Ucrania: La persistente guerra indirecta de EE.UU. contra Rusia

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    La advertencia de Eisenhower de que la política estadounidense sería controlada por una élite científico-tecnológica, proporciona una razón específica por la que Estados Unidos mantiene la guerra en Ucrania: Ucrania se ha convertido en un laboratorio único y real para la guerra de IA a gran escala.

    En su discurso de despedida de Enero de 1961, Dwight Eisenhower advirtió a los estadounidenses sobre la “adquisición de influencia indebida, ya sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial”, y el peligro de que “la política pública pudiera convertirse en rehén de una élite científico-tecnológica”. Sesenta y cinco años después, las advertencias de Eisenhower se han confirmado repetidamente y de forma trágica. La democracia estadounidense pende de un hilo, mientras que el complejo militar-industrial, que ahora incluye a Silicon Valley, dirige la política exterior estadounidense, a pesar de la oposición del pueblo.

    El objetivo es la primacía estadounidense; es decir, la riqueza, el poder y las prerrogativas indiscutibles de las élites estadounidenses, sin control alguno por parte de ninguna otra nación o grupo de naciones. En la práctica, ésto significa que Wall Street, los contratistas militares, Silicon Valley y las grandes petroleras controlan la política exterior estadounidense, para maximizar la riqueza de la élite y su acceso a los recursos globales, las cadenas de suministro y los puntos estratégicos clave. El resto del mundo debe someterse.

    El complejo militar-industrial despliega un conjunto de herramientas que resumimos como “control de regímenes”, dirigido a subordinar a los gobiernos del resto del mundo a Estados Unidos. Los instrumentos utilizados para el control de regímenes incluyen imposición o eliminación de barreras comerciales; acceso o denegación de tecnologías; introducción o eliminación de sanciones económicas; propiedad y manipulación de medios de comunicación extranjeros; injerencia electoral de diversa magnitud; asesinatos políticos, revoluciones de colores, golpes de estado respaldados por la CIA; instigación de corridas bancarias en el extranjero, y suministro de préstamos de emergencia cuando los estados se someten; congelamiento y descongelamiento de activos extranjeros; persecución de funcionarios extranjeros mediante acusaciones de corrupción, extradición o secuestro; y, cuando ninguna de estas medidas basta para el control de regímenes, la guerra abierta. Las guerras predilectas de Estados Unidos (en realidad, guerras para el control de regímenes) son perpetuas y lucrativas para la industria bélica, aunque el poder fáctico suele preferir que otros gobiernos cedan sin luchar.

    Puntos geopolíticos estratégicos y primacía estadounidense

    En su libro El gran tablero de ajedrez (1997), Zbigniew Brzezinski expuso con notable franqueza el objetivo del control de regímenes. Eurasia es el tablero donde debe asegurarse la primacía global de Estados Unidos. Para lograrlo, Estados Unidos debe dominar los “puntos estratégicos geopolíticos”, es decir, estados que, si bien no son importantes en sí mismos para Estados Unidos, resultan útiles para debilitar a otra gran potencia. Brzezinski identificó puntos estratégicos geopolíticos clave, siendo Ucrania el más importante. Proclamó repetidamente que Rusia, sin Ucrania, deja de ser una gran potencia. Identificó a Irán como otro punto estratégico. El control sobre Irán asegura el dominio estadounidense sobre el Golfo Pérsico, el petróleo de Oriente Medio y la región del Caspio. No sorprende, pues, que Estados Unidos libre guerras en ambos lugares.

    Es fundamental comprender las decisiones de seis presidentes aparentemente distintos, quienes, sin embargo, siguieron una política coherente hacia Ucrania. Bill Clinton se propuso ampliar la OTAN a Ucrania y otros estados fronterizos con Rusia, confiando en que Rusia sería demasiado débil como para oponerse. Tanto él como los presidentes posteriores asumieron que, en última instancia, Rusia aceptaría su menguante influencia global, la presencia de la OTAN en sus fronteras, y se conformaría con un papel subordinado como proveedor de materias primas para Occidente, dentro de una Eurasia controlada por Estados Unidos.

