Balanza comercial

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    Nuestros adversarios han adoptado tácticas bastante embarazosas. ¿Acaso defendemos nuestra doctrina? La aceptan con el mayor respeto. ¿Atacamos su principio? Lo abandonan con la mayor elegancia. Sólo exigen una cosa: que nuestra doctrina, que consideran verdadera, quede relegada a los libros, y que su principio, que reconocen como perverso, prevalezca en la legislación práctica. Concédales la gestión de los aranceles, y renunciarán a toda disputa teórica.

    “Sin duda”, dijo el Sr. Gauthier de Rumilly en una ocasión reciente, “nadie desea resucitar las anticuadas teorías de la balanza comercial”. Muy cierto, Sr. Gauthier, pero recuerde que no basta con criticar el error superficialmente y, acto seguido, durante horas, argumentar como si fuera la verdad.

    Permítanme hablar del Sr. Lestiboudois. Aquí tenemos a un razonador coherente, un argumentador lógico. No hay nada en sus conclusiones que no se encuentre en sus premisas. En la práctica, no exige nada más que lo que justifica en teoría. Su principio puede ser falso; eso es cuestionable. Pero, en cualquier caso, tiene un principio. Cree, y lo proclama abiertamente, que si Francia da 10 para recibir 15, pierde 5; y, por consiguiente, apoya leyes que concuerden con esta visión del tema.

    “Lo importante a lo que debemos prestar atención”, dice, “es que la cantidad de nuestras importaciones sigue aumentando y supera la cantidad de nuestras exportaciones; es decir, Francia compra cada año más productos extranjeros, y vende menos de los suyos. Las cifras lo demuestran. ¿Qué vemos? En 1842, las importaciones superaron a las exportaciones en 200 millones. Estos hechos parecen demostrar de la manera más clara que la industria nacional no está suficientemente protegida, que dependemos de la mano de obra extranjera para nuestros suministros, que la competencia de nuestros rivales oprime nuestra industria. La ley actual me parece reconocer el hecho de que los economistas se equivocan al decir que cuando compramos, necesariamente vendemos una cantidad correspondiente de mercancías. Es evidente que podemos comprar, no con nuestros productos habituales, no con nuestros ingresos, no con los resultados del trabajo permanente, sino con nuestro capital, con productos que han sido acumulados y almacenados, aquellos destinados a la reproducción; es decir, que podemos gastar, que podemos dilapidar, los frutos de economías anteriores, que podemos empobrecernos, que podemos seguir el camino de la ruina y consumir por completo el capital nacional. Eso es precisamente lo que estamos haciendo. Cada año regalamos 200 millones de francos a los extranjeros”.

    Pues bien, aquí tenemos a alguien con quien podemos llegar a un entendimiento. No hay hipocresía en sus palabras. La doctrina de la balanza comercial es abiertamente reconocida. Francia importa 200 millones más que lo que exporta. Entonces perdemos 200 millones al año. ¿Y cuál es la solución? Imponer restricciones a las importaciones. La conclusión es irreprochable.

    Es con el señor Lestiboudois, pues, con quien debemos tratar, porque ¿cómo podemos rebatir al señor Gauthier? Si le decimos que la balanza comercial es un error, responde que eso fue lo que estableció desde el principio. Si decimos que la balanza comercial es una verdad, responderá que eso es lo que demuestra en sus conclusiones.

    La escuela de economistas me culpará, sin duda, por rebatir al señor Lestiboudois. Se dirá que atacar la balanza comercial es como luchar contra un molino de viento.

    Pero cuidado. La doctrina de la balanza comercial no es tan anticuada, ni tan obsoleta, ni tan muerta como la presenta el Sr. Gauthier, pues toda la Cámara ‒incluido el propio Sr. Gauthier‒ ha reconocido con sus votos la teoría del Sr. Lestiboudois.

    No aburriré al lector profundizando en dicha teoría, sino que me limitaré a someterla a la prueba de los hechos.

    Constantemente se nos dice que nuestros principios no son válidos, salvo en teoría. Pero díganme, señores, ¿consideran que los libros de los comerciantes son válidos en la práctica? Me parece que si hay algo en el mundo que deba tener autoridad práctica en lo que respecta a ganancias y pérdidas, son las cuentas comerciales. ¿Acaso todos los comerciantes del mundo han llegado a un acuerdo durante siglos para llevar sus libros de tal manera que las ganancias sean registradas como pérdidas, y las pérdidas como ganancias? Puede que sea así, pero prefiero llegar a la conclusión de que el Sr. Lestiboudois es un mal economista.

