Entre las primeras medidas del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, estuvo el reconocimiento formal de la reivindicación de Israel sobre los Altos del Golán. Meses antes, el candidato presidencial brasileño Flávio Bolsonaro –quien actualmente mantiene una reñida contienda con el mandatario en ejercicio, Lula da Silva– se había reunido con colonos israelíes en la Cisjordania ocupada, a quienes expresó su “pleno apoyo” (el menor de los Bolsonaro declaró también que, de llegar a la presidencia, su primer viaje internacional sería al territorio que él y los supremacistas israelíes denominan “Judea y Samaria”).
Desde Santiago de Chile hasta Tegucigalpa, la reciente oleada de gobiernos de derecha en América Latina ha estrechado sus relaciones con Israel, a pesar de que la mayor parte de la población de la región se muestra escéptica al respecto.
Salvo en algunos países de Centroamérica, en América Latina la percepción pública sobre Israel es mayoritariamente negativa. En 2026, un estudio de Pew reveló que 60% de los chilenos, 56% de los colombianos, 55% de los argentinos, 54% de los brasileños y 50% de los peruanos tiene una opinión desfavorable de Israel (las opiniones favorables oscilaban apenas entre 21% y 29%). En esos mismos países, cerca de dos tercios de los encuestados afirmaron no tener “ninguna confianza” en el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. ¿Qué explica, entonces, esta marcada discrepancia entre la opinión pública y la postura de los gobiernos de derecha?
Existen, fundamentalmente, tres factores en juego. El primero tiene que ver con el auto-odio de las élites latinoamericanas y la consiguiente veneración por países supuestamente más desarrollados, principalmente Estados Unidos y sus aliados. Desde la perspectiva de empresarios y políticos de derecha, con alto nivel educativo, el apoyo a Israel constituye una forma –de bajo costo y gran visibilidad– de demostrar lealtad a Washington y, en particular, a la administración Trump. El segundo factor encuentra su impulso en los púlpitos evangélicos, las megaiglesias pentecostales, y la labor de acercamiento sionista, que ha logrado establecer, de manera silenciosa, una infraestructura religiosa al servicio de una política favorable a Israel. En muchos países de la región, el lobby multinacional israelí ha cultivado un electorado evangélico que posee una influencia política considerable. Por último, los vínculos en materia de seguridad con Israel han ayudado a algunos gobiernos de la región a alcanzar sus propios objetivos estratégicos (incluida, en ciertos casos, la vigilancia de opositores políticos).
De entre todos los líderes de derecha de la región, el colombiano Abelardo de la Espriella es, posiblemente, el más enfática y cínicamente pro-israelí. Durante años, De la Espriella –millonario abogado de narcotraficantes– se definió a sí mismo como ateo, hasta que se convirtió al catolicismo antes de lanzar su candidatura presidencial. Junto con su recién descubierta religiosidad, adoptó también un ferviente sionismo, facilitado por una red de élite compuesta por diplomáticos, líderes de la comunidad judía y pastores evangélicos. En 2025, el entonces candidato se reunió en privado con el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Gideon Sa’ar, quien más tarde le agradeció su reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Para Junio de 2026, De la Espriella afirmaba que, a su juicio, Netanyahu había hecho lo necesario en Gaza para defender a los israelíes, y añadía que Colombia “restablecería y fortalecería su relación con el Estado de Israel como nunca antes”.
Una investigación de la publicación colombiana Revista Raya reveló que, durante el proceso electoral, la Confederación Evangélica de Colombia (Cedecol) organizó vigilias de oración a favor de quien es hoy presidente. El vicepresidente de Cedecol, el pastor Rodrigo Barreto, también se reunió personalmente con el presidente de Israel, Isaac Herzog, durante la Copa del Mundo (cabe destacar que dicha confederación también promueve paquetes de peregrinación a Tierra Santa mediante una alianza con Land Tours, agencia internacional de viajes cuyo representante en Colombia hizo campaña abiertamente a favor de De la Espriella).
