Volkswagen, el ícono industrial alemán, ha visto cómo sus rivales globales la superan. Las normativas de la UE exigen cada vez más a los fabricantes de automóviles que prioricen los objetivos burocráticos por sobre los consumidores.

Las automotrices, desde Alemania hasta Detroit, se encuentran en una encrucijada. ¿Producen vehículos para los consumidores, o para obtener rédito político? Ford y Volkswagen están descubriendo las consecuencias de priorizar lo segundo por sobre lo primero.
En su último informe de resultados, Ford registró una considerable pérdida trimestral de U$S 1.330 millones en el segundo trimestre de 2026, marcada por una caída interanual de 10% en las ventas, tanto en el primero como en el segundo trimestre, junto con una caída de 4% de los ingresos en el primer trimestre. Estos resultados poco alentadores se deben en parte al fracaso de un proyecto de baterías para vehículos eléctricos, y a la cancelación de programas de vehículos eléctricos, los que recibieron una respuesta decepcionante por parte de los consumidores. Sorprendentemente, la reacción de Wall Street fue muy diferente.
Las acciones de Ford subieron 7% a pesar de las pérdidas del trimestre. Se recuperaron en parte gracias a las optimistas previsiones de Dearborn para el resto del ejercicio fiscal. ¿A qué se debe este optimismo? Esta visión positiva surge de la comprensión por parte del fabricante de automóviles de que el camino hacia la rentabilidad es marcado por los deseos de los consumidores, y no por los deseos de los políticos. El informe reconoció que los consumidores prefieren pick-ups y SUV grandes, y que la oferta de vehículos eléctricos de Ford no los ha convencido.
La disposición de Ford a minimizar sus pérdidas contrasta notablemente con las decisiones de Volkswagen (VW) en Wolfsburg, Alemania. Allí, la mayor automotriz de Europa está descubriendo que ignorar a los consumidores en favor de las directrices de Bruselas, tiene como precio la pérdida de cuota de mercado, la reducción de la productividad, y los despidos masivos.
A finales de 2025, los líderes de la UE anunciaron directivas de gran alcance para alcanzar mínimos históricos de emisiones. Uno de estos requisitos en el mercado de vehículos de pasajeros exige a los fabricantes de automóviles con sede en la UE que cumplan con un objetivo de reducción de 90% de las emisiones de escape, mientras que el 10% restante deberá ser compensado mediante el uso de acero bajo en carbono producido en la UE, o a partir de combustibles sintéticos y biocombustibles.
El cumplimiento no es barato. Tras la aprobación de las normativas, el CEO de VW, Oliver Blume, anunció: “Durante los próximos cinco años, el Grupo Volkswagen tiene previsto invertir € 160.000 millones. Nos centraremos en Alemania y Europa, en productos, tecnologías, plantas de producción e infraestructura”. Además, “financiaremos desarrollos en campos de vanguardia como las baterías, el software y la conducción autónoma”. Si bien no todos estos nuevos gastos se deben exclusivamente a los costos de cumplimiento normativo, sin duda estas regulaciones orientan el capital hacia inversiones con mayor respaldo político, en lugar de hacia las necesidades de los consumidores.
Este es un caso clásico de mala inversión inducida por el gobierno en ciertas líneas de producción. Debido a los decretos de los reguladores de la UE que prohíben la fabricación y venta de motores de combustión interna a partir de 2035, VW se vio obligada a realizar malas inversiones con fines políticos. La pregunta que cabe plantearse es sencilla: ¿Estuvieron estas decisiones de gestión impulsadas por las señales del mercado proporcionadas por los consumidores? La respuesta ha sido un rotundo “NO”.
Atrapada entre las señales genuinas del mercado y los mandatos de la UE, la dirección de VW optó por complacer a los reguladores en lugar de a los clientes. Incapaz de cumplir con los mandatos de la UE y, al mismo tiempo, evitar mayores pérdidas de cuota de mercado, en Julio de 2026 VW dio marcha atrás en su promesa de nuevas inversiones. En su lugar, anunció una reducción de 15% en el plan original de inversiones, hasta aproximadamente U$S 148.000 millones. Y eso no es todo lo que será recortado. En un reciente memorandum interno, Blume advirtió que podrían ser cerradas cuatro plantas, y ser despedidas hasta 50.000 personas más, sumándose a los recortes de empleo ya acordados por Porsche y Audi, lo que representa una pérdida total de 100.000 puestos de trabajo. En respuesta a los recortes propuestos, los representantes sindicales de los trabajadores de VW –IG Metall y el comité de empresa– prometieron luchar con todas sus fuerzas contra los mismos. Los trabajadores de VW no son los únicos afectados: los accionistas han visto caer el precio de sus acciones al nivel nominal más bajo en dieciséis años.

