Desde bóvedas de oro y pólizas de seguro, hasta discos duros recuperados y operaciones bursátiles anticipadas, el rastro del dinero del 11-S es uno de los aspectos más fascinantes y menos explorados de los sucesos de “bandera falsa” del 11 de Septiembre de 2001.

Atraído por una reseña en The Japan Times que elogiaba la lúcida prosa y la narración dramática de los hechos contenida en el Informe de la Comisión del 11-S, a finales de 2004 terminé comprando ese documento –hoy tristemente célebre– en una librería local, y leyéndolo de principio a fin.
A estas alturas, los investigadores del 11-S ya sabrán que el Informe final de la Comisión Nacional sobre los ataques terroristas contra los Estados Unidos es un cúmulo de mentiras, y que cualquier información extraída de dicho informe debe ser tomada con hercúleas dosis de cloruro de sodio.
Sabemos, por ejemplo, que el profundamente conflictivo director ejecutivo de la Comisión, Philip Zelikow, había redactado un esquema del informe final completo con “títulos de capítulos, subtítulos y sub-subtítulos”, junto con su asesor principal, Ernest May, antes de que la Comisión hubiera convocado una sola reunión de su personal; una maniobra tan indignante que, cuando finalmente fue descubierta por los empleados de la Comisión, llevó a éstos a burlarse de la situación, creando su propio documento paródico: Informe de la Comisión Warren –Esquema preventivo, el que incluía el título de capítulo “Una sola bala: No hemos visto la evidencia aún. Pero, de verdad: estamos muy seguros”.
Sabemos que el Informe de la Comisión del 11-S fue elaborado a partir de mentiras legalmente inadmisibles, y que nada menos que 25% de las notas al pie del informe remitían a confesiones obtenidas mediante tortura ilegal, cuyos registros fueron posteriormente destruidos de forma ilegal por la CIA, contraviniendo una orden judicial.
Y sabemos que incluso los propios miembros de la Comisión del 11-S eran conscientes de que se trataba de un encubrimiento de principio a fin, y de que toda la Comisión estaba “diseñada para fracasar”.
EVAN SOLOMON: Incluso Lee Hamilton, co-presidente de la propia Comisión del 11-S, nos admite que el proceso que él encabezó tenía graves deficiencias.
LEE HAMILTON: Había todo tipo de razones por las que pensábamos que estábamos destinados al fracaso. Empezamos tarde. Tuvimos un plazo muy breve; de hecho, tuvimos que pedir una prórroga. No contábamos con fondos suficientes. Temían que fuéramos a buscar un cabeza de turco.
THOMAS KEAN: Pero fue muy difícil. Y Lee y yo escribimos en nuestro libro que creemos que la comisión, en muchos aspectos, estaba destinada al fracaso.
Resulta que la mayoría de los miembros de la comisión consideraba que se había mentido a dicho organismo, que la Casa Blanca había obstaculizado o socavado deliberadamente su labor, o bien que al equipo de trabajo había sido asignado personal con conflictos de intereses respecto de la investigación.
Uno de estos preocupados miembros, Max Cleland, dimitió alegando que la comisión había sido “deliberadamente comprometida por el presidente de los Estados Unidos”.
Por su parte, el comisionado John Lehman admitió en el programa NBC Nightly News que la comisión debía recurrir a Karl Rove y a otros altos funcionarios de la Casa Blanca para acceder a documentos clave de la investigación, y que “conformamos deliberadamente un equipo que tenía –en cierto modo– conflictos de intereses”, subrayando –para evitar cualquier duda– que “todos los miembros del equipo tenían, hasta cierto punto, algún conflicto de intereses”.
Los miembros de la comisión llegaron incluso a plantearse presentar cargos penales contra funcionarios del Pentágono que les habían mentido deliberadamente sobre la absoluta falta de respuesta militar aquel día.
Sin embargo, tal vez el más enigmático de todos los comisionados disidentes fuera Bob Kerrey. En 2009, comentó que el 11-S había sido una “conspiración de 30 años de antigüedad”, pero ningún periodista de los grandes medios de comunicación le ha pedido jamás que aclare dicha afirmación.
JEREMY ROTHE-KUSHEL: ¿Apoya usted una investigación penal sobre el 11 de Septiembre? Porque sé que lo suyo fue una exposición informativa; no fue una investigación penal.