Pastores evangélicos como Raúl Rubio, quien ha colaborado con la organización israelí de desarrollo territorial Keren Kayemeth, han desempeñado un papel destacado tanto en la campaña como en el gobierno del nuevo presidente. El pasado mes de Noviembre, Rubio intervino en un acto de De la Espriella en el Movistar Arena de Bogotá, prometiendo a los asistentes que el candidato restablecería los lazos con Israel. Días después, De la Espriella se comprometió a trasladar la embajada de Colombia a Jerusalén, medida que, al parecer, ya está en marcha. Como era de esperar, el ex cónsul de Israel en Colombia, Kobi Valer, pasó años cultivando relaciones con políticos conservadores; entre otras acciones, organizó viajes a Israel para periodistas e influencers colombianos durante la ofensiva en Gaza. Tras la victoria de de la Espriella, el ministro israelí de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, Amichai Chikli, celebró el resultado en X, señalando que éste no sólo representa el “colapso de las ideologías socialistas populistas”, sino también “el fortalecimiento de la posición de Israel en el continente”.
En materia de seguridad, cinco décadas de acuerdos armamentísticos y cooperación con Israel han traído a Colombia, posiblemente, tanto perjuicios como beneficios. En la década de 1980, una empresa de mercenarios israelíes, dirigida por el ex coronel de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) Yair Klein, entrenó a los escuadrones de la muerte que más tarde se agruparon en las infames Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), organización paramilitar de extrema derecha. El fundador de dicho grupo, Carlos Castaño, pasó parte de la década de los ’80 recibiendo formación en escuelas militares israelíes antes de regresar a Colombia. Posteriormente, un tribunal colombiano condenó a Klein –en ausencia– a más de una década de prisión por su papel en la creación de las AUC; aunque cumplió condena en una cárcel rusa, logró evitar su extradición a Colombia. Décadas más tarde, Klein afirmó que el terrateniente y futuro presidente de derecha, Álvaro Uribe, fue una de las personas que ayudaron a financiar sus actividades; una acusación que Uribe ha negado.
Además, desde 1994, la empresa estatal colombiana de armamento, Indumil, fabrica el fusil Galil utilizando componentes israelíes. En 2024, el expresidente Gustavo Petro reveló que la Dirección de Inteligencia Policial (DIPOL) de Colombia pagó U$S 11 millones en efectivo a la empresa israelí de software espía NSO Group por el programa Pegasus, durante la administración de su predecesor, Iván Duque. La compra fue financiada, en parte, por Washington y, según se alega, se utilizó para interceptar las comunicaciones de periodistas y figuras de la oposición (entre ellos, presuntamente, el propio Petro).
A diferencia de lo que ocurre con de la Espriella, el sionismo del chileno José Antonio Kast parece estar mucho más arraigado, aunque sigue siendo, en esencia, producto de la opinión de las élites de derecha. Kast, miembro del movimiento católico conservador Schönstatt, criticó duramente a su predecesor progresista, Gabriel Boric, por romper relaciones con Israel. Entre sus primeras acciones como presidente electo, figuró una llamada telefónica con Netanyahu; gesto llamativo en un país que alberga a la mayor diáspora palestina fuera de Oriente Medio y donde, además, se registran las actitudes menos favorables de la región hacia el estado judío. Por otra parte, y a diferencia de lo que sucede en Colombia, resulta difícil sostener que los acercamientos de Kast hacia Israel hayan respondido a algún interés estratégico relevante.
En Ecuador, país azotado por el narcoterrorismo, el presidente Daniel Noboa se ha destacado como uno de los defensores más activos de Israel. En Mayo de 2025, visitó el Muro de los Lamentos en Jerusalén y le dijo a Netanyahu que Israel y Ecuador “tienen los mismos enemigos”, contra los que prometió “luchar hasta el final”. Días después, Noboa condenó la supuesta amenaza que representaban los Hermanos Musulmanes dentro de Ecuador. En una maniobra claramente destinada a congraciarse con Jerusalén y Washington, el magnate bananero convertido en presidente designó oficialmente al grupo como organización terrorista en Diciembre de 2025. Para ponerlo en contexto, se estima que el número de musulmanes en Ecuador oscila entre 500 y 2.000, lo que equivale aproximadamente a 0,01% de la población. Si es que existe una rama ecuatoriana de los Hermanos Musulmanes, es posible que sus miembros puedan ser contados con los dedos de una sola mano.
Más importante aún, el acercamiento de Noboa con el sionismo ha venido acompañado de equipamiento militar israelí. En 2022, el gobierno ecuatoriano firmó un contrato de U$S 65 millones con la empresa israelí Elbit Systems para la adquisición de más de 130 vehículos blindados, los que han sido desplegados desde entonces en la guerra contra el narcotráfico que atraviesa el país. Durante un viaje a Jerusalén en 2025, Noboa declaró a la prensa que había abordado la cooperación en materia de seguridad en los puertos y pasos fronterizos de Ecuador con funcionarios israelíes y emiratíes.
