Un imperio degenerado

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    Presumiendo de aniquilar un país y robar a otro.

    Tal como nos recordó Murray N. Rothbard, los gobiernos no son más que “bandas criminales armadas a gran escala”. La administración Trump ha hecho todo lo posible por demostrar que Rothbard tenía razón.

    Estados Unidos dejó de ser una república hace 160 años. Pero mucho más recientemente su gobierno dejó de fingir que gobernaba una república. En el siglo XX se convirtió en un imperio. En el actual, ha sido un imperio degenerado.

    El Viernes, en la ONU, el actual emperador personificó hasta qué punto se ha degradado. Amenazó de nuevo con la “aniquilación” de la civilización a la que infligió su propio “Pearl Harbor” hace casi ocho meses:

    “Tengo que tomar una gran decisión. ¿Se llegará a un acuerdo con Irán que les permita reconstruirse y crear un país mucho más grande que lo que jamás fue? Quizás uno de los más grandes de Oriente Medio o incluso del mundo. ¿O aniquilo a la República Islámica y lo hago rápidamente, sin darles jamás la oportunidad de matar y destruir personas y países de nuevo? ¿Los envío al infierno sin posibilidad de supervivencia y sin esperanza de grandeza o generaciones futuras?”

    Dejando de lado su uso compulsivo de la palabra “yo” –como si un presidente tuviera autoridad para erradicar a “generaciones futuras”–, ¿qué “personas o países” ha destruido Irán alguna vez?

    Durante al menos siglo y medio, Irán no ha iniciado ninguna guerra contra ningún país. Tampoco ha instigado un golpe de estado contra el gobierno de EE.UU., ni ha impuesto a un dictador elegido a dedo, ni ha rodeado a Estados Unidos de bases militares persas.

    Antes de esta guerra, EE.UU. contaba con unas veinte instalaciones militares y casi 50.000 efectivos en Oriente Medio. Tan sólo en este siglo, el gobierno estadounidense ha lanzado más de cien mil bombas y misiles sobre al menos ocho países de esa región.

    También respaldó la brutal guerra de Irak contra Irán, que acabó con la vida de hasta un cuarto de millón de iraníes. ¡Y luego nos preguntamos por qué han dicho cosas desagradables sobre los estadounidenses! Tras lo que ha hecho el gobierno de EE.UU. este año, los iraníes tienen más motivos para expresar su descontento. Durante el ataque sorpresa que desencadenó esta guerra (a diferencia del que lanzó el año pasado), Donald Trump acabó con la cúpula dirigente de Irán y asesinó a casi doscientas escolares. Nos gustaría pensar que la muerte de las niñas fue un accidente.

    ¿Pero por qué habríamos de pensarlo? La administración nunca pidió disculpas por ello. De forma absurda, intentó culpar a Irán y luego siguió amenazando a ese país con su destrucción total.

    ¿Por qué un presidente que amenaza con “aniquilar” a 90 millones de personas inocentes, no estaría dispuesto a acabar con unos cuantos niños? Él y sus partidarios simplemente se justificarían culpando a Irán, lamentando los “daños colaterales”, y encogiéndose de hombros al decir que “la guerra es un infierno” (como si no fuera razón para no iniciar una).

    En su discurso de ayer, el presidente ni siquiera solicitó a la ONU (y mucho menos al Congreso de EE.UU.) una resolución que le permitiera cometer atrocidades. Simplemente les comunicó que estaba sopesando la posibilidad de arrasar a un país cuyos representantes se encontraban en la sala.

    Si bien la mayoría de nosotros nos hemos vuelto insensibles a las salidas de tono de Trump, ¿cómo es posible que no haya más funcionarios públicos horrorizados ante semejante depravación? Los demócratas no lo están condenando de manera generalizada, lo que revela una vez más cuán indistinguibles son ambos partidos en la mayoría de los asuntos importantes.