BOB KERREY: No lo creo, pero no lo sé. Es decir, sí apoyo una comisión permanente para examinar no sólo eso, sino muchas otras cosas en este ámbito.
ROTHE-KUSHEL: Pero si se trata de un encubrimiento permanente, entonces … quiero decir, si es un acto de guerra y están siendo ocultadas cosas –algo que todos en su Comisión sabían: que el Pentágono cambiaba sus versiones y les mentía–, entonces es el encubrimiento de un acto de guerra y, según el Artículo 3, Sección 3 de la Constitución, eso es traición. Así que, a menos que lleguemos al fondo del asunto, seguiremos hablando de una exposición informativa que implica traición.
KERREY: Esa es una conversación más larga; no estoy seguro de que lleguemos alguna vez al fondo del asunto.
ROTHE-KUSHEL: Tenemos que hacerlo, o no podremos salvar a nuestro país, señor.
KERREY: No creo … bueno, si esa es la condición para salvar a nuestro país … porque el problema es que se trata de una conspiración de hace 30 años.
ROTHE-KUSHEL: No, yo hablo del 11 de Septiembre.
KERREY: De eso es de lo que hablo yo.
ROTHE-KUSHEL: Ah, ya veo. Se refiere a …
KERREY: En fin, tengo que irme.
Sin embargo, mientras estaba sentado en mi departamento en Japón en Enero de 2005, desconocía todo ésto. Por aquel entonces –envuelto en la burbuja de ignorancia que décadas de adoctrinamiento estatal y de medios de comunicación del establishment habían creado a mi alrededor, y sin haber realizado ninguna investigación independiente sobre el asunto– estaba dispuesto a aceptar a la Comisión y sus declaraciones más o menos tal cual eran presentadas.
Aun así, hubo un pasaje en particular que me llamó la atención: “Hasta la fecha, el gobierno de los Estados Unidos no ha logrado determinar el origen del dinero utilizado para los atentados del 11 de Septiembre. En última instancia, la cuestión carece de mayor relevancia práctica”.
Incluso para mí –que por aquel entonces leía con credulidad un informe avalado por una comisión nacional y respaldado plenamente tanto por el gobierno estadounidense como por los medios del establishment–, aquel pasaje me resultó extraño. ¿Cuándo habíamos oído decir que la cuestión del financiamiento de un delito carece de “relevancia práctica”?
Más bien todo lo contrario. ¿Acaso no hemos oído todos la frase –popularizada en Todos los hombres del presidente y repetida hasta la saciedad desde entonces– de que la regla de oro de cualquier investigación criminal es “seguir el rastro del dinero”?
GARGANTA PROFUNDA: Olvida los mitos que los medios han creado sobre la Casa Blanca. La verdad es que no son tipos muy brillantes, y la situación se les fue de las manos.
WOODWARD: Hunt ha salido de la sombra. Al parecer, tiene un abogado con U$S 25.000 en una bolsa de papel marrón.
GARGANTA PROFUNDA: Sigue el rastro del dinero.
WOODWARD: ¿Qué quieres decir? ¿Adónde?
GARGANTA PROFUNDA: Ah, eso no te lo puedo decir.
WOODWARD: Pero podrías decírmelo.
GARGANTA PROFUNDA: No, tengo que hacerlo a mi manera. Tú dime lo que sabes y yo te lo confirmaré. Te orientaré en la dirección correcta si puedo, pero eso es todo. Sencillamente sigue el rastro del dinero.
¿Por qué, entonces, la Comisión del 11-S nos instó a no seguir este principio de investigación?
Y, lo que resulta aún más desconcertante: ¿por qué el movimiento por la verdad del 11-S –movimiento cuya propia existencia se basa en desmentir cada una de las mentiras difundidas por la Comisión del 11-S y por todas las demás fuentes oficiales de información gubernamental sobre los sucesos del 11 de Septiembre de 2001– parece haber coincidido con el informe de la Comisión en este punto? ¿Por qué ha sido prestada tan poca atención a este detalle, el cabo suelto más evidente y flagrante en el entramado de mentiras que constituye la versión oficial del 11-S? No es que falten historias fascinantes por investigar.
Por supuesto, la primera y más obvia mentira sería la afirmación del informe de la Comisión del 11-S de desconocer el “origen del dinero utilizado para los ataques del 11-S”. Ahora sabemos, por ejemplo, que los investigadores del gobierno estadounidense sí sabían de los fondos y de otra ayuda material proporcionada a Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar por Omar al-Bayoumi, y que ésto era hecho específicamente “a instancias de la CIA a través del servicio de inteligencia saudí”.