Quizás el defensor más peculiar de Israel en las Américas sea el presidente de Argentina, Javier Milei, quien se autodenomina anarcocapitalista. Desde que asumió el cargo en Diciembre de 2023, Milei ha visitado Tierra Santa en tres ocasiones y, el año pasado, se convirtió en el primer jefe de estado argentino en dirigirse a la Knéset israelí. Milei es también el artífice de los llamados “Acuerdos de Isaac” (juego de palabras basado en los “Acuerdos de Abraham” de Trump), cuyo objetivo es estrechar los vínculos entre Israel y América Latina. Netanyahu ha calificado a Milei como “gran amigo de Israel”; durante la Copa del Mundo, el primer ministro le envió personalmente sus buenos deseos a “Javier”, aprovechando la similitud fonética entre el nombre de pila de Milei y la palabra “amigo” en hebreo: chaver. Por su parte, Milei ha calificado la campaña de bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán como “lo correcto”, describiendo a Argentina e Israel como “hermanos en el sufrimiento”. En 2024, el gobierno de Milei firmó un acuerdo plurianual de cooperación en materia de defensa con Israel, el que incluye contratos para capacidades cibernéticas, drones, municiones y equipos de comunicación. Al año siguiente, el presidente argentino fue galardonado con el Premio Genesis – también conocido como el “Nobel judío”– por su apoyo inquebrantable a Israel. Posteriormente, Milei donó el premio en efectivo, dotado con U$S 1 millón, a la recién creada organización American Friends of the Isaac Accords.
El presidente argentino ha llegado a expresar su intención de convertirse al judaísmo ortodoxo una vez que deje la presidencia; sorprendente declaración, si se tiene en cuenta que, hasta 1994, los presidentes argentinos estaban obligados por la Constitución a profesar la fe católica.
Fuera de Centroamérica, Brasil constituye el ejemplo más claro de las raíces religiosas del apoyo a Israel. Desde 1990, el porcentaje de personas que se identifican como evangélicas ha pasado de menos de 9% a casi 30% de la población brasileña, convirtiéndose en el proceso en una base electoral conservadora fundamental. En 2016, el ex presidente Jair Bolsonaro (2019-2023) fue bautizado en el río Jordánun gesto que ayudó a consolidar su respaldo entre los evangélicos. Por aquel entonces, el influyente bloque evangélico en el Congreso –grupo que actualmente comprende cerca de 40% de la Cámara de Diputados y 25% del Senado– exigía el traslado de la embajada de Brasil a Jerusalén. Temiendo poner en peligro las exportaciones de carne halal a los mercados árabes, Bolsonaro no llegó a concretar el traslado de la embajada, aunque sí cumplió con otras prioridades, como el nombramiento del pastor evangélico André Mendonça para el Tribunal Supremo.
Los hijos de Jair, Eduardo y Flávio –éste último inmerso en su propia campaña presidencial–, han realizado repetidos viajes a Israel, donde se han reunido con Netanyahu y con el presidente de la Knéset, Amir Ohana. En Febrero, Eduardo declaró, junto con su hermano, que “es difícil encontrar algún punto en el que estemos en desacuerdo con Israel”. Durante la campaña, Flávio ha hecho referencia en reiteradas ocasiones a la llamada herencia judeocristiana de Brasil, con la mirada puesta en los votantes evangélicos.
Resulta llamativo que el submundo criminal en la base política de los Bolsonaro, Rio de Janeiro, ofrezca un inquietante epílogo a la influencia del sionismo evangélico. Una de las bandas de narcotraficantes más poderosas de la ciudad es el grupo evangélico Terceiro Comando Puro (TCP), que utiliza la bandera de Israel en los envoltorios de su droga, y denomina “Complexo de Israel” al conjunto de favelas que controla. El líder del TCP, Álvaro Malaquias Santa Rosa, alias “Peixão”, ha definido a sus miembros en términos explícitamente pentecostales, presentándose a sí mismo como alguien que actúa bajo la voluntad divina. Otra destacada pandilla evangélica, “Povo de Israel”, surgió dentro del sistema penitenciario de Río de Janeiro, y llegó a contar con cerca de 18.000 miembros encarcelados, lo que representa 42% de la población reclusa de dicha ciudad.
