Nunca siga a las masas

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    Lo que voy a decir puede parecer pretencioso (e incluso ofensivo), pero es una verdad tan absoluta como incontestable: la mayoría de las personas son tontas, carecen por completo de inteligencia, son totalmente incapaces de razonar, y carecen de facultades intelectuales desarrolladas. De hecho, esta afirmación puede parecer pretenciosa, pero no tiene nada de irreal o fantasioso. En realidad, sería inverosímil afirmar lo contrario y declarar que la mayoría de las personas son inteligentes. Esa sería una afirmación totalmente falsa y drásticamente alejada de la realidad.

    La incómoda verdad es que la gran mayoría de las personas simplemente sigue a las masas, obedece ciegamente a los medios de comunicación corporativos dominantes, tiene una visión del mundo totalmente moldeada por la televisión, y está completamente dispuesta a obedecer al gobierno de forma irrestricta e incondicional, incluso cuando ciertas políticas estatales la perjudican explícitamente, de maneras tan dramáticas como irreversibles.

    Lamentablemente, la mayoría de las personas nunca razona sobre nada. Podemos afirmar categóricamente que muchos seres humanos se comportan como animales. No viven: simplemente existen. ¿Qué nos enseña ésto?

    Esta deplorable realidad nos enseña que no debemos preocuparnos por las opiniones de la gran masa, ni tampoco por los juicios que terceros emiten sobre nosotros. Las opiniones ajenas deben ser tratadas como lo que realmente son: irrelevantes. La gran masa está compuesta, en su mayoría, por personas tontas, estúpidas, crédulas y superficiales, que creen ciegamente en promesas vacías, siguen a la mayoría, no realizan análisis profundos o fundamentales de las circunstancias, y se conforman con obedecer ciegamente a las autoridades. Lamentablemente, las masas se guían principalmente por sus necesidades físicas más elementales (dormir, comer, orinar, defecar, copular), están condicionadas por ciertos hábitos tan cotidianos como inevitables, realizan tareas de forma mecánica –a menudo en “piloto automático”–, son totalmente ciegas ante sus propias limitaciones físicas, mentales e intelectuales, poseen un horizonte temporal restringido (excesivamente anclado en el presente) y limitado a la satisfacción de placeres inmediatos (reflejo de la alta preferencia temporal); son altamente materialistas y consumistas, y se ocupan exclusivamente de actividades mundanas, sin reflexionar jamás sobre los aspectos más profundos de la existencia humana.

    Esta descripción es aplicable, sin lugar a dudas, a una parte considerable de la sociedad humana (posiblemente, a la gran mayoría de las personas). Por desgracia, resulta fácil constatar –al observar con atención el comportamiento de la especie humana– que las masas no piensan, no cuestionan, no razonan y no ponen absolutamente nada en tela de juicio.

    Es lamentable reconocerlo, pero el grado de estupidez existente entre los seres humanos es excesivamente elevado. De modo que podemos afirmar categóricamente que la inteligencia es escasa, mientras que la estupidez abunda. En una sociedad de personas estúpidas, los individuos inteligentes jamás serán elevados a una categoría especial; por el contrario, serán etiquetados como un grupo de lunáticos excéntricos con demasiado tiempo libre.

    Ésto puede ser explicado –al menos en parte– por el hecho de que la gran mayoría de las personas ha sido totalmente condicionada para creer, de manera irrestricta e incondicional, en la televisión y en las autoridades establecidas. No han sido formadas para desarrollar sus capacidades intelectuales ni sus facultades de razonamiento. Muy al contrario: las masas han sido condicionadas, desde la más tierna infancia, a obedecer sin cuestionar. Condicionadas a creer que las autoridades jamás mentirían, y que los medios de comunicación dominantes son imparciales, íntegros e idóneos –y, por tanto, totalmente confiables. La mayoría de las personas se ha convencido de que todo lo que aparece en la televisión, todo lo que el gobierno declara, y todas las políticas de estado previamente establecidas, son verdades absolutas que no deben ser refutadas ni cuestionadas, ya que constituyen un consenso firmemente arraigado.

    Lamentablemente, la mayoría de las personas no percibe en absoluto el hecho de que una parte considerable del supuesto consenso existente en la sociedad es totalmente fabricado y artificial. Y que tanto la complacencia individual como la sumisión ciega de las masas sirven, primordialmente, a proyectos de poder políticos y económicos que son totalmente ajenos al bienestar general de la población.

