¿Se considera Ud. libertario?

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    En una entrevista de 2007, a Lew Rockwell le fue preguntado si se consideraba libertario. El contexto de la pregunta era el mismo entonces que lo sería hoy ante el mismo interrogante. La cuestión es, en realidad, ésta: ¿sigue Ud. llamándose libertario, a pesar de todos los intelectuales y activistas –vinculados con los círculos de poder de Washington, partidarios del gobierno y del estado– que también se autodenominan libertarios? Rockwell responde afirmativamente por las razones que expone a continuación.

    El término “conservador” no resulta adecuado por diversas razones. Entre ellas, que tras 2001, la mayoría de los conservadores se convirtieron en defensores del régimen, siempre que hubiera un republicano en el poder. Para 2007, Rockwell también había abandonado el término “paleolibertario”, propio de la década de 1990, debido a su estrecha asociación con el “paleoconservadurismo”, proyecto ideológico que para entonces ya había fracasado. El “paleoísmo” fue, al fin y al cabo, un proyecto de los años ’90, cuando parecía que el movimiento conservador podría evolucionar hacia algo parecido a la “Vieja Derecha” (Old Right), existente antes de que la Guerra Fría contagiara a la derecha estadounidense con constantes exigencias de un gobierno más grande y poderoso en aras de derrotar al comunismo. Tras el 11 de Septiembre, quedó claro que el paleoconservadurismo –producto del populismo antisistema posterior a la Guerra Fría– había sido derrotado y desplazado por el globalismo conservador de la era de George W. Bush. La “guerra global contra el terrorismo” retomó el relevo de la antigua Guerra Fría y, en consecuencia, la mayoría de los conservadores volvieron al habitual militarismo partidario de un estado grande. Algo que Rockwell, Rothbard y otros esperaban que hubiera quedado atrás.

    Ésto no sucedió y, para 2007, no tenía sentido utilizar un término que pudiera inducir a error, haciendo creer a la gente que los libertarios de la escuela de Rothbard compartían alguna causa común con un conservadurismo dominado entonces por ideólogos partidarios de la TSA, de Dick Cheney y de la Ley Patriota (Patriot Act). Le preguntan a Rockwell si “libertario” sigue siendo un término adecuado, y él responde que probablemente sea el término más útil, a pesar de su falta de precisión:

    Johnsson: ¿Se considera usted libertario?

    Rockwell: Sin duda alguna. ¿Cuáles son las opciones? La de conservador queda descartada, obviamente, aunque los medios nos describan así. El origen del término se remonta al Partido Tory en Gran Bretaña; eran precisamente los terratenientes mercantilistas quienes se resistían a los cambios en las Leyes de Cereales (Corn Laws). Este grupo se oponía al capitalismo por considerarlo socialmente desestabilizador. No les agradaba que la clase mercantil ganara más dinero que las familias de la vieja estirpe; en otras palabras, no querían perder sus privilegios. En Estados Unidos, el término “conservador” surgió tras la Segunda Guerra Mundial. En realidad, carecía de otro significado que no fuera el deseo general de actuar con prudencia en los asuntos públicos, en contraposición con las tendencias revolucionarias de la izquierda. El problema es que equivalía a la defensa del statu quo y, a partir de Buckley, quedó irremediablemente vinculado con la causa de la Guerra Fría.

    Me gusta el término “liberal”, ya que el liberalismo auténtico constituye nuestra herencia. Su gran aporte fue comprender que la sociedad se autogestiona. Se trata de la idea política más grandiosa jamás planteada en la historia de la humanidad. Sin embargo, existen dos problemas al respecto. El primero es que el término fue usurpado por los socialistas durante la Era Progresista y, sobre todo, tras el New Deal, momento en que los liberales terminaron por plegarse al estado. El segundo problema es más sutil, pero importante: incluso el liberalismo genuino estaba profundamente ligado con la teoría republicana, la que sostenía que era posible contar con un gobierno formado por el pueblo en lugar de por las élites. Este error –en realidad, una utopía– condujo a considerar al gobierno como una institución esencial. Los avances en economía y filosofía política posteriores han demostrado que tal concepción es errónea. No existe forma de mantener al gobierno bajo control dado que, por definición, incurre precisamente en las agresiones que supuestamente debería contener: a saber, el robo, el asesinato, la falsificación, el secuestro y actos similares. Por tanto, la crítica liberal al estado no fue lo suficientemente radical. Existen otras opciones, como el término que utilicé en su día: “paleolibertario”. Este concepto hace referencia al libertarismo anterior a que surgiera el movimiento destinado a institucionalizarlo como una vertiente ideológica del aparato político estatal. El término fue acuñado para abordar un problema grave: los libertarios de Washington habían pasado a verse a sí mismos como un grupo de presión que solicitaba soluciones “basadas en el mercado” para problemas de política pública, pero actuando dentro del marco de dichas políticas. De ahí que apoyaran medidas como los vales escolares, las guerras limitadas, el comercio administrado, el ahorro forzoso como alternativa a la seguridad social, y otras similares. Por desgracia, el término “paleolibertario” generó confusión debido a su asociación con el “paleoconservadurismo”, llegando a ser interpretado como una especie de libertario socialmente conservador –lo que no fue en absoluto la intención original–, aunque el intento por definir al libertario como alguien necesariamente de izquierda en lo social, también plantea un problema.