Entre los numerosos sionistas de la región, los más sinceros son, con diferencia, los líderes de derecha de las repúblicas centroamericanas, cada vez más evangélicas. Los evangélicos constituyen alrededor de 40% de la población en Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala, convirtiéndose en el grupo religioso mayoritario en muchos de estos lugares. Como era de esperar, ésto ha ido acompañado de un giro notable hacia Israel por parte de los gobiernos de la región. En 2018, Guatemala trasladó su embajada a Jerusalén, y Honduras hizo lo propio en 2021.
En el caso del Partido Nacional de Honduras –de extrema derecha–, la lealtad hacia el estado judío parece haber reportado beneficios desproporcionados. Bajo el mandato del autocrático presidente Juan Orlando Hernández (JOH) –quien fue condenado a 45 años de prisión en Estados Unidos por el tráfico de 500 toneladas de cocaína–, la relación de Honduras con Israel fue mucho más allá de las meras afinidades religiosas. En Diciembre de 2016, Hernández viajó a Jerusalén por segunda vez en poco más de un año para cerrar un acuerdo de cooperación militar de U$S 209 millones con el ministro de Defensa de Israel, Avigdor Lieberman. Se trató del mayor acuerdo en la historia de Honduras, e incluyó la modernización de la envejecida flota de aviones de combate F-5 y A-37 del país, la adquisición de un nuevo buque de patrulla marítima, drones Skylark y –detalle revelador– sistemas de ciberseguridad y vigilancia valorados en millones de dólares.
Tras la salida del poder del Partido Nacional, a raíz de la elección de la izquierdista Xiomara Castro en 2021, Israel siguió siendo un factor relevante en la política hondureña. Una serie de audios filtrados, publicados a principios de este año por el medio español Canal Red –en lo que fue denominado “Hondurasgate”–, sugerirían que funcionarios israelíes, en colaboración con la administración Trump, ayudaron a orquestar el indulto de JOH, así como una campaña de desinformación a favor de Nasry Asfura (quien, según se desprende, era el candidato apoyado por el sector). “El primer ministro de Israel nos va a apoyar”, se escucha decir a una voz –atribuida a JOH— en una de las grabaciones, en la que es atribuido a funcionarios israelíes haber logrado su liberación y su indulto. Las grabaciones también describen la elección de Asfura en 2025 –ganada después de que Trump amenazara con recortar la ayuda estadounidense si el Partido Nacional no resultaba vencedor– como un acuerdo provisional, concebido en espera del planeado regreso de JOH a la presidencia. Asimismo, ambos detallaron planes para establecer una nueva base militar estadounidense en Honduras, y promover una legislación favorable a la inversión israelí y estadounidense en el ámbito de la inteligencia artificial.
El caso más curioso y singularmente cínico en Centroamérica es el de Nayib Bukele, en El Salvador. Descendiente de inmigrantes palestinos –musulmanes y cristianos–, el padre de Bukele se convirtió del cristianismo al islam en la década de 1980, llegó a ser imán, y fundó cuatro mezquitas en El Salvador. No obstante, el hombre fuerte salvadoreño construyó gran parte de su carrera cortejando a los votantes evangélicos. Ante las dudas sobre su fe, Bukele –acompañado por pastores aliados– se declaró un devoto discípulo de Jesucristo. A pesar de su ascendencia palestina, el presidente –perteneciente a la generación del milenio– ha sido un ferviente defensor de la campaña de Israel en Gaza, estableciendo un paralelismo explícito entre Hamas y la tristemente célebre pandilla MS-13 (sin embargo, El Salvador aún no ha trasladado su embajada a Jerusalén).
Quizás el ejemplo más ambiguo del acercamiento de Israel en América Latina sea su implicación en México. Antes de la elección en 2018 del ex presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) –del partido gobernante de izquierda Morena–, Israel mantuvo estrecha relación diplomática y comercial con gobiernos mexicanos de centro y derecha basada, en parte, en la venta de armamento y tecnología de vigilancia israelíes. Algunos aspectos de esta relación han perdurado bajo el mandato de Morena, en gran medida gracias al arraigado federalismo de México.
