Mucho puede ser dicho sobre la ideología progresista. Y casi todo (y he sido generoso con el “casi”) lo que podría ser dicho sobre esta ideología política, es irremisiblemente negativo. Tras años de militancia sórdida, colérica, agresiva, histérica, abominable, grotesca y repugnante, hemos sido testigos del enorme grado de destrucción del que son capaces los fundamentalistas progresistas. Por lo tanto, ahora contamos con una base concreta, empírica y sólida, fundamentada en hechos, que nos permite afirmar categóricamente todo lo que la ideología progresista no es. Y creo que enumerar todo lo que la ideología progresista no es, resulta ser la forma más interesante de establecer sus verdaderos objetivos políticos, así como de revelar su verdadera naturaleza.
Ciertamente, la ideología progresista no es una ideología benévola ni pacífica. No promueve la paz, ni el progreso, ni la armonía, ni la cooperación social. No es moralmente coherente ni saludable. Carece de base científica, histórica, filosófica o metodológica real. No funciona como fundamento político. No une a la sociedad en una unidad sólida de cooperación mutua. Carece de base económica e ignora los estímulos del mercado. No construye ni edifica. No crea seres humanos prudentes, correctos, cordiales ni sensatos. No enseña a sus seguidores a emprender, construir ni innovar. No produce libertad. No produce coherencia intelectual. No produce progreso. No produce sociedades desarrolladas y avanzadas. En resumen, la ideología progresista no produce absolutamente nada que sea relevante, beneficioso, fundamental o necesario para la sociedad.
Entonces, ¿qué produce realmente la ideología progresista?
La ideología progresista produce militantes histéricos, vengativos, resentidos y neuróticos. Produce personas que relativizan absolutamente todo ‒incluida la realidad misma‒, y que se creen moralmente superiores por ello. La ideología progresista produce personas con disonancia cognitiva crónica que gritan “¡crean en la ciencia!”, pero que convenientemente la ignoran cuando refuta algún dogma del manual ideológico progresista. Normaliza trastornos psiquiátricos extremadamente graves, y obliga a personas normales y decentes a tolerar a personas gravemente enfermas en nombre de la diversidad y de la tolerancia.
La ideología progresista produce personas infantilizadas que veneran vehementemente al estado paternalista. Produce personas que creen firmemente que el gobierno tiene la obligación de satisfacer todos sus deseos, curar todas sus neurosis, financiar sus caprichos personales, y financiar programas ideológicos. Y produce personas histéricas, temerosas y débiles, que creen que el estado tiene la obligación de reprimir la libertad y los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, especialmente en situaciones de emergencia.
La ideología progresista produce personas que creen en un estado omnipotente, y que glorifican al gobierno y a los miembros de la clase política como deidades benévolas y majestuosas, capaces de realizar los milagros más insólitos. Basta con que la sociedad coopere y se someta al liderazgo gubernamental sin cuestionarlo, para que la utopía se convierta en realidad.
La ideología progresista también produce niños y adolescentes confundidos, que sufren terribles crisis de identidad, en gran parte debido a la presión del identitarismo y del transgenerismo (a menudo influenciados por sus propios padres, especialmente cuando estos padres, casualmente, son progresistas).
La ideología progresista genera prerrogativas oportunistas y convenientes para los grupos de presión de los conglomerados farmacéuticos. Genera adultos histéricos que cultivan un miedo irracional a prácticamente todo en el mundo, y que buscan la protección institucional del gobierno para todas sus neurosis hipocondríacas. También genera totalitarismo político y persecución religiosa contra los cristianos. Produce jurisprudencia tiránica, y normaliza aberraciones maliciosas, que hacen que las películas de ficción distópica parezcan fiestas infantiles con superhéroes.
No cabe duda: si algo hemos aprendido de la ideología progresista en los últimos años, es ésto: produce demasiado daño, y ningún beneficio. Y es hora de desenmascarar esta ideología por lo que realmente es: un elemento político inmoral, corrosivo y altamente destructivo para la sociedad. El espacio que la clase política concede a esta ideología, es totalmente inapropiado; no sólo es moralmente dañino y socialmente contraproducente, sino que también contribuye a la difusión generalizada de la iniquidad, la irracionalidad y la perversidad. Políticamente, la sociedad está legalmente obligada a tolerar todo tipo de aberraciones sórdidas, nefastas y malévolas para satisfacer los caprichos de lunáticos autoritarios y desquiciados, los que deberían ser internados en instituciones psiquiátricas.
