Por qué quiere Ud. ser sumiso ante sociópatas narcisistas, egocéntricos, simuladores y megalómanos

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    Pocas cosas resultan más lamentables que ver a hombres adultos discutiendo sobre política. La mayoría de ellos posee una comprensión demasiado limitada del estado y de la naturaleza de la política como para discernir, de manera práctica, una noción concreta de las circunstancias en las que viven. La elección “racional” y “consciente” que creen estar efectuando es, en realidad, el sometimiento a un proyecto de poder. Sin embargo, la política está tan maquillada, que la gran mayoría de las personas parece totalmente incapaz de ver las cosas de esa manera.

    Al afiliarse a un partido determinado, elogiar un programa político-partidista o elegir a un presidente, la mayoría de los votantes no se da cuenta de lo que realmente está haciendo. Estas personas no se perciben a sí mismas como vasallos que se colocan en una posición de sometimiento y servilismo, sino que creen ser individuos que ejercen su “ciudadanía”. Lo que hacen, no obstante, puede objetivamente descripto como servidumbre disfrazada.

    ¿Por qué habría de tener un amo que gobierne sobre usted, que cree una cantidad considerable de leyes y decretos totalmente arbitrarios, y que lidere un sistema dispuesto a encarcelarlo si infringe alguna de las normas de ese amo –por insignificantes que sean? La mayoría de la gente nunca se plantea tales preguntas. Simplemente sigue la corriente marcada por el sistema político en el que vive. Han sido condicionados para obedecer a un sistema y jamás cuestionarlo.

    La mayoría de las personas parece no reflexionar nunca sobre los aspectos más elementales del sistema político. Creen vivir en una democracia, pero este sistema que nos controla de forma meticulosa y diligente, hasta en los detalles más ínfimos, sería mejor descripto como “patocracia” (gobierno de autoritarios patológicos); aunque también podría ser definido como “kakistocracia” (gobierno de los peores) o “corporatocracia” (gobierno de las corporaciones). Todas estas descripciones son correctas y definen diferentes aspectos de un sistema político ostensiblemente obsesionado con el poder y el control en todos los niveles. Lo más importante, sin embargo, es comprender que todas estas denominaciones pueden ser clasificadas como parte de un sistema totalitario que se opone total y absolutamente al individuo.

    Más allá de descripciones y clasificaciones, la verdad es que el sistema en el que vivimos es una coalición de los peores y más deplorables elementos de la sociedad (cacocracia, de hecho). No cabe duda de que son precisamente los hombres más desequilibrados, egocéntricos, egoístas, agresivos, pérfidos, viles, irascibles, simuladores, depravados, sádicos, ambiciosos, nefastos y oportunistas quienes llegan al poder. La estructura gubernamental no sólo atrae, sino que de hecho permite que los peores elementos de la sociedad se conviertan en autoridades sobre todos los demás.

    La naturaleza de la política –lo que incluye tanto su estructura general como la forma en que está constituida y cimentada– hace prácticamente imposible cualquier cultura de benevolencia institucional. Podemos afirmar, con total certeza y convicción, que los hombres buenos, rectos, justos y benevolentes nunca llegan al poder.

    En consecuencia, podemos clasificar la política actual como un sistema excepcionalmente sórdido, nefasto y enfermizo, deliberadamente diseñado para excluir de su seno a todos los hombres virtuosos y rectos que existen en la sociedad.

    De hecho, esta clase de hombres será totalmente incapaz de ejercer el poder y de participar en la política la que es, en la práctica, un juego de poder visceral, cruel, ignominioso y brutal que excluye, con hostilidad sádica y atronadora, a todos aquellos que buscan competir de manera justa y honesta.

    En el entorno político, los hombres verdaderamente buenos son triturados y machacados con extrema crueldad. En la política, sólo los psicópatas más simuladores y los sociópatas más perversos –especialmente aquéllos que tienen conexiones con los máximos representantes de la élite económica– logran prevalecer y destacar.

    Sólo éstos consiguen forjarse una sólida carrera política, lo que les permite permanecer en el poder (como senadores, diputados o gobernadores) durante décadas. Estos hombres lo logran no sólo porque son sociópatas sádicos que saben jugar el implacable y estruendoso juego de la política, sino también porque se esfuerzan ávidamente por complacer a los miembros de las castas aún más poderosas, a la élite situada por encima de ellos. Al fin y al cabo, todos debemos rendir cuentas a superiores; incluso los hombres de poder tienen que responder ante quienes ocupan una posición aún más elevada que la suya.

    Como los políticos convencionales nunca se oponen a los poderes establecidos –sino que, por el contrario, los sirven como buenos serviles y solícitos criados–, las élites económicas, que constituyen el verdadero poder detrás del poder, permiten a los políticos de carrera continuar normalmente con sus letanías burocráticas y ser reelegidos constantemente. Al fin y al cabo, no son más que los secretarios generales del poder real. Y, siempre que sirvan a los intereses de las élites dominantes, son tolerados.