    Clinton impulsó la ampliación de la OTAN en la década de 1990, a pesar de la advertencia de George Kennan de que se trataba del “error más fatal de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría”, y de las garantías legalmente vinculantes que Estados Unidos le había dado a Mijaíl Gorbachov en 1990 de que la OTAN no se expandiría “ni un centímetro hacia el este”. George W. Bush se retiró del Tratado ABM y, en Bucarest en 2008, comprometió a Ucrania y Georgia a unirse a la OTAN, cruzando lo que William Burns, entonces embajador en Moscú y posteriormente director de la CIA, denominó en privado “la línea roja más clara de todas” para toda la élite rusa. La administración de Barack Obama respaldó el derrocamiento en 2014 del gobierno electo y neutral de Ucrania (lo sabemos gracias a la llamada interceptada de Victoria Nuland en la que habla sobre la elección del próximo primer ministro), y luego apoyó la solicitud del nuevo régimen para unirse a la OTAN. En su primer mandato, Donald Trump envió sistemas Javelin al régimen respaldado por Estados Unidos en Kyiv para combatir al Donbass, de habla rusa y separatista. Joe Biden desestimó el borrador de tratados de seguridad de Rusia de Diciembre de 2021 sin negociar, y frustró el casi acuerdo entre Rusia y Ucrania en Estambul en la primavera de 2022, que habría puesto fin a la guerra. Y así, la guerra continúa hasta el día de hoy.

    Las promesas vacías de Trump contra la guerra

    Donald Trump hizo campaña en 2024 como el hombre que pondría fin a las interminables guerras de Estados Unidos. Ésto resultó estar muy lejos de la realidad.

    El año 2025 comenzó con un espectáculo que incluyó la humillación del presidente ucraniano Volodymir Zelenski en el Despacho Oval en Febrero, la burla de que Ucrania “no tenía cartas” y, en Marzo, la suspensión de una semana del intercambio de inteligencia estadounidense con Kyiv. Esa semana demostró dos cosas. Primero, que ésta es una guerra estadounidense: al estar privados de inteligencia estadounidense sólo por unos días, la capacidad de ataque profundo y el conocimiento del campo de batalla de Ucrania se degradaron visiblemente. Segundo, la presión de la Casa Blanca no buscaba la paz con Moscú, sino la obediencia de Kyiv. Fue reabierto el grifo militar estadounidense y lo que siguió, tras una serie de cumbres y llamadas telefónicas, fue la escalada más sistemática del papel militar estadounidense desde 2022.

    En Junio de 2025, Trump firmó la Orden Ejecutiva 14307, “Desatando el dominio estadounidense de los drones”, que ordenaba la reconstrucción de la base industrial estadounidense de drones, e instruía que el Pentágono “debía ser capaz de adquirir, integrar y entrenar en el uso de drones de bajo costo y alto rendimiento”. En Julio, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, organizó una demostración de drones en el Pentágono, y eliminó las restricciones de adquisición para “desatar” el dominio militar de los drones; ese mismo mes, en una llamada con Zelenski, Trump preguntó, según informes posteriores del Financial Times, si Ucrania podría atacar Moscú si se le proporcionaran armas de mayor alcance.

    Desde mediados del verano de 2025, Estados Unidos proporcionó la inteligencia para la campaña de drones de largo alcance de Ucrania contra refinerías, oleoductos y centrales eléctricas rusas, influyendo en la planificación de rutas, la altitud, el momento y las decisiones de la misión. Según algunos funcionarios, Trump mismo estableció las prioridades. En Agosto tuvo lugar la cumbre de Alaska, que sugería diplomacia, pero al mismo tiempo implicaba la venta de municiones de ataque de largo alcance a Ucrania, con el pago de los aliados europeos. En Octubre, Trump autorizó formalmente al Pentágono y a las agencias de inteligencia a entregar a Ucrania datos de objetivos para ataques contra la infraestructura energética rusa en territorio ruso, medida que la propia administración Biden había rechazado por considerarla demasiado arriesgada, mientras Washington presionaba a los aliados de la OTAN para que hicieran lo mismo y debatía abiertamente sobre misiles Tomahawk con alcance suficiente para llegar a Moscú. Durante todo este proceso, el director de la CIA, John Ratcliffe, mantuvo al máximo nivel la presencia de la agencia en Ucrania, aumentó el financiamiento de sus programas en el país, coordinó los ataques ucranianos contra refinerías rusas compartiendo información sobre las vulnerabilidades de la infraestructura, y guió pacientemente a Trump para que respaldara la campaña. Se supo que Estados Unidos había gastado miles de millones en el desarrollo del programa de drones de Ucrania desde sus inicios, esfuerzo respaldado en todo momento por la CIA.