Durante las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, a finales de la década de 2000 y durante la de 2010, México estrechó sus vínculos en materia de seguridad con Israel; en 2011, se convirtió en el primer cliente extranjero del programa espía Pegasus (según fue informado, el acuerdo fue cerrado en un club de strip-tease entre representantes de la empresa NSO y funcionarios mexicanos). México también adquirió drones de vigilancia israelíes, entre ellos los modelos Hermes 450 y Dominator XP. El gobierno de Peña Nieto utilizó Pegasus no tanto contra los infames carteles del país sino, presuntamente, contra periodistas, abogados defensores de los derechos humanos, y la campaña electoral de AMLO en 2018.
Apenas unos meses después de asistir al funeral del ex primer ministro israelí Shimon Peres en Jerusalén, Peña Nieto se reunió con Netanyahu en Ciudad de México, donde aceptó una oferta israelí para ayudar a México a “desarrollar” Centroamérica. Los críticos interpretan la declaración como una forma de encubrir la promoción de la venta de armamento israelí a los vecinos del sur de México. Para cuando AMLO asumió el cargo en 2018, México ya era calificado como el “usuario más prolífico” de Pegasus, práctica que evidentemente ha continuado bajo el mandato de Morena.
Al igual que ocurre con la cúpula del Partido Demócrata en Estados Unidos, algunos partidos de izquierda en América Latina han mantenido relaciones relativamente buenas con Israel. En el caso de Morena, una minoría sorprendente de sus miembros –principalmente a nivel estatal– ha conservado vínculos con sus homólogos israelíes. Siguiendo la histórica política mexicana de no intervención, tanto AMLO como la actual presidenta, Claudia Sheinbaum –de origen judío–, habían evitado por lo general pronunciarse sobre los acontecimientos en Oriente Medio –incluida la cuestión de si la ofensiva de Israel en Gaza constituye genocidio–, hasta el año 2025.
En Septiembre de 2024, el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara –miembro del partido Morena–, presidió una ceremonia de entrega de fusiles de asalto adquiridos a la empresa Israel Weapon Industries para la policía estatal. Según la legislación mexicana, sólo la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) –organismo bajo control militar– tiene facultad legal de comprar o vender armamento. No obstante, la Sedena está obligada a tramitar los pedidos realizados por los gobiernos estatales; ésto significa que los 32 gobernadores de México (independientemente de su afiliación política) pueden, en la práctica, establecer sus propias políticas de adquisición. Las autoridades de Oaxaca, por ejemplo, afirmaron que la compra de los fusiles de asalto fue gestionada a través de la Sedena, mientras que AMLO sostuvo posteriormente que los contratos fueron firmados directamente por el estado. Ya sea a nivel estatal o nacional, México ha adquirido equipos y servicios por un monto de al menos U$S 50 millones a empresas como Elbit Systems, Israel Aerospace Industries y Rafael Advanced Defense Systems, incluyendo los drones Hermes 900 de Elbit.
El sionismo de derecha en América Latina responde, en última instancia, a tres factores interrelacionados. Por un lado, el apoyo a Netanyahu funciona como una credencial que puede ser exhibida ante Washington y, potencialmente, ser canjeada por beneficios: asistencia en materia de seguridad, rescates financieros, alivio arancelario, cobertura diplomática o indultos. Por otro lado –especialmente en Brasil y Centroamérica–, el respaldo a Israel conecta con una base religiosa genuina y en rápida expansión, la que posee considerable influencia política. Por último, existen países –principalmente Colombia, Ecuador y México– para los que el sionismo cumple un propósito más estratégico: garantizar el acceso a municiones, equipamiento de defensa y capacidades de inteligencia (por supuesto, los vínculos en materia de seguridad con Israel también han derivado, en no pocas ocasiones, en perjuicios para la sociedad, sobre todo cuando los gobernantes de turno los utilizan para perseguir a sus opositores).
Fuera de Centroamérica, la cruda realidad electoral es que los recientes triunfos de los conservadores latinoamericanos se han producido a pesar de su sionismo, y no gracias al mismo. A los sectores de derecha en la región les convendría recordar a una generación anterior de conservadores –así como a muchos de sus homólogos de izquierda– que optaron por una política exterior más pragmática. Asimismo, podrían tener presente el apoyo sostenido de la Iglesia católica a favor de una solución de dos estados y de los cristianos palestinos. Por el momento, sin embargo, parece que la derecha latinoamericana se mantiene firme en su apoyo a Israel. El tiempo dirá si esta tendencia perdura.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