Más allá de la locura patológica, los militantes progresistas creen firmemente tener el derecho de controlar a todas las personas, y exigir que la gente normal siga los mismos rituales de la secta progresista. Estas personas son tan increíblemente autoritarias, que a menudo están dispuestas incluso a recurrir al estado para obligar a los intransigentes a seguir los delirantes protocolos políticos de la secta progresista totalitaria. El nivel de locura de estas criaturas es tan bestial, que incluso creen tener el derecho de determinar qué pronombres deben o no deben usar las personas. Ésto revela un nivel de control obsesivo y excesivamente meticuloso, exponiendo el grado patológico de locura, opresión y malevolencia de la secta progresista. Es fácil ver que el progresismo no es una simple ideología política, sino un trastorno psiquiátrico extremadamente grave que requiere adecuada clasificación.
Los militantes creen en la ideología de género, utilizan un lenguaje neutro en cuanto al género, y relativizan constantemente la realidad. Observen la histeria que experimentan cuando se les refuta, cuando alguien les demuestra que están equivocados, cuando alguien les muestra indiferencia, o cuando alguien se niega a seguir los mandamientos de la secta. En tales situaciones, se vuelven histéricos, reactivos y excesivamente furiosos. No cabe duda de que son seres irracionales, histriónicos, excesivamente emocionales, e increíblemente enfermos.
Como movimiento ideológico, la religión progresista secular puede ser clasificada como una secta política, cuyo principal objetivo es controlar a toda la sociedad. Ésto se evidencia tanto en su proyecto ideológico de ingeniería social para manipular el comportamiento de las masas, como en el deseo obsesivo de los militantes de controlar cada aspecto de la colectividad, hasta el más mínimo detalle. Ésto se hace drásticamente evidente en el desprecio patológico que los progresistas demuestran repetidamente hacia los derechos y libertades individuales de quienes no pertenecen a la secta progresista. No ven ningún problema en suprimir arbitrariamente los derechos de los intransigentes (que son simplemente personas normales, sanas y mentalmente equilibradas).
Es innegable que, en los últimos años, el deseo obsesivo de la patrulla progresista de controlar a toda la sociedad, se ha vuelto excesivamente notorio, persiguiendo, censurando y procesando a todos aquéllos que expresan opiniones, creencias o posturas que divergen de la secta ideológica progresista. En los últimos diez años, hemos visto con toda claridad la censura, la persecución, las demandas, los escándalos y las cancelaciones que han surgido a causa de la dictadura de lo políticamente correcto y de la ideología progresista. Sin duda, en el corazón del progresismo reside el deseo de poder y control absolutos. Uno debe pensar, hablar y actuar únicamente según las prerrogativas de la secta progresista. Quienes no lo hacen ‒y, peor aún, quienes se atreven a confrontar y cuestionar abiertamente a la secta del arcoíris incandescente‒, se convierten en blanco de persecución política.
La militancia del arcoíris brillante, la dictadura de la corrección política y la cultura de la cancelación nos han demostrado claramente que el progresismo político busca controlar cada aspecto de la sociedad: es una ideología totalitaria, obsesionada con el poder y el control en todas sus formas. Según la secta del arcoíris incandescente, todo aquel que exprese disidencia debe ser procesado, censurado y encarcelado. Es evidente que la ideología progresista es un movimiento político totalitario, que promueve la persecución implacable contra todo aquel que se atreva a criticarla.
Lo que la gran mayoría de los militantes progresistas no logra comprender, es que no son más que marionetas iracundas e insignificantes, controladas y manipuladas por un movimiento político totalitario. En el corazón del totalitarismo progresista se encuentran las principales herramientas que convierten a sus seguidores en militantes coléricos, irracionales e implacables: el lavado de cerebro, la manipulación ideológica y el adoctrinamiento sistemático. Éstos son los elementos fundamentales para la programación mental de los militantes, que se convierten en una horda homogénea de fanáticos ideológicamente controlados.