Pero, para ser justos, ésta es la falsa pista sobre el dinero del 11-S destinada a ser descubierta, con el fin de atraer a los aspirantes a investigadores financieros hacia la maniobra de distracción controlada (limited hangout) en torno del 11-S. Esta tentadora pista financiera, documentada minuciosamente en los expedientes judiciales de la Oficina de Comisiones Militares, cumple un triple propósito.
En primer lugar, pretende reforzar la mentira de que los presuntos secuestradores realmente tenían el control de los aviones el 11-S y fueron los verdaderos responsables de aquellos espectaculares ataques, en lugar de ser –como en realidad fueron– simples chivos expiatorios cuyas historias de cobertura fueron cuidadosamente fabricadas por las agencias de inteligencia para crear un rastro verosímil de migas de pan que condujera a investigadores gubernamentales bienintencionados a atribuir los sucesos de falsa bandera del 11 de Septiembre a Al Qaeda.
En segundo lugar, pretende que ésto forme parte de la extorsión continua que el gobierno de EE.UU. ejerce sobre los saudíes; es otra de esas tentadoras piezas de información, ocultas en páginas censuradas y documentos judiciales crípticos, que un funcionario gubernamental podría repentinamente “descubrir” en cualquier momento, y que la prensa del establishment difundiría diligentemente para incitar a la histeria pública ante la amenaza saudí, omitiendo convenientemente el hecho de que estos chivos expiatorios actuaban “bajo las órdenes de la CIA”.
En tercer lugar, es concebida como una vía de escape definitiva para los autores del 11-S, por si el movimiento que busca la verdad sobre los atentados lograra avances significativos para llevarlos ante la justicia. “Sí, por supuesto que la CIA controlaba a esos viles terroristas de Al Qaeda”, reza esta narrativa de “revelación controlada” –inicialmente propuesta por Richard Clarke. “Verán, la CIA intentaba reclutar fuentes dentro de Al Qaeda y –¡quién lo iba a decir! – aquellos aspirantes a agentes dobles nos traicionaron por partida triple, y siguieron adelante con los ataques”.
Sin embargo, existen muchas otras vías de investigación de enorme importancia que los aspirantes a rastrear el flujo financiero del 11-S podrían explorar.
Está la fascinante historia de “Lucky” Larry Silverstein, quien logró utilizar sólo U$S 14 millones de su propio capital para asegurarse un contrato de arrendamiento por 99 años de las Torres Gemelas (junto con los edificios 4 y 5 del World Trade Center, dos edificios de oficinas de nueve plantas y 37.000 m2 de espacio comercial) tan sólo cinco semanas antes de los atentados del 11-S. Al insistir en asegurar los edificios por U$S 3.550 millones (más del doble de la póliza por U$S 1.500 millones que tenía la Autoridad Portuaria de New York y New Jersey, y casi el triple de la tasación por U$S 1.200 millones asignada a los inmuebles a principios de ese mismo año), al exigir una cláusula que otorgaba a su consorcio el derecho a reconstruir las estructuras en caso de destrucción –e incluso a ampliar 35% el espacio comercial existente–, y al alegar que cada impacto de avión constituía un acto asegurable independiente, Silverstein y sus socios lograron embolsarse U$S 4.550 millones en indemnizaciones del seguro, además de conservar la propiedad de tres edificios de oficinas del complejo del World Trade Center.
Por suerte para Larry, no se encontraba en el restaurante “Windows on the World”, situado en la cima de la Torre Norte, para su habitual reunión matutina del 11 de Septiembre, ya que su esposa había insistido en que, ese día en particular, acudiera a una cita médica.
CHARLIE ROSE: ¿Dónde estaba usted el 11 de Septiembre?
LARRY SILVERSTEIN: Pues verá, estaba en casa. Y la única razón por la que no me encontraba donde solía estar cada mañana –desde el 26 de Julio, mis mañanas transcurrían habitualmente en una reunión de desayuno en “Windows”; una reunión a las 8:00 de la mañana en “Windows”, en lo más alto …
[…]
… era que mis mañanas las pasaba en el World Trade Center y, para el mediodía, ya estaba de vuelta en la zona alta de la ciudad. Aquella mañana en particular … como tengo el pelo claro y la piel blanca, el dermatólogo … bueno, mi esposa –que Dios la bendiga– me había concertado una cita médica. Recuerdo que me estaba vistiendo para ir al médico cuando finalmente dije: “Cariño, tengo tanto que hacer en el centro … tengo que cancelar ésto, tengo que ir al centro”. Y ella respondió: “No vas a cancelar esta cita; vas a ir al dermatólogo”.