    Trump miente constantemente, y gran parte de sus mentiras son producto de la improvisación de un hombre vanidoso e imprudente. Pero la mentira resultante es sistemática y va en una sola dirección: al servicio del complejo militar-industrial.

    El laboratorio

    La advertencia de Eisenhower de que la política estadounidense sería controlada por una élite científico-tecnológica, proporciona una razón específica por la que Estados Unidos mantiene la guerra en Ucrania. Ucrania se ha convertido en un laboratorio único de fuego real para la guerra con IA a gran escala: millones de salidas de drones, una carrera de adaptación continua contra la guerra electrónica de un adversario de igual nivel, y miles de horas de datos de combate que constituyen el activo de IA militar más valioso del mundo.

    En el centro de todo ésto se encuentra Palantir, nacida con financiamiento inicial de la CIA, que dirige la plataforma de selección de objetivos Maven del Pentágono, y que se ha infiltrado en el aparato de seguridad británico mediante una puerta giratoria que incluye a un exjefe del MI6, entre los más de 30 funcionarios británicos contratados por la empresa. Su director ejecutivo se jacta abiertamente de que el software de Palantir realiza “la mayor parte de la selección de objetivos” llevada a cabo por Ucrania. En Enero de 2026, el Ministerio de Defensa de Ucrania anunció que Palantir estaba construyendo la “Sala de Datos Brave1”, para alimentar con datos reales del campo de batalla los sistemas de IA de los drones interceptores. Para Mayo, el ministro y el director ejecutivo discutían una mayor cooperación en análisis de campos de batalla y planificación militar, y el ministerio prometía “trasladar la guerra a territorio ruso”.

    Irán no es una historia aparte de la saga de Ucrania. Recordemos que, en la geografía de Brzezinski, el arco que va desde el Golfo Pérsico hasta el Caspio es el segundo gran objetivo, con Irán como su eje central. Equipos de intercepción ucranianos han sido desplegados en Jordania contra drones iraníes; los sistemas antidrones, probados contra Rusia, son comercializados en los países del Golfo. Dos ejes geopolíticos, un tablero de ajedrez, y una fuente última de estas dos guerras predilectas: el complejo militar-industrial.

    La advertencia de Kissinger a los amigos de EE.UU.

    A Henry Kissinger se le atribuye haber dicho la verdad a las naciones que EE.UU. usaría y desecharía: Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal.

    Ucrania está muriendo a manos estadounidenses. Treinta años después de que Brzezinski señalara a Ucrania como el eje geopolítico clave para la primacía estadounidense, Ucrania ha sufrido un debilitamiento demográfico y una reducción territorial drástica, con su red energética devastada, sus elecciones suspendidas y su política reducida a intrigas palaciegas corruptas. La ruptura de este mes en Kyiv demuestra que, en medio de lo que la prensa occidental denomina el gran resurgimiento de Ucrania, Zelenski disolvió su gobierno por cuarta vez en la guerra; envió a su primer ministro a la embajada en Washington para gestionar al “socio clave”; y destituyó sumariamente a Mykhailo Fedorov, el popular ministro aclamado como el artífice del ecosistema de drones. Un país que realmente está ganando la guerra no se comporta así.

    La mayor crueldad reside en que Rusia buscó, repetidamente y durante 30 años, un acuerdo de seguridad con Estados Unidos, en el que ambos países y sus regiones vecinas vivieran en paz, con respeto mutuo y seguridad indivisible. Sin embargo, Estados Unidos no busca seguridad con respeto mutuo. Busca la primacía, que es algo completamente distinto. En el proceso, sacrifica a Ucrania e Irán a su arrogancia. La paz en Ucrania sólo requiere que Estados Unidos abandone la arrogancia que ha mantenido durante décadas, creyendo que se puede presionar a Rusia para que se rinda, y que en cambio acepte a Ucrania como un puente neutral entre Europa y Rusia, en lugar de un pivote geopolítico para ser utilizado contra Rusia. Eisenhower previó por qué la aceptación de la paz sería tan difícil: el complejo militar-industrial no sólo influye en la política: la define. Hasta que el pueblo estadounidense recupere la democracia de manos de Palantir, BlackRock, SpaceX, Chevron y empresas similares, los “laboratorios” de guerra permanecerán abiertos, y Ucrania pagará el fatal precio por la “amistad” estadounidense.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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