    Ésto nos lleva a la siguiente conclusión: no somos, nunca hemos sido, ni seremos jamás, gobernados por hombres buenos. Si éstos llegaran al poder, serían inmediatamente corrompidos. O asesinados por ser incorruptibles. De modo que sólo los malos gobiernan; sólo los malos están perfectamente habilitados por el sistema para ocupar posiciones de poder.

    De hecho, son únicamente éstos quienes logran acceder a los principales cargos de relevancia en el poder gubernamental. No hay hombres buenos en las esferas del poder. Hay hombres sórdidos, inicuos y malignos en los principales puestos de mando, y hordas de hombres apáticos que los obedecen en los niveles inferiores de la jerarquía de poder. Pero los hombres genuinamente buenos, rectos y virtuosos, son completa y totalmente inexistentes en la política y en el estado. Existen dispersos en la sociedad, pero constituyen una cantidad relativamente insignificante, incluso al sumarlos todos. En la política encontramos a hombres malos en los cargos de poder y mando, y a hombres apáticos en los escalafones inferiores de la jerarquía, ejecutando las órdenes de los malos.

    Por ello, cabe preguntarse: ¿por qué una buena persona habría de involucrarse en la política? No hay ningún beneficio real en ello. ¿Quiere usted ser gobernado por hombres intrínsecamente nefastos, perniciosos y malignos? ¿Por qué? ¿Por qué desea someterse a sociópatas narcisistas, egocéntricos, simuladores y megalómanos? Ésto no le reportará ningún beneficio, ni a corto ni a largo plazo. Más bien al contrario: le perjudicará de las peores formas posibles.

    La verdad es que debemos liberarnos de esa terrible, deplorable y degradante superstición que es la política. No beneficia en absoluto a la gente común. Al contrario: engrasa los grilletes de la servidumbre, otorgando una apariencia de civilidad a la esclavitud forzosa y haciendo que la servidumbre voluntaria parezca un gesto de virtud altruista, venerable y gloriosa.

    De hecho, la política es un mal indescriptible que arruina por completo todo lo que toca. Nada en la política es edificante, valioso o benevolente. La política es la fachada social de un gran esquema de opresión a gran escala, que nos convierte en siervos de un sistema voraz, implacable y excepcionalmente tiránico, cruel y maligno; un sistema que ve en cada uno de nosotros a un esclavo destinado a ser explotado, vilipendiado, humillado y subyugado de las formas más viles y degradantes. El resto son cuentos de hadas para utópicos ingenuos e ilusos.

    Las masas creen en la política porque el adoctrinamiento y el lavado de cerebro sistemáticos a gran escala que reciben a diario les impiden ver la realidad tal como es. Engañadas y embaucadas persistentemente, creen en una narrativa fantasiosa y delirante que –de una forma u otra– difunde constantemente una vil y malévola propaganda, centrada en persuadir a las masas de que existen innumerables “ventajas” y “beneficios” en ser un esclavo dócil, pasivo y servil del sistema. Toda la propaganda estatal consiste en transmitir al populacho variaciones de este tema.

    No existe absolutamente ningún elemento en el estado o en la política que pueda ser calificado como beneficioso, edificante, saludable o constructivo. Tanto el estado como la política son empresas terriblemente degradantes, criminales, deplorables y excepcionalmente perjudiciales para el ser humano; y ambas son fácilmente desmanteladas bajo cualquier perspectiva analítica de carácter moral y filosófico.

    Necesitamos urgentemente presentar la política tal como es realmente: una sórdida y degradante superstición social colectiva que nos convierte en esclavos impotentes del estado omnipotente. Y aquéllos que viven de la política y se aprovechan de ella para enriquecerse, expandir sus patrimonios o manipular a las masas –utilizándolas en proyectos de poder sádicos y perniciosos– deben ser expuestos como enemigos de la humanidad y como los psicópatas criminales que verdaderamente son.

    La política es un gran castillo de naipes. Tiene cimientos expansivos, vastos, colosales, enormes, pero es extremadamente frágil. De modo que sacar a la luz una mentira puede comprometer a todas las demás, como una reacción en cadena. De hecho, ninguna mentira resiste una verdad contundente. Y las mentiras que sostienen la política son las mismas que sustentan a los demagogos sanguinarios e irascibles, así como a sus megalómanos y delirantes proyectos de poder.

    La verdad es que la política es una densa nube de humo, y los políticos son los sacerdotes que alimentan el fuego que sostiene el sacrificio [ante el dios estado], cuya ofrenda somos nosotros: los ciudadanos comunes.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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