de la comunidad en cuestión); y cada propietario consiente estas restricciones, basándose en su creencia de que hacerlo será ventajoso para sí mismo y para todos los demás, e incrementará el valor de su propiedad y la de los demás.
El modelo conservador de sociedad, perfectamente armonioso, añade a ésto la percepción fundamental de que, como hecho empírico natural, los hogares suelen estar compuestos por familias y las comunidades normalmente unidas por lazos de parentesco. De hecho, la tendencia constante será que estén constituidas por personas genéticamente emparentadas, y lingüística y culturalmente homogéneas.
Para el libertario, el cumplimiento del pacto es entonces una cuestión de interés propio, y su éxito depende crucialmente de las acciones de la élite natural y su autoridad. Para el conservador, el cumplimiento es una cuestión de interés familiar y de parentesco, y su éxito depende de las acciones de los cabezas de familia, las familias y los clanes.
En cualquier caso, para mantener la sociedad –para proteger y valorar la propiedad privada, las familias y los parientes– los miembros de la sociedad, especialmente la élite natural y los cabeza de familia, deben estar dispuestos a adoptar dos formas de medidas de protección. Primero, deben estar dispuestos a defenderse mediante la fuerza y el castigo físico contra invasores externos y delincuentes internos. En segundo lugar, y no menos importante, deben estar preparados para defenderse mediante el ostracismo y la expulsión de cualquiera que promueva acciones incompatibles con el propósito mismo del pacto: proteger la propiedad, la familia y los parientes.
En este sentido, una sociedad siempre se enfrenta con la doble e interconectada amenaza del igualitarismo y el relativismo cultural. El igualitarismo, en todas sus formas, es incompatible con la idea de propiedad privada. La propiedad privada implica exclusividad, desigualdad y diferencia. Y el relativismo cultural es incompatible con el principio fundamental de la familia y las relaciones de parentesco intergeneracionales.
Las familias y las relaciones de parentesco implican absolutismo cultural. Desde una perspectiva sociopsicológica, tanto los sentimientos igualitarios como los relativistas encuentran apoyo entre las nuevas generaciones de adolescentes. Debido a su desarrollo mental aún incompleto, los jóvenes varones, en particular, son siempre susceptibles a ambas ideas. La adolescencia se caracteriza por frecuentes –y normales para esta etapa– manifestaciones de rebeldía por parte de los jóvenes contra la disciplina impuesta por la vida familiar y la autoridad paterna. El relativismo cultural y el multiculturalismo proporcionan los medios ideológicos para la emancipación de estas limitaciones. Y el igualitarismo –basado en la visión infantil de que la propiedad es un don (y, por lo tanto, es arbitrariamente distribuido) en lugar de ser apropiada y producida individualmente (y, en consecuencia, equitativamente distribuida)– proporciona la herramienta intelectual mediante la que la juventud rebelde puede reclamar los medios económicos para su vida fuera de la estructura disciplinaria de las familias y las comunidades.
La imposición de un pacto es, en gran medida, una cuestión de prudencia, naturalmente. Cómo y cuándo reaccionar, y qué medidas de protección tomar, requiere discernimiento por parte de los miembros de la sociedad y, especialmente, de las élites sociales. Así, mientras la amenaza del relativismo moral y el igualitarismo se limite a un pequeño segmento de jóvenes durante un breve período (hasta que se asienten en la vida adulta, limitada por las restricciones familiares), quizás sea suficiente con no hacer prácticamente nada. Una pequeña dosis de burla puede que sea todo lo necesario.
Sin embargo, la situación es muy diferente si el espíritu de relativismo moral e igualitarismo ha sido arraigado entre los miembros adultos de la sociedad. Si estos defienden habitualmente sentimientos igualitarios, ya sea en forma de democracia (gobierno de la mayoría) o comunismo, resulta esencial que los demás miembros, y en particular las élites sociales naturales, estén dispuestos a excluirlos y, en última instancia, expulsarlos.
En un pacto establecido por propietarios para proteger su propiedad privada, no existe el derecho a la libertad de expresión ilimitada, ni siquiera en su propia propiedad. Pueden ser dichas innumerables cosas y promovida casi cualquier idea imaginable, pero, por supuesto, no está permitido defender ideas como la democracia o el comunismo, contrarias al propósito mismo del pacto: preservar y proteger la propiedad privada. De igual modo, en un pacto fundado para proteger a la familia y los parientes, no puede haber tolerancia para quienes practican y promueven estilos de vida contrarios a las normas sociales, como el hedonismo y el parasitismo.
La virtud de la intolerancia
Los libertarios deberían ser conservadores morales y culturales de la más absoluta intransigencia. El estado actual de degeneración moral, desintegración social y decadencia cultural es precisamente el resultado de la excesiva tolerancia, posible únicamente gracias a la expansión del estado redistributivo y la proliferación de la propiedad colectiva. En lugar de excluir de la civilización a todos los demócratas, comunistas y seguidores de estilos de vida alternativos, fueron tolerados dentro de la sociedad. Naturalmente, esta tolerancia fomentó aún más sentimientos igualitarios y relativistas, hasta que finalmente se llegó al punto en que la autoridad para excluir a cualquiera de cualquier cosa se desvaneció, mientras que el poder del estado central, manifestado en la integración forzosa, creció proporcionalmente.
En su intento por establecer un orden social libre y natural, los libertarios deben esforzarse por recuperar del estado el derecho a la exclusión inherente a la propiedad privada. Sin embargo, incluso antes de lograrlo, para que tal logro sea siquiera posible, los libertarios deben comenzar a reafirmar, en la medida de lo posible, el derecho a la libre asociación, que necesariamente implica el derecho a la exclusión, en la vida cotidiana.
Por lo tanto, los libertarios tienen el deber moral de defender y practicar la intolerancia y la discriminación: contra igualitarios, demócratas, socialistas, comunistas, multiculturalistas y ecologistas; contra la grosería, la mala conducta, la incompetencia, la vulgaridad y la obscenidad.
Así como los verdaderos conservadores deben distanciarse de los tradicionalistas socialdemócratas de derecha, los verdaderos libertarios deben distanciarse de los libertarios de izquierda. Quienes se preocupan por el futuro de las familias y la prosperidad, por la moral y la propiedad, no tienen más remedio que convertirse en defensores inquebrantables de la estricta adhesión a la propiedad privada, y todo lo que ésta implica, como fundamento mismo de la civilización.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