Llevo 46 años casado con la misma mujer; uno llega a conocer bien esa determinación que muestran a veces. Así que dije: “Está bien, sí, querida, iré. Iré”.
Y apenas unos minutos después, recibió la llamada para que encendiera el televisor y fue testigo de aquella situación espantosa: el impacto del primer avión, y luego el del segundo; cuando chocó el segundo, por supuesto quedó claro que se trataba de un acto terrorista.
Luego está la cuestión de la bóveda de metales preciosos situada bajo el edificio 4 del World Trade Center. Según algunos informes, dichas bóvedas albergaban oro y plata por valor de hasta U$S 1.000 millones, propiedad de la división de comercio de metales de Comex, de varios clientes de Comex, y del Bank of Nova Scotia.
El New York Daily News informó que, durante las labores de limpieza de la Zona Cero, había sido encontrado oro en un túnel de carga bajo el edificio 5 del World Trade Center. No obstante, otros informes indican que simplemente fue necesario despejar ese túnel de carga para poder acceder al oro almacenado bajo el edificio 4.
Sea como fuere, el mismo día en que fue recuperado el oro de la bóveda, el entonces alcalde de New York, Rudy Giuliani, ordenó la retirada de los equipos de búsqueda y rescate, impidiendo así que los bomberos buscaran a sus compañeros caídos entre los escombros. A día de hoy, muchos bomberos sostienen que la operación de retirada masiva de escombros en la Zona Cero tuvo siempre más que ver con la búsqueda de oro que con la recuperación de cuerpos. Finalmente, fue anunciada la recuperación de oro por valor de tan sólo U$S 230 millones.
Existe también el curioso caso de la operación llevada a cabo por Convar GmbH, empresa alemana de recuperación de datos a la que el FBI encargó recuperar información de discos duros rescatados de la Zona Cero. La empresa llegó a recuperar datos que condujeron a una conclusión sorprendente: ciertos operadores bursátiles conocían de antemano la hora de los ataques al World Trade Center, y aprovecharon el caos resultante para transferir ilegalmente más de U$S 100 millones. “Creían que no podría ser rastreado el registro de sus transacciones una vez destruidos los servidores centrales”, declaró un técnico de recuperación de datos.
Sin embargo, tras un comunicado de prensa inicial de Convar y algunos artículos sobre el asunto, la empresa no volvió a pronunciarse sobre la operación ni sobre sus conclusiones. Más tarde, el FBI negó oficialmente ante la Comisión del 11-S la existencia de cualquier operación de recuperación de datos; por consiguiente, la Comisión no incluyó ningún seguimiento de los hallazgos de Convar en su informe final.
Al serle solicitada en 2006 más información, un portavoz de Convar se limitó a decir que la empresa ya no podía facilitar datos sobre el asunto.
PERIODISTA HOLANDÉS: ¿Es cierto que fueron ilegalmente transferidas grandes sumas de dinero desde el World Trade Center la mañana del 11 de Septiembre, justo antes de los ataques?
PORTAVOZ DE CONVAR: Si consultara el sitio web, le diría que “sí”.
PERIODISTA HOLANDÉS: Ahá.
PORTAVOZ DE CONVAR: Porque esa era la información de un comunicado anterior.
PERIODISTA HOLANDÉS: Ahá.
PORTAVOZ DE CONVAR: Si me lo preguntara hoy, tendría que decirle que no puedo ofrecerle información adicional al respecto. Siento mucho …
PERIODISTA HOLANDÉS: ¿Y si se lo hubiera preguntado hace un año? ¿Qué habría …?
PORTAVOZ DE CONVAR: Habría dicho que lo que tenemos ahí es lo que dijimos antes. Sí, exactamente.
Luego está la actividad bursátil anómala previa al 11 de Septiembre: operaciones que no sólo incluían opciones de venta (puts) sobre líneas aéreas, sino también opciones de venta y de compra (calls) sobre diversas empresas del World Trade Center y acciones de contratistas de defensa; operaciones que –según confirmaron tres estudios económicos revisados por pares– eran consistentes con el conocimiento previo de los ataques.