De hecho, el adoctrinamiento es tan eficaz, que la gran mayoría de los militantes son completamente incapaces de reconocerse como agentes del totalitarismo institucional. La disonancia cognitiva y la total falta de competencia intelectual, son factores que contribuyen a que la percepción de la realidad de los militantes se vea completamente distorsionada.
La progresión de la enfermedad mental progresista es fácil de reconocer: generalmente, cuando están completamente adoctrinados, a los militantes no les importa ignorar la realidad en favor de la ideología. Cuando la enfermedad los consume por completo, los hechos, los acontecimientos concretos y el conocimiento científico se vuelven irrelevantes. Basta con observar cómo estas personas afirman adorar la ciencia, pero persisten en ignorar la biología en favor de la ideología de género. La “adoración” que los militantes tienen por la ciencia es selectiva. Si no tiene una inclinación progresista, es descartado de inmediato. La “ciencia” que consumen los militantes progresistas no es ciencia en realidad, sino propaganda política disfrazada de conocimiento científico.
El hecho de que estas criaturas politicen todo ‒incluso la ciencia, las vacunas y la industria farmacéutica‒, demuestra no sólo su fanatismo obsesivo por una religión progresista secular, sino también la inevitable pérdida del pensamiento crítico, la ausencia de la búsqueda genuina del conocimiento, e incluso una peligrosa pérdida de conciencia.
En numerosas ocasiones, la realidad nos ha demostrado que los activistas progresistas no son más que psicópatas coléricos, iracundos y enfermizos, que disfrutan interpretando el papel de activistas políticos egoístas: hay que pagar impuestos exorbitantes para financiar todo aquéllo que les facilitará la vida. Hay que financiar su estado de bienestar, y si uno protesta, se le tacha de fascista de extrema derecha. Al fin y al cabo, el estado ya ha decidido que nuestro dinero le pertenece, y no tenemos derecho a protestar contra esta “decisión democrática”.
Ahora bien, cualquiera que conozca el sistema y entienda cómo funcionan realmente las cosas, sabe perfectamente cuál es el propósito de ciertas ideologías: recaudar más dinero para el estado. El progresismo es, en la práctica, la ociosidad profesional de parásitos inútiles disfrazada de expresión política altruista.
Hoy en día, incluso recitar un versículo de la Biblia que expone eficazmente las nefastas y astutas prácticas que defienden estas criaturas, basta para que se llenen de resentimiento, amargura y furia. Y entonces, como niños histéricos adoctrinados por un totalitarismo patológico, vulgar y astuto, los militantes progresistas se sienten motivados a apelar al estado para solicitar censura y castigo para el cristiano que se niega a someterse a la ideología predilecta de los hipersensibles.
La realidad lo ha demostrado innumerables veces: los activistas progresistas son psicópatas tiránicos, desesperados por el poder y el control, siempre obsesionados con expandir el estado totalitario progresista y las prestaciones sociales con el dinero de los pagadores netos de impuestos. Y nadie puede quejarse ni cuestionarlo. Al fin y al cabo, los activistas progresistas tienen el “derecho” a disfrutar de “servicios públicos, gratuitos y de alta calidad”, todos pagados con el dinero ajeno.
Y, obviamente, nadie puede cuestionar al dios supremo de la sociedad: el estado totalitario progresista. Nuestro papel social es financiar y obedecer. Para la mentalidad progresista, todos los ciudadanos deben pagar sus impuestos a tiempo sin quejarse, y hacer todo lo que ordenan los activistas progresistas. Cualquiera que se atreva a desobedecer, será clasificado como fascista de extrema derecha. Y entonces será objeto de demandas, investigaciones y las medidas que correspondan, que sin duda serán desencadenadas por el estado paternalista.
Parece la trama de una película de serie B de los años ’80, pero es la realidad. La realidad que nos impone la ideología progresista, sardónica, tiránica, opresiva y macabra.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