    De hecho, la mayoría de las personas no piensa. Y ésto es un hecho incontestable. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche afirmó en su libro “Humano, demasiado humano” que la mayoría de las personas son totalmente incapaces de razonar:

    “El arte de razonar – El mayor progreso realizado por el hombre ha sido aprender a razonar correctamente. Ésto no es algo tan natural como supone Schopenhauer, al decir que ‘todos son capaces de razonar, pero pocos de juzgar’; sino que fue algo aprendido tardíamente y que, hasta el día de hoy, no predomina. En la antigüedad, la regla era el razonamiento falso: y las mitologías de todos los pueblos, su magia y superstición, sus religiones y su derecho, son las inagotables fuentes de pruebas de tal afirmación”.

    Preste mucha atención a lo interesante que resulta la observación de Nietzsche: escribió que razonar es algo “que, hasta el día de hoy, no predomina”.

    Nietzsche vivió en la segunda mitad del siglo XIX y falleció en el año 1900; es decir, en pleno albor del siglo XX. “Humano, demasiado humano” fue publicado originalmente en 1878. Se puede afirmar, con total convicción, que Nietzsche no confiaba en las capacidades intelectuales de sus contemporáneos (y con toda razón). Sabía que los seres humanos, en su gran mayoría, son totalmente incapaces de razonar (y tenía toda la razón al señalarlo). Y podemos afirmar categóricamente, con la misma convicción, que razonar sigue siendo, en pleno siglo XXI, algo “que, hasta el día de hoy, no predomina”.

    Diversos hechos confirman esta premisa. Eventos relativamente recientes, como la pandemia del covid –además de muchos otros que podrían ser mencionados–, demuestran que las masas siguen confiando en la idoneidad e integridad del proceso electoral; acuden a votar siempre que el gobierno lo ordena; se vacunan periódicamente –siguiendo un calendario de vacunación diseñado para satisfacer los intereses económicos de los conglomerados farmacéuticos–; consideran la moneda fiduciaria emitida por el banco central como la referencia fundamental de su vida financiera (sin siquiera contemplar el oro, la plata o las piedras preciosas como verdaderos medios de intercambio); confían firmemente en la seguridad social; creen que la corrupción gubernamental es una anomalía del sistema; se muestran ostensiblemente sumisas ante autoridades públicas cuyos discursos son redactados por pasantes; y creen tenazmente en cualquier cosa que sea difundida por televisión, por muy irracional o absurda que sea. Para las masas, si algo ha aparecido en la televisión, entonces es verdad. No debe ser cuestionado absolutamente nada de lo que fue presentado en el noticiero de ayer. Hacerlo sería herejía.

    Este hecho nos lleva a la siguiente conclusión: la mayoría de las personas son ovejas. Pero ese no es el aspecto más grave en lo que respecta a las masas. Lo peor es que la mayoría de la gente, en realidad, no razona. Siguen órdenes como si obedecieran a una programación –controlada de manera invisible por un sistema que la manipula sutilmente– y, a menudo, actúa como animales guiados por el instinto y el condicionamiento. Está programada para pensar y actuar de una forma determinada y, además, se encuentra tan desnutrida intelectualmente, que ni siquiera es capaz de percibir hasta qué punto está siendo manipulada.

    La buena noticia es que el “arte de razonar”, según es descripto por Nietzsche, puede ser aprendido. Viene acompañado con muchos otros elementos y atributos que amplían nuestras facultades intelectuales y estimulan nuestro discernimiento, a medida que entrenamos nuestras habilidades mentales.

    Al desarrollar las facultades intelectuales, se aprende la importancia de ejercitar elementos fundamentales –de vital importancia para el razonamiento lógico–, como el cinismo y el escepticismo. Estas dos virtudes impulsan al individuo a dudar de todo y a buscar, mediante el método de la investigación personal, la veracidad sobre un tema determinado, con el fin de verificar si aquello que es investigado es verdadero o falso.

    De hecho, debemos aprender a razonar con entusiasmo y dedicación, al mismo tiempo que cultivamos la excelencia en virtudes como el cinismo y el escepticismo. Son estas dos cualidades las que nos incitan a investigar minuciosamente los fundamentos de cualquier asunto. El cinismo y el escepticismo son esenciales para comprender cómo funciona realmente el mundo; además, entrenan el discernimiento intelectual que nos permite distinguir los hechos concretos de la propaganda.