Existen documentos del FBI que implican en dichas operaciones a Wirt D. Walker III, pariente lejano de la familia Bush y socio comercial de Marvin Bush, hermano del presidente.
Y existe un epílogo aún más curioso en esta historia: la decisión de la SEC de destruir los registros de su investigación sobre esas operaciones.
Está la cuestión de los billones de dólares desaparecidos del Pentágono –problema conocido años antes del 11 de Septiembre y que, extrañamente, fue confirmado de nuevo por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, el 10 de Septiembre de 2001, cuando reconoció el persistente problema presupuestario, declaró una nueva guerra … contra la burocracia, y se preguntó cómo el secretario de Defensa podía atacar al Pentágono ante el pueblo estadounidense.
Y, por último, una de las historias más extrañas e improbables –pero extrañamente ignoradas– dentro de la saga sobre el rastro del dinero del 11 de Septiembre: la peculiar afirmación del agente de la CIA Robert Baer, quien presumía de “conocer al tipo” que “hizo caja” el día anterior a los atentados.
JEREMY ROTHE-KUSHEL: … lo último que quiero mencionarles es que la Oficina Nacional de Reconocimiento estaba realizando un simulacro de un avión estrellándose contra su edificio; su personal proviene del Departamento de Defensa y de la CIA …
ROBERT BAER: Conozco al tipo que fue a ver a su agente de bolsa en San Diego y le dijo: “Liquida mis posiciones, mañana todo se viene abajo”.
JEREMY ROTHE-KUSHEL: ¿En serio?
ROBERT BAER: Sí.
STEWART HOWE: Eso nos dice algo.
ROBERT BAER: ¿Qué?
STEWART HOWE: Eso nos dice algo.
ROBERT BAER: Bueno, su hermano trabajaba en la Casa Blanca.
Sorprendentemente, todo ésto es apenas la punta del iceberg en lo que respecta al rastro del dinero del 11-S. Existen muchísimas otras vías de investigación
–verdaderas madrigueras de conejo– apenas exploradas y largamente ignoradas, que aguardan a ser recorridas.
Unos pocos investigadores intrépidos han trabajado sobre este asunto, pero lamentablemente se cuentan con los dedos de una mano.
Está Mark Gaffney, cuyo libro Black 9/11: Money, Motive and Technology constituye una de las pocas obras extensas que exploran la materia.
Está Jeremy Rys, cuyo trabajo –titulado con la ambiciosa frase 9/11 Conspiracy Solved (Conspiración del 11-S resuelta) – tal vez no haya “resuelto” el caso como prometía, pero sí aporta una impresionante cantidad de detalles sobre el financiamiento de los atentados.
Está el clásico podcast Project Constellation, de Richard Grove, que aborda las anomalías financieras en la empresa Marsh & McLennan y su relación con el 11-S desde la perspectiva de un testigo presencial.
Está Lars Schall, quien ha realizado una labor importante sobre el uso de información privilegiada y otras anomalías financieras vinculadas con el 11-S.
Están mis propios y humildes aportes a esta investigación, entre las que destaca mi documental 9/11 Trillions: Follow the Money.
Y, quizás lo más esperanzador, está 9/11 Was an Epstein Job?; aunque no demuestra la culpabilidad de Epstein en los atentados, explora muchos de los vínculos financieros entre sus socios y el 11-S, y fue creado a principios de este año por un investigador del 11-S relativamente joven.
Que haya investigadores emergentes examinando los aspectos financieros de esta operación de falsa bandera del 11 de Septiembre es, sin duda, una señal alentadora; sin embargo, dada la magnitud del asunto y la sorprendente falta de atención que recibe, por valiosas que sean, estas contribuciones parecen totalmente insuficientes para desentrañar el rastro del dinero del 11-S. Queda mucho trabajo por hacer en este ámbito y –si se me permite la observación–, aunque jamás disuadiría a nadie de seguir cualquier línea de investigación que le interese, cabe la posibilidad de que, por muy fascinante y revelador que sin duda resultara el documental número 5.671 sobre la destrucción de las torres, tal vez la sexta o séptima investigación seria sobre el rastro del dinero del 11-S fuera aún más esclarecedora.
Al fin y al cabo, el 11-S fue, en esencia, un delito, y todos sabemos cómo se resuelve un delito: siguiendo la pista del dinero.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