    De vez en cuando surgen otros términos extraños pero, a fin de cuentas, creo que debemos sentirnos satisfechos con el término “libertario”, aun sabiendo que la política tiende a contaminar cualquier cuestión relacionada con el uso del lenguaje. ¿Qué es un libertario? Es una persona que cree en el derecho absoluto a la propiedad privada. Todo lo demás se deriva de esa única premisa.

    Muchos siguen sosteniendo que debería ser abandonado el término “libertario” por prestarse fácilmente a malinterpretaciones. Al fin y al cabo, hay muchas personas con creencias cuestionables que se autodenominan libertarias. Pero ¿qué ideología está exenta de este mismo problema? El “conservadurismo” puede abarcar una gran variedad de grupos e individuos, desde Pat Buchanan hasta Lindsey Graham. A menudo se requieren explicaciones adicionales, y no existe un vocabulario mágico capaz de eliminar este problema en el ámbito de las corrientes y movimientos ideológicos.

    La cuestión de qué significa ser libertario nos lleva a una segunda pregunta importante: ¿es un libertario necesariamente antiestatista? La etiqueta “antiestatista” es probablemente el factor clave para distinguir la escuela de pensamiento libertario de Rothbard y Rockwell, de los llamados “libertarios del régimen” y otras variantes del libertarismo. Desde la perspectiva de Rockwell –y también desde la mía–, ser “libertario” implica necesariamente ser antiestatista ya que, como Rockwell afirma más adelante: “El problema número uno, central y omnipresente de nuestra época –y de todas las épocas– es el estado”. Ésto es así porque el estado es el enemigo natural de todas las instituciones genuinas de la civilización: la familia, la iglesia, el mercado y todas aquellas instituciones voluntarias del sector privado que cohesionan a las comunidades. Como expliqué a principios de este año existen, no obstante, algunos “libertarios” que creen que la “libertad” es alcanzada utilizando el poder del estado para impedir la “opresión” por parte de la familia, la religión o los comerciantes. Ésto no es más que una variante de la socialdemocracia que se autodenomina “libertarianismo”. Lo que realmente importa es ser antiestatista:

    Johnsson: Su lema en LewRockwell.com es “Antiguerra, Antiestatista, Promercado”; ¿cómo define usted el término “antiestatista”?

    Rockwell: Ser antiestatista significa sostener la postura intelectual de que no existe nada que la sociedad necesite y que el estado pueda gestionar mejor que el mercado. Si uno comparte esta visión, es antiestatista. Por tanto, en cierto sentido, declararse antibelicista, antiestatista y partidario del mercado, equivale a plantear redundancias sobre una misma idea. Yo defiendo la postura antiestatista en todos los ámbitos de la vida humana. El mercado funciona mejor en la educación, la energía, la alimentación, la vivienda, la beneficencia, el comercio, la protección del consumidor, la justicia, la seguridad, e incluso en las relaciones internacionales. No conozco ninguna excepción. El eje principal de toda mi labor editorial consiste en reiterar este argumento una y otra vez. ¿Resulta agotador? En absoluto. El problema fundamental, omnipresente y primordial de nuestra época –y de todas las épocas– es el estado. Siempre que una banda de criminales logra engañar al público para que le sea concedido el derecho legal de agredir a los demás, surge un problema que debe ser erradicado de raíz. La lucha por la libertad consiste precisamente en ésto, y no en otra cosa.

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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