
El 4 de Septiembre de 2026, el presidente argentino Javier Milei efectuó la siguiente declaración:
“Las Islas Malvinas son argentinas, por historia y por derecho. No hay duda al respecto. Las islas han formado parte del territorio argentino desde la fundación de nuestra nación. En 1833, el Reino Unido ocupó las Malvinas, expulsó a las autoridades argentinas, y estableció una situación colonial que persiste hasta el día de hoy.
Ésto implica que los habitantes de las islas –al ser una población implantada en un territorio usurpado– no tienen un derecho legítimo a la autodeterminación, y que cualquier argumento basado en referandums celebrados en las islas carece de validez”.
Al parecer, Milei utiliza el criterio de apropiación original de un recurso que previamente no tenía dueño (homesteading) para establecer la legitimidad de la propiedad de la tierra. Dicha legitimidad se mantendría sólo si la propiedad fuera cedida o intercambiada voluntariamente, y se perdería si fuera arrebatada mediante coacción. Milei sostiene que las Islas Malvinas encajan en esta última categoría: fueron apropiadas legítimamente por argentinos, y tomadas coactivamente por los británicos –quienes las rebautizaron como Falkland Islands–, convirtiendo en ilegítima su actual posesión del archipiélago. Si ésto es lo que efectivamente sucedió, Milei tiene razón y las Malvinas son argentinas. Examinemos los hechos.
Las Islas Malvinas estaban totalmente deshabitadas antes de la llegada de los franceses en 1764, hecho que marcó el inicio del primer asentamiento permanente: Port Saint Louis. Al año siguiente, en 1765 –y sin saber de la presencia francesa en otra isla del archipiélago–, el capitán británico John Byron desembarcó en la isla Gran Malvina (West Falkland) y estableció la base Port Egmont, reclamando el archipiélago para la Corona británica. En 1767, España protestó contra la colonia francesa. Dado que Francia y España eran aliadas en aquel entonces, los franceses acordaron vender y transferir su asentamiento al control español. Los españoles rebautizaron el lugar como Puerto Soledad.
Tras haber estado a punto de entrar en guerra con España por la posesión de las islas, los británicos decidieron abandonar voluntariamente su única base en el archipiélago, Port Egmont, en 1774. La razón fue puramente económica: el imperio necesitaba recortar gastos debido a la inminente Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Al marcharse, los marinos británicos colocaron una placa de plomo en el muro del fuerte, declarando que las islas seguían perteneciendo a la Corona de Jorge III. En otras palabras, mantuvieron su reclamación legal, al tiempo que dejaban el territorio deshabitado físicamente.
Durante casi 40 años tras la partida británica, España gobernó las islas sin oposición desde Puerto Soledad, el antiguo asentamiento francés. Los gobernadores españoles patrullaban las costas, e incluso retiraron la placa de plomo dejada por los británicos, enviándola a Buenos Aires como trofeo.
Las islas dejaron de ser españolas en 1811, cuando España también abandonó el archipiélago debido a las guerras napoleónicas en Europa y a las revoluciones independentistas en América del Sur.
Con las islas completamente deshabitadas y sin tropas británicas ni españolas, la recién independizada Argentina (entonces Provincias Unidas del Río de la Plata) envió un barco en 1820 para tomar posesión formal del territorio, considerándose heredera legítima de las tierras que habían pertenecido a la Corona española. Fue precisamente esta presencia argentina la que Luis Vernet –un comerciante nacido en Hamburgo y de ascendencia francesa, que se había nacionalizado argentino– intentaba consolidar, y la que los británicos decidieron interrumpir por la fuerza en 1833.
Por tanto, en 1833 los británicos no estaban “recomprando” ni reclamando una colonia activa: decidieron reactivar una antigua reclamación del siglo XVIII que había quedado congelada en el tiempo, expulsando a los argentinos que habían ocupado aquel vacío territorial.
Aunque la presencia argentina en las Malvinas era reducida –compuesta por los entre 100 y 150 colonos multiétnicos que Vernet había logrado establecer en las islas–, la toma de control británica fue coactiva. De ahí que la reclamación argentina sobre las Malvinas sea legítima, tal como sostiene Milei. Si bien es discutible si apenas 150 personas podían establecer un título original sobre un territorio tan vasto como las Malvinas –o si alguien podía asentarse legítimamente en las zonas vírgenes y deshabitadas de las islas–, lo cierto es que eso no fue lo que hizo el Imperio británico en aquel momento. En su lugar, atacó a los pocos colonos, los expulsó, y empleó la violencia para imponer su dominio sobre todo el archipiélago, el que sigue estando escasamente poblado hasta el día de hoy, con una densidad de población de 0,31 habitantes por km2.
Sin embargo, existe otro territorio que también fue tomado por la fuerza, pero respecto del cual Milei –en lugar de solidarizarse con las víctimas despojadas– sostiene que son los invasores quienes tienen derecho legítimo sobre la tierra: Palestina. Analicemos el caso de Israel frente a Palestina, aplicando la misma lógica utilizada para el conflicto de las Islas Malvinas (o Falkland Islands).