La decisión de Wolfsburg de acatar las costosas regulaciones de la UE no es la única fuente de presión. La dirección también mencionó la desventaja de costos del 20% de VW respecto de sus rivales, algunos de los cuales son recién llegados al mercado automotriz europeo. Los nuevos modelos eléctricos del fabricante chino BYD tienen costos laborales significativamente más bajos. Mientras tanto, los aranceles de importación estadounidenses también han afectado las ventas de VW y Audi en Estados Unidos, registrando una caída interanual de 20% en el cuarto trimestre de 2025.
La primera lección que se desprende de estos resultados es que conviene que los consumidores tengan el control, en lugar de los reguladores, en lo que respecta a las decisiones de la dirección sobre qué tipos de vehículos producir. La segunda es que mayor regulación no sólo implica mayores costos, sino también confusión en el mercado. Liberar a las automotrices de estas señales contradictorias, es la forma más segura de acelerar su rentabilidad y lograr la satisfacción del cliente.
Ford se encuentra ahora en mejor posición que VW en este aspecto, ya que la administración Trump ha flexibilizado los requisitos más estrictos del equipo de Biden sobre el Consumo Medio de Combustible Corporativo (CAFE). Sin embargo, aún queda mucho por hacer. Las estimaciones de la administración actual indican que la flexibilización de las normas de emisiones supondría un ahorro de U$S 109.000 millones para las automotrices estadounidenses. No obstante, las normas siguen exigiendo que todos los vehículos de pasajeros fabricados en EE.UU. alcancen un consumo específico de 14,5 kms/ltr para 2031. Ésto representa una significativa reducción respecto de las exigencias de la administración anterior, que buscaba superar los +21 kms/ltr para 2031. Aun así, el interés de los consumidores por maximizar la eficiencia del combustible ha llegado a un punto muerto.
Ésto debería ser un alivio para los accionistas y empleados de Ford, ya que las ventas de vehículos eléctricos en EE.UU. han sido decepcionantes. Por ejemplo, por cada F-150 Lightning vendida, Ford perdió U$S 44.000. En conjunto, ésto resultó en una pérdida de U$S 19.500 millones para el proyecto antes de su cancelación en 2026. Según carbuzz.com, esta enorme pérdida estuvo integrada por U$S 8.500 millones por proyectos de vehículos eléctricos cancelados, U$S 6.000 millones por una empresa de baterías liquidada, y otros U$S 5.000 millones por gastos relacionados con el programa. Entre los competidores de pick-ups eléctricas, la Tesla Cybertruck vendió 7.000 unidades menos que la Lightning, y la Chevy Silverado EV vendió aproximadamente la mitad de las 27.000 unidades de Ford.
Dado que los fabricantes de automóviles estadounidenses se habían preparado para cumplir con los más exigentes standards CAFE, y también en previsión de futuras regulaciones más estrictas, la industria en su conjunto efectuó erróneas inversiones masivas en estas tecnologías, las que no fueron adoptadas por los consumidores. Como resultado, a lo largo de 2025 GM, Ford y Stellantis recortaron más de 20.000 empleos en EE.UU., lo que representa 19% de su plantilla combinada del año anterior, dejando al “Cinturón del Óxido” aún más oxidado que antes.
Si bien la pérdida de empleos en Estados Unidos no es tan drástica como la de VW, constituye una muy poderosa señal de alerta para las automotrices de todas las nacionalidades. Si la prioridad absoluta es complacer a los reguladores, entonces los consumidores, los trabajadores y los accionistas quedan relegados a un segundo plano. Esta cruda realidad revela el alto costo de la innovación obligada por la intervención, frente a la innovación impulsada por el consumidor. La primera eleva artificialmente los costos con un beneficio incierto. La segunda también implica riesgos, pero las automotrices a ambos lados del Atlántico tienen un historial mucho mejor a la hora de satisfacer las demandas de los consumidores en el mercado, que las de reguladores y burócratas, quienes se guían por la volátil naturaleza emocional de la política ambientalista.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









