Los impuestos incautan la mitad de las remuneraciones de la clase media, dejando a los hogares con servicios públicos deficientes y menor ingreso disponible.

Los estadounidenses redescubren Escandinavia periódicamente. Alguien visita Noruega o Dinamarca, regresa deslumbrado y envidioso de la licencia parental y el cuidado infantil universal, y se pregunta por qué Estados Unidos se niega a copiar lo que evidentemente funciona. En el día dedicado a celebrar a Estados Unidos, Nicholas Kristof, periodista ganador del Premio Pulitzer, escribió para The New York Times que Estados Unidos es tan grandioso que, de hecho, debería parecerse más a Noruega. Si las empresas estadounidenses pueden pagar salarios altos y beneficios generosos a los trabajadores allí, observó Kristof, también podrían hacerlo en New York.
Si Estados Unidos estuviera tan sólo dispuesto a adoptar un poco más de socialdemocracia y un gobierno más grande –dice esta popular y recurrente narrativa–, tal vez podría disfrutar de la misma prosperidad y florecimiento que Noruega, y que su población también figurara habitualmente entre las más felices del planeta.
Nací y crecí en un país nórdico, he trabajado en otro, y durante los últimos seis años he vivido en un tercero, así que estoy bastante familiarizado con nuestra forma de vida. También he pasado mucho tiempo en Estados Unidos, asombrado y fascinado por la forma en que funcionan las cosas en esta vasta, diversa e indómita unión de estados. Los europeos se sienten a la vez fascinados y desconcertados por Estados Unidos.
Hay muchas cosas maravillosas en Estados Unidos, y bastantes cosas terribles en los países nórdicos; sospecho que, soñando con Noruega sin comprender su naturaleza ni sus ventajas e inconvenientes, los intelectuales estadounidenses pasan por alto ambas.
¿Quiere seguridad, atención médica y el sueño americano? Mire a Escandinavia
Sin duda los trabajadores noruegos tienen remuneraciones más altas que las de muchos países europeos, incluidos los de sus vecinos escandinavos. Los limpiadores de hoteles, los dependientes y los trabajadores de la construcción suelen ganar sueldos que sorprenden a los estadounidenses que visitan el país. Gracias a la “crisis de costos de Baumol”, décadas de riqueza petrolera bien gestionada han impulsado los salarios industriales y de servicios.
Lo primero que notaría un profesional estadounidense que se mudara a Noruega no es la generosa baja por paternidad, sino la gran pérdida de ingreso disponible y bienestar material. Los hogares noruegos tienen, en promedio, 30% menos de ingreso disponible que los estadounidenses, y el costo de los artículos de uso diario es mucho mayor.
Podría parecer que el sistema escandinavo ofrece servicios gratuitos, pero implica una contrapartida: más bienes públicos y menos bienes privados.
Cuando los políticos o intelectuales estadounidenses prometen “estados de bienestar” nórdicos, la mayoría de la gente imagina que ésto sucederá automáticamente o mediante impuestos a los ricos, y que todos serán beneficiados. Pero no es así. El verdadero modelo nórdico grava más a los pagadores netos de impuestos (45% en Dinamarca, 40% en Noruega, 41% en Suecia, contra 25% en Estados Unidos), y aplica un impuesto al valor agregado (IVA) fijo. Los “estados de bienestar” amplios requieren bases impositivas amplias. Los “estados de bienestar” nórdicos no son financiados con los impuestos sobre los multimillonarios, sino sobre los trabajadores comunes. Los beneficios “gratuitos” son obtenidos mediante impuestos al consumo invasivos y regresivos (hasta 25%), impuestos sobre las remuneraciones, e impuestos sobre la renta que comienzan a partir de U$S 10.000 (en Estados Unidos, los primeros U$S 16.000 están exentos de impuestos).
Un profesional estadounidense, con un ingreso medio de unos U$S 65.000, pagaría más de U$S 17.000 dólares en impuestos sobre la renta en Noruega (frente a unos U$S 5.000 según la calculadora del IRS). Además, el empleador tendría que pagar otros U$S 9.200 simplemente por el privilegio de contratarla. Con lo que le resta, enfrenta un alto costo de la vida e impuestos sobre las ventas de entre 11% y 25%.