    Lo cierto es que, bajo cualquier circunstancia, el ejercicio del cinismo y del escepticismo resulta tan fundamental como necesario. Formúlese esta pregunta: ¿por qué habría de confiar en todo lo que dice el sistema político, o por qué debería creer todo lo que aparece en la televisión? Aunque dudar de ambos pueda parecer algo obvio para las personas inteligentes, en su gran mayoría las masas creen ciegamente en ambos. Por más que a menudo afirmen dudar, sus actos, actitudes y conducta personal demuestran, de manera innegable, confianza inquebrantable en el sistema.

    Todas las personas deberían desarrollar sus facultades intelectuales. Razonar es fundamental para cualquiera que desee comprender la realidad, con el objetivo de desenvolverse en ella de manera más concreta y pertinente, y para entender los hechos –que a menudo son invisibles para la gran mayoría– tal como son realmente presentados: sin filtros mediáticos, y despojados de una estética narrativa fantasiosa y disimulada.

    Ahora bien, es evidente que desarrollar las facultades intelectuales exige entrenamiento constante del discernimiento, a fin de ejercer la prudencia racional. Al fin y al cabo, así como no debemos creer en todo, tampoco podemos dudar de todo. Ésto nos lleva a un análisis aún más interesante sobre los diversos grupos ideológicos presentes en la sociedad occidental.

    Analicemos brevemente los dos extremos de la sociedad occidental contemporánea: los teóricos de la conspiración, y los militantes progresistas. El primer grupo practica el cinismo y el escepticismo de forma proverbial –a veces, incluso de manera exagerada–, mientras que el segundo grupo simplemente ignora ambos elementos, tan indispensables para el razonamiento lógico. Ambos están equivocados, por tratarse de posturas extremas; sin embargo, uno de estos grupos es peor que el otro.

    Comencemos este breve análisis con el colectivo de personas que, en tiempos recientes, ha sido denominado “teóricos de la conspiración”. Es un grupo sumamente interesante de analizar. Al menos algunas de estas personas merecen, sin lugar a dudas, ser consideradas sumamente inteligentes.

    Coincido plenamente en que podrían ser formuladas innumerables críticas hacia los llamados “teóricos de la conspiración”. No obstante, quisiera ser el primero en afirmar que, en los últimos años, han demostrado tener más razón que no tenerla. Ésto basta para demostrar que, al menos algunos de estos individuos, pueden ser considerados excepcionalmente valientes e inteligentes. Por tanto, debemos conceder cierto grado de credibilidad a lo que plantean. No obstante, es cierto que, a menudo, estas personas plantean teorías ostensiblemente descabelladas que no deben ser tomadas en serio. Muchos de los individuos a los que llamamos “teóricos de la conspiración” parecen perdidos en un sistema de creencias hermético y peculiar, y están dispuestos a dudar de un hecho determinado por un simple capricho personal.

    Sin embargo, es fundamental admitir que los teóricos de la conspiración también tienen aspectos positivos. Si bien, por un lado, podemos criticarlos por una serie de excentricidades, excesos y argumentos que parecen no encajar con los hechos, por otro lado, también podemos elogiarlos por diversas razones.

    En primer lugar, no temen plantear preguntas incómodas –preguntas que a muchos otros también les gustaría hacer, pero que evitan formular por miedo a una exposición indebida. Sin duda, los teóricos de la conspiración saben ejercer el cinismo y el escepticismo, y no temen llevar a cabo investigaciones profundas y contundentes sobre los más variados temas (incluso los más polémicos). Realmente no temen cuestionar ni refutar nada, y enfrentan con valentía la constante burla de las masas que aceptan, sin más, como verdad absoluta, todo lo que difunden los medios de comunicación convencionales dominantes.

    En segundo lugar, los “teóricos de la conspiración” no aceptan como verdades fundamentales, absolutas e inmutables, ciertos conceptos firmemente establecidos por el “consenso científico”. Es cierto que, a menudo, se exponen al ridículo; pero, al menos, poseen el coraje y la valentía necesarios para cuestionar, algo que parece ser cada vez más raro hoy en día.

    Sin duda, los “teóricos de la conspiración” pueden enseñarnos mucho sobre el ejercicio del cinismo y el escepticismo, así como sobre la valentía de cuestionar ciertas “verdades” que son consideradas consenso incuestionable. A pesar de los excesos y exageraciones ocasionales –los que sin duda restan la escasa credibilidad de este grupo–, existen virtudes en este colectivo de individuos, quienes nos enseñan mucho sobre la necesidad constante de cuestionar y desafiar ciertas “verdades” tan pregonadas por la corriente dominante (mainstream).