    Ahora bien, dado que un comerciante conocido mío realizó dos transacciones con resultados muy diferentes, sentí curiosidad por comparar los libros de contabilidad con los de aduana, según la interpretación del Sr. Lestiboudois, que satisfizo a nuestros 600 legisladores.

    M.T. envió un barco desde Le Havre a los Estados Unidos con un cargamento de mercancías francesas, principalmente artículos de París, por un valor de 200.000 francos. Ésta fue la cifra declarada en la aduana. Cuando el cargamento llegó a New Orleans, se le cobró 10% de flete y 30% de arancel, lo que dio un total de 280.000 francos. Fue vendida con una ganancia de 20%, es decir, 40.000 francos, y produjo un total de 320.000 francos, que el consignatario invirtió en algodón. Estos algodones aún debían cubrir 10% de los costos de flete, seguro, comisión, etc.; de modo que cuando el nuevo cargamento llegó a Le Havre, había costado 352.000 francos, que fue la cifra registrada en los libros de aduana. Finalmente, M.T. obtuvo con este cargamento de regreso una ganancia del 20%, es decir, 70.400 francos; En otras palabras, el algodón fue vendido por 422.400 francos.

    Si el Sr. Lestiboudois lo desea, le enviaré un extracto de los libros de M.T. Allí verá, en el saldo de pérdidas y ganancias ‒es decir, como ganancias‒, dos asientos: uno de 40.000 y otro de 70.400 francos. M.T. está muy seguro de la exactitud de sus cuentas.

    Sin embargo, ¿qué le dicen los libros de aduanas al Sr. Lestiboudois sobre esta transacción? Simplemente le dicen que Francia exportó bienes por valor de 200.000 francos e importó bienes por valor de 352.000 francos; de lo cual el honorable diputado concluye que “había gastado y dilapidado las ganancias de sus anteriores ahorros, que se está empobreciendo, que va camino a la ruina, y que ha entregado al extranjero 152.000 francos de su capital”.

    Tiempo después, M.T. envió otro buque con una carga también por valor de 200.000 francos, compuesta por productos de nuestra industria nacional. Este desafortunado barco se perdió en un vendaval tras zarpar del puerto, y M.T. sólo tuvo que realizar dos breves anotaciones en sus libros a estos efectos:

    “Mercancías diversas adeudadas a X, 200.000 francos, por la compra de diferentes mercancías enviadas por el buque N”.

    “Ganancias y pérdidas adeudadas por mercancías diversas, 200.000 francos, como consecuencia de la pérdida definitiva y total de la carga”.

    Al mismo tiempo, los libros de aduanas registraban una anotación de 200.000 francos en la lista de exportaciones; y como no había una anotación correspondiente en la lista de importaciones, se deduce que el Sr. Lestiboudois y la Cámara verán en este naufragio una ganancia neta para Francia de 200.000 francos. De ésto se puede deducir otra conclusión: según la teoría de la balanza comercial, Francia dispone de un método muy sencillo para duplicar su capital en cualquier momento. Basta con despachar las mercancías por la aduana y luego arrojarlas al mar. En este caso, las exportaciones representarían el valor de su capital, las importaciones serían nulas e imposibles, y obtendríamos todo lo que el mar se trague.

    Ésto es una broma, dirán los proteccionistas. Es imposible que podamos siquiera plantear semejantes absurdos. Sin embargo, ustedes los plantean y, además, los ponen en práctica, imponiéndolos a sus conciudadanos con todas sus fuerzas.

    La verdad es que sería necesario calcular la balanza comercial a la inversa, y determinar los beneficios nacionales del comercio exterior mediante el excedente de importaciones sobre exportaciones. Una vez deducidos los costos, este excedente constituye el beneficio real. Pero esta teoría, que es cierta, conduce directamente al libre comercio. Les presento esta teoría, caballeros, como hago con todas las teorías de los capítulos anteriores. Exageren cuanto quieran; no tiene nada que temer de esa prueba. Supongan, si les divierte, que el extranjero nos inunda con toda clase de bienes útiles sin pedir nada a cambio; que nuestras importaciones son infinitas, y nuestras exportaciones nulas. Los reto a que me demuestren que seríamos más pobres por ello.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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