Si viviera en Suecia, un país mucho más pobre con salarios muy inferiores a los de Noruega, nuestro profesional estadounidense de nivel medio estaría situado en el 20% de los que más ganan, aunque aún no alcanzaría el tramo impositivo marginal de 53% (o 64%).

Para la Tax Foundation, Cristina Enach resumió: “En 2024, la relación carga fiscal/PBI de Dinamarca fue de 45,2%; la de Noruega, 40,2%; y la de Suecia; 41,4%. Ésto compara con una relación de 25,6% en Estados Unidos”.
Parte de esta diferencia se explica por el gasto en salud (privada, no pública), las contribuciones a las pensiones (planes 401(k) u otras cuentas de jubilación), y otras opciones personalizadas. Los países nórdicos ofrecen una sola opción: el estado.
A cambio, nuestro hipotético expatriado recibiría guardería subvencionada, educación, vacaciones pagas y atención médica. Sin embargo, la calidad de estos servicios sería cuestionable, con listas de espera que se extenderían durante meses incluso para afecciones con riesgo de vida. Para algunos, es un intercambio que vale la pena, pero no es claramente superior, como concluyó el economista Noah Smith en su comparativo hace unos meses.
La desigualdad es, en efecto, menor en Noruega, donde una persona del 10% mayor gana sólo tres veces más que una del 10% menor. Ésto significa menos incentivos para el esfuerzo y menos margen de crecimiento. De cara al futuro, las inversiones en crecimiento, empleo y oportunidades impulsadas por la IA resultan mucho más atractivas en Estados Unidos que en la estancada Escandinavia. Reprimir el crecimiento en la cima ha frenado el potencial de todos.
La historia de Noruega no es la historia nórdica
La brecha entre el bienestar promedio en Estados Unidos y el de casi todos los países europeos se ha ampliado drásticamente en las últimas tres décadas. En términos de renta per capita, Estados Unidos se ha distanciado progresivamente de Europa en los últimos treinta años. La renta media estadounidense supera ahora la de todos los miembros de la UE, excepto Luxemburgo e Irlanda. Los ciudadanos de catorce países de la UE ganan, en promedio, menos que los residentes de Mississippi, el estado más pobre; y la UE en su conjunto se sitúa entre Oklahoma y Maine.
El artículo de opinión de Joseph Sternberg publicado a principios de este año en The Wall Street Journal es ilustrativo: tanto estadounidenses como europeos se sorprenden al descubrir la enorme ventaja material de Estados Unidos. “Políticamente, la felicidad reside en la ignorancia”, concluyó Sternberg. “Al crear vidas relativamente cómodas para sus votantes, los estados de bienestar europeos ocultan la verdadera magnitud de la brecha de prosperidad en Europa”.
Noruega es un país próspero según los standards europeos, pero sólo se sitúa en la media en comparación con Estados Unidos en su conjunto. Cifras aproximadas indican que los estadounidenses, en promedio, disfrutan de abundancia económica material similar a la de Islandia y Noruega, pero entre 20% y 60% más próspero que los demás países nórdicos (la diferencia entre los países con economías más atípicas y los demás países nórdicos, es comparable a la que existe entre el estado de New York y Michigan). Si bien existen matices en la vida, la política y la economía entre los cinco países nórdicos, las tasas impositivas, la economía laboral, la educación pública, el “estado de bienestar” general o la generosidad de la licencia parental, no son tan diferentes.
No es casualidad que Kristof informara desde Noruega. Si hubiera efectuado esta comparación con Suecia o Finlandia, el resultado económico habría sido tan inaceptablemente bajo, que pocos estadounidenses se habrían dejado convencer por la promesa. Las personas en los casos de éxito de Noruega e Islandia son significativamente más ricas que los demás países nórdicos. Incluso ajustando por paridad de poder adquisitivo (PPA) según los datos de la Tabla Mundial de la Universidad de Gröningen-Penn para 2023, los estadounidenses siguen siendo entre 15% y 20% más ricos que la mayoría de los escandinavos. De todos modos, es imposible. Entonces, ¿para qué soñar?