A diferencia de las Islas Malvinas, donde los primeros seres humanos llegaron recién en 1764, Palestina es un territorio habitado desde los albores de la civilización. Como escribí en un artículo de 2024:
Se estima que el ser humano moderno primitivo habitó este mundo durante 300.000 años, y que su comportamiento moderno comenzó hace 50.000 años, pero sólo se conocen por escrito los últimos 5.000 años de la historia humana. Durante gran parte de la historia registrada, la región de Palestina fue escenario de conflictos territoriales, y fue ocupada sucesivamente por quenitas, quenizzitas, cadmonitas, hititas, ferezeos, refaítas, amorreos, cananeos, girgaseos y jebuseos, filisteos, egipcios, hebreos, asirios, babilonios, persas aqueménidas, griegos/macedonios, romanos, bizantinos, persas sasánidas, árabes, cruzados europeos, mamelucos, otomanos, franceses, británicos y sionistas europeos.
Para Milei, sólo uno de estos pueblos tiene derecho legítimo sobre Palestina: los judíos. Sin embargo, los judíos de hoy no son el mismo pueblo que, durante apenas dos generaciones, bajo el reinado de David y Salomón, gobernó parte del territorio que hoy ocupa el estado de Israel. El judío de hoy no es lo que era considerado judío en la antigüedad. El judío moderno evolucionó a partir de una de las muchas facciones del judaísmo antiguo centrado en el Templo –los fariseos–, hasta convertirse en el judaísmo rabínico, kabbalístico y talmúdico centrado en la sinagoga que conocemos hoy. Otra evolución, fiel a las profecías del judaísmo antiguo, es el cristianismo.
Ambas difieren significativamente de la antigua religión practicada por los habitantes del Reino de Israel, que gobernó brevemente parte de Palestina hace 3.000 años. Por lo tanto, ni cristianos modernos ni judíos modernos son los judíos antiguos; por eso sería mejor llamar a los judíos antiguos “judeos”, para evitar confusiones con los judíos talmúdicos y disipar la absurda idea de que Jesús era judío. Jesús no era judío, según la definición de “judío” establecida tras la consolidación de los Talmudes entre los siglos IV y VI d.C.:
“La palabra ‘judío’ no surgió hasta el año 1775. Su connotación moderna se refiere a alguien que sigue y adhiere a una fe similar a la de los fariseos de Judá, pero que no pertenece a la tribu ni al linaje de Judá. En otras palabras, los judíos son personas de naciones distintas a las doce tribus hebreas que practican una religión conocida como judaísmo/fariseísmo, la doctrina de los fariseos”.
En vista de ésto, resulta completamente absurdo afirmar que los judíos talmúdicos tengan algún derecho legítimo sobre el territorio palestino, o que estén reclamando de los invasores esas tierras. Si bien las potencias dominantes en la región han cambiado muchas veces, la legítima propiedad pertenece a la población palestina, que ocupó la tierra de forma continua hasta que comenzó a ser expulsada por terroristas sionistas europeos a principios del siglo XX.
En 1948, tras intensas campañas de inmigración, a los judíos –que constituían una minoría de 30% de la población total, y poseían aproximadamente 6% del territorio palestino– les fue asignado 55% de Palestina según un plan de partición aprobado por la ONU. Los judíos aceptaron con entusiasmo la propuesta y comenzaron a implementarla. Los palestinos, naturalmente, se negaron a aceptar este descarado robo y resistieron. La guerra subsiguiente dejó al vencedor, Israel, con el control sobre 78% del territorio del antiguo Mandato Británico de Palestina. Los sionistas se apoderaron del territorio de Israel por la fuerza, robando propiedades legítimas a sus dueños originales –de forma similar a como el Imperio Británico se apropió de las Islas Malvinas de Argentina– pero, curiosamente, Milei invierte su lógica en este caso.
Ésto a pesar de que las Islas Malvinas pertenecieron a Argentina durante tan sólo 13 años (1820-1833) y, con una superficie de 11.400 kms2, estaban habitadas por menos de 200 personas. Sin embargo, eso bastó para que Milei afirmara que “las Islas Malvinas son argentinas, por historia y por derecho; no cabe duda”. ¿Y qué decir, entonces, de Palestina, habitada durante milenios por millones de palestinos que vivían en un territorio que duplicaba con creces el tamaño de las Malvinas? (el territorio de Palestina bajo el Mandato Británico abarcaba una superficie aproximada de 25.900 kms2).
Por lo tanto, si Milei aplicara la misma lógica respecto de las Islas Malvinas a Israel, se vería obligado a afirmar lo siguiente:
“Palestina pertenece a los palestinos, por historia y por derecho. No cabe duda. Palestina ha pertenecido a los palestinos desde tiempos inmemoriales. En 1948, los sionistas ocuparon Palestina, expulsaron a muchos palestinos y establecieron una situación colonial que persiste hasta el día de hoy.
Ésto implica que los habitantes de Israel –al ser una población implantada en un territorio usurpado– no poseen derecho legítimo a la autodeterminación, y que cualquier argumento basado en referendos celebrados en Israel (o en la ONU) carece de validez”.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









