¿Se ha fijado alguna vez en cómo las mismas personas que acusan a los críticos de Israel de estar “obsesionados” con un país pequeño e insignificante, también se desviven por decirle que Israel es un aliado indispensable, cuyos intereses están inextricablemente ligados con los intereses de la civilización occidental?

El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, ha acusado a España de “obsesión antiisraelí” por sus críticas a la guerra estadounidense-israelí contra Irán, y por su negativa a permitir el uso de su espacio aéreo en la ofensiva, desaire percibido por Israel, que ha respondido prohibiendo a Madrid participar en un centro de coordinación para la supervisión del llamado “alto el fuego” en la Franja de Gaza.
Por parte de Israel y sus defensores, últimamente hemos oído mucho este argumento de la “obsesión”. Un artículo reciente del Jewish News Syndicate lleva el titular “¿Por qué los medios están obsesionados con los israelíes violentos?”, intentando argumentar de forma extraña que a la prensa occidental le gusta “difamar a los israelíes” para “desviar la atención del terrorismo palestino”. La comentarista de derecha Meghan Murphy mantuvo una extraña conversación con Jacob Siegel, editor de Tablet Magazine, sobre la “reciente y descabellada obsesión de nuestra sociedad con Israel”, hablando como si, de repente, hace poco, todo el mundo se hubiera obsesionado con este estado genocida y de apartheid, sin ninguna razón válida.
El argumento, según entiendo, es que Israel es un país pequeño y normal, como cualquier otro, y que cualquier atención especial hacia el mismo sugiere un siniestro deseo de discriminar a los judíos.
Pero ¿se han fijado alguna vez en cómo las mismas personas que acusan a los críticos de Israel de “obsesión” con un país pequeño e insignificante, se desviven por decir que Israel es un aliado indispensable, cuyos intereses están intrínsecamente ligados con los de la civilización occidental?
Cuando Israel es criticado, intentan presentarlo como indigno de atención especial; cuando son criticadas las alianzas y la ayuda militar a Israel, es presentado como merecedor de todos nuestros recursos y energía. Cuando las acciones atroces de Israel acaparan los titulares, sus defensores intentan presentarlo como un país insignificante, del tamaño de New Jersey, que se ocupa de sus propios asuntos mientras es víctima del odio obsesivo del mundo entero, simplemente porque sus habitantes son judíos. Cuando la gente cuestiona por qué sus impuestos y sus recursos militares deben mantener a esa pequeña nación en Asia occidental, de repente el argumento da un giro radical: Israel es de suma importancia y fundamental para el bienestar de Occidente.
Puede ser afirmado que Israel es un aliado crucial en Oriente Medio, o puede ser afirmado que es discriminatorio centrarse más en los crímenes de Israel que en los abusos de otros países. No pueden ser afirmadas ambas cosas simultáneamente, porque son contradictorias. Israel no puede ser (A) inmensamente importante e íntimamente involucrado con el destino de nuestra sociedad; y a la vez (B) insignificante e indigno de atención especial. Es A o B. No puede ser simultáneamente merecedor e indigno de un trato especial.
En realidad, todo el mundo tiene derecho a centrar su atención en Israel, especialmente ahora que sus intentos por sabotear el alto el fuego con Irán amenazan con provocar una crisis mundial de magnitud. No se puede provocar una crisis mundial de magnitud y luego comportarse como si uno fuera un ser insignificante, el que es señalado por su religión.
Pero en realidad, Israel siempre ha merecido la atención crítica de Occidente, precisamente por su estrecha relación con las estructuras de poder occidentales. Su genocidio en Gaza es nuestro genocidio. Sus abusos son nuestros abusos. Sus guerras nos afectan directamente. La agresiva presión de sus grupos de presión para sofocar la libertad de expresión en toda nuestra sociedad, nos está arrebatando nuestros derechos.
Israel es asunto nuestro, y siempre lo ha sido. Tenemos razón al denunciar su criminalidad y la complicidad de nuestros propios gobiernos occidentales en esos crímenes.
Los partidarios de Israel me dirán: “Ah, sí, ¿y por qué no critica los abusos humanitarios de Egipto? ¿Por qué no tuitea a diario sobre las violaciones de derechos humanos en Irán? ¿Hay algo en particular de este país de Oriente Medio que le llame la atención? ¿Quizás simplemente ODIA A LOS JUDÍOS?”
Pero la razón por la que critico a Israel más que a Egipto o Irán no tiene nada que ver con la religión. Las agresiones egipcias no están provocando guerras de enormes consecuencias que me afecten directamente. Nadie intenta ilegalizar la crítica a Irán en mi país. Mi gobierno está proporcionando cobertura material y diplomática a las guerras y genocidios de este país en particular, y erosionando mi libertad de expresión para proteger sus intereses informativos. Ésto sería cierto independientemente de la religión o etnia que sea favorecida en esta nación.
No estoy “obsesionada” con Israel. ¿Acaso parece que me lo paso en grande hablando a diario de este horrible estado de apartheid? ¿Acaso es divertido que me llamen nazi en mis respuestas todo el tiempo?
Ojalá pudiera ignorar a Israel por completo. Si por mí fuera, lo haría. Pero como mi propia sociedad es tan cómplice de sus abusos, y como éstos la afectan directamente, tengo la obligación de denunciar sus injusticias. Y lo mismo le ocurre a cualquier otro occidental.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