El principal obstáculo para las ilusiones desmesuradas respecto de los países nórdicos es que nadie ha encontrado la manera de traducir y recrear con éxito las instituciones sociales y económicas de otros lugares. Por no hablar de los valores, comportamientos y tradiciones de una población.
Las instituciones surgen de historias particulares y condicionadas por su trayectoria. No son muebles IKEA que simplemente puedan ser transportados por mar y armados en casa. Los observadores académicos o políticos suelen cometer el error de pensar que basta con aislar algunos comportamientos o instituciones económicas deseables, adaptarlos a Estados Unidos, y sin esfuerzo crear una mejor calidad de vida.
Además, Estados Unidos siempre ha tolerado –incluso celebrado– un notable grado de excentricidad y ambición. Los estadounidenses fundan empresas inverosímiles en garajes y adoran a sus “bichos raros”. Cuando hacen algo, lo hacen bien (y con creces): SpaceX, el fútbol americano universitario, Times Square, Las Vegas. Sea lo que sea que le interese o apasione, algún estadounidense peculiar ha creado una comunidad en torno de ello. Es una nación de inventores y amantes de los animales. Construyen en el desierto y ciudades enteras en el mar. Sus vastos espacios abiertos conectan una red de lugares, pueblos y filosofías: universidades de élite, Silicon Valley y Broadway, Nashville y Detroit, centros de reunión amish y megaiglesias evangélicas, y juegos de las Tierras Altas de costa a costa. Nuestra gran cultura híbrida prospera gracias a la libertad, no sólo a los bajos impuestos. Nuestra herencia cultural es el resultado de innumerables intentos por definir la identidad estadounidense, para ver qué funciona.
Los países nórdicos no tienen eso. Con la reciente excepción de las empresas Fintech y las startups innovadoras (que surgieron gracias al auge tecnológico de los ´90), probar cosas nuevas y excéntricas en esas tierras frías no es precisamente bien recibido. La idea escandinava de Jantelagen[*], la expectativa de que nadie se crea especial, resulta en la falta de oportunidades y el desprecio por la novedad que la mayoría de los estadounidenses consideran grosero y desalentador.
El equilibrio político que mantenía a flote a Escandinavia era, hasta hace poco, la población mayoritariamente homogénea en tierras escasamente pobladas, extrañamente dispuesta a subordinar las preferencias y peculiaridades individuales a normas colectivas comunes. Estados Unidos destaca en el sentido opuesto: permite que quince veces más personas persigan estilos de vida y ambiciones individuales radicalmente diferentes, con respeto pero con poca consideración por la aprobación de los vecinos.
Incluso si fuera posible trasplantar las instituciones económicas y políticas noruegas a Estados Unidos, ¿cómo podemos estar seguros de que no tendremos una debacle económica al nivel de Suecia, en lugar de la Noruega próspera y acomodada con la que sueña un reformador social? Podemos admirar y aprender de los países escandinavos que utilizan el “modelo nórdico”, los que han logrado sólidos programas sociales sin sacrificar demasiado la prosperidad económica. Este equilibrio es frágil y podría no mantenerse para siempre: los problemas migratorios, el estancamiento del crecimiento y el estado excesivamente regulador están dejando al descubierto sus fisuras.
Escandinavia ha construido sociedades de gran éxito para unos pocos millones de personas con ideas muy similares. Pero Estados Unidos ha construido algo más impresionante: una vasta y compleja república de florecimiento económico y social, donde cientos de millones de personas persiguen pacíficamente visiones radicalmente diferentes de una buena vida.
Acercarse más a Noruega significa alejarse de Estados Unidos, perdiendo así las oportunidades, el ingenio y el espíritu emprendedor que hicieron grande a Estados Unidos.
_______________________________________________
[*] Norma social no escrita que promueve la igualdad y la colectividad por sobre la individualidad, con lo que la autosuperación y competencia no están bien vistas.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