    Toda esta catástrofe carece de coherencia. El presidente que (aparentemente) libró una guerra para impedir que Irán obtuviera armas nucleares –sus propios servicios de inteligencia afirmaban que el país no estaba fabricando–, ahora insinúa que usaría armas nucleares para asegurarse de que Irán no las consiga. Y ésto lo dice alguien que justificó en parte su guerra como una forma de rescatar al “pueblo iraní”.

    Si Trump convirtiera a Irán en un cenicero, ¿qué pasaría entonces? Más allá de la enorme inmoralidad de semejante atrocidad, ¿de qué manera beneficia a Estados Unidos convertir a Irán en un erial caótico?

    Puede que debilite a grupos interpuestos y aliados como Hezbollah, Hamas y los Houthi. Pero esas organizaciones son problema de Israel. Ninguna representaba una amenaza para Iowa.

    Fueron convertidas en una preocupación para Estados Unidos sólo porque el país intervino en favor de Israel, lo que provocó ataques Houthi contra buques estadounidenses en los últimos años, y el atentado de Hezbollah de 1983 contra el cuartel de los marines en Beirut.

    Irán alberga a cerca de 40% de los 300 millones de musulmanes chiitas de todo el mundo. ¿Cómo reaccionará el resto? ¿Estarán los estadounidenses más “seguros” si un grupo de islamistas agraviados decide vengarse?

    ¿Acaso una destrucción masiva abrirá un estrecho que no estaba bloqueado antes de que Trump desatara esta estupidez? ¿O dejará ese punto estratégico bajo el control de renegados hostiles con una sed de venganza insaciable, al tiempo que crea vacíos regionales que Israel podrá llenar?

    El presidente de Estados Unidos se jacta abiertamente de secuestrar y asesinar a gobernantes extranjeros, de robar los recursos de otros países, y de potencialmente aniquilar civilizaciones que han existido durante milenios.

    Presumió de saquear el petróleo venezolano al decirle a la ONU (organismo creado supuestamente para impedir tales actos de bandidaje) que “al vencedor le corresponde el botín”.

    ¿Por qué este razonamiento no es válido cuando Putin ataca a Ucrania, o si China tomara Taiwán? ¿Acaso las fronteras de Irán o Venezuela no gozan de la misma “sacralidad” que aquéllas que cruzaron los rusos o que China podría borrar del mapa?

    La administración vendió la idea de una invasión a Venezuela como una lucha contra la inmigración ilegal y las drogas. Ahora, el presidente admite que se trató de un robo descarado, al tiempo que miente sobre el valor del botín. Y el presidente se enorgullece de ello. Pero pocos más lo hacen.

    A excepción del menguante grupo de fanáticos del movimiento MAGA, la mayoría de los estadounidenses siente rechazo ante las acciones de su gobierno. Nunca quisieron más guerras. Junto con el control de la inmigración y el freno a la inflación, poner fin a los conflictos bélicos y evitar otros nuevos fueron algunas de las razones principales por las que votaron a Trump.

    Sin embargo, mientras la administración actúa con total arbitrariedad, el Congreso permanece en silencio. Debería haber sometido a juicio político, destituido y encarcelado a este presidente por usurpar sus facultades. En su lugar, la cúpula republicana decretó un receso hasta las elecciones de mitad de mandato, desperdiciando así el último mes de su inútil mayoría.

    Tras iniciar guerras absurdas y aprobar leyes ruinosas que encarecen prohibitivamente los alimentos, el combustible y la vivienda –todo ello mientras presumían de un salón de baile y cambiaban el nombre a masas de agua–, los republicanos merecen ser desalojados del poder.

    Una de las peores consecuencias de su nefasta gestión es que devolverá el poder a un partido que es, en todos los sentidos, pésimo. Pero tal es el estado de nuestra “democracia”, que el cianuro y el arsénico son las únicas opciones que nos son ofrecidas.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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