    Es fundamental comprender que los llamados “teóricos de la conspiración” no constituyen un grupo de individuos inútiles. Muy por el contrario: en su mayoría, están dispuestos a exponer ciertas mentiras que han sido elevadas a la categoría de verdades absolutas e inmutables, y se oponen de manera rotunda a un sistema que resulta drásticamente hostil hacia los seres humanos y las libertades individuales.

    Lamentablemente, muchos de estos individuos incurren en excesos y defienden argumentos que, en cierto modo, parecen bromas estudiantiles excéntricas, demasiado disparatadas como para ser tomadas en serio. No obstante, no podemos menospreciarlos ni descartarlos simplemente como un grupo de lunáticos excéntricos y chiflados, tal como hacen de forma recurrente los medios de comunicación dominantes. Muchos de ellos son personas que piensan, cuestionan, desafían y razonan de manera ejemplar; a veces, con resultados prácticos formidables, dignos de elogio.

    Muchos “teóricos de la conspiración” ayudan a exponer hechos cuya veracidad no sólo pone en entredicho consensos firmemente establecidos (como el SIDA, las vacunas o el calentamiento global), sino que también revela verdades demasiado delicadas para que el establishment político las acepte o confirme como correctas. En cierto modo, el término “teórico de la conspiración” no deja de ser una etiqueta que la corriente dominante (mainstream) utiliza con frecuencia para intentar restar credibilidad a una persona o a un grupo de personas cuando éstas exponen verdades excesivamente dolorosas y contundentes.

    Analicemos ahora el otro extremo de este espectro: los militantes progresistas. Posiblemente, el colectivo más nefasto que existe actualmente en la sociedad contemporánea.

    Los progresistas se sitúan en la dirección opuesta a los “teóricos de la conspiración”. No sólo muestran repulsa y aversión colosales hacia el razonamiento lógico, sino que se oponen al mismo de manera total y absoluta. Los militantes progresistas son criaturas guiadas principalmente por las emociones; rechazan categóricamente los hechos y las pruebas concretas, especialmente cuando éstos desmienten ciertas falacias dogmáticas difundidas por su ideología predilecta.

    Los militantes progresistas jamás ejercen el pensamiento crítico, ni tampoco el cinismo o el escepticismo; para los miembros de este grupo, tales conceptos simplemente no existen. Estas criaturas conforman un colectivo de fanáticos obsesionados con una obediencia ciega, incondicional y absoluta hacia un estado omnipotente y los medios de comunicación corporativos dominantes. Los militantes progresistas han sido adoctrinados para aceptar incondicionalmente la supuesta “infalibilidad” de las autoridades establecidas. Algo que, en realidad, no existe, ya que las personas que ocupan posiciones de poder y autoridad también cometen errores constantemente.

    Lamentablemente, estas criaturas muestran una inclinación sórdida y perjudicial a confiar ciegamente en la televisión, el gobierno, las autoridades establecidas y los conglomerados farmacéuticos. Los militantes progresistas nunca dudan de absolutamente nada de lo que es pronunciado por estas “deidades”. Muy al contrario: consideran una blasfemia atroz cuestionar una declaración o una afirmación emitida por cualquiera de estas entidades.

    De hecho, los militantes progresistas están ostensiblemente obsesionados con la obediencia ciega, irracional e incondicional al sistema. Y se enfurecen profundamente con las personas que se atreven a pensar por sí mismas, y que osan cuestionar cualquier elemento considerado santificado o clasificado como “cláusula pétrea” por la secta secular progresista.

    La militancia progresista cree ciegamente en la autoridad del estado. Los adeptos de la secta progresista creen, con inflexible vehemencia, que la gente común nunca debe cuestionar a las autoridades establecidas, sino que debe contentarse únicamente con obedecerlas a ciegas, sin vacilación alguna.

    Para los militantes progresistas, fenómenos como la corrupción, los intereses ocultos, el abuso de poder o la manipulación mediática, simplemente no existen. Las personas en posiciones de poder y autoridad son siempre, por naturaleza, benignas, amorosas, altruistas, benevolentes y abnegadas; jamás cometen errores. No son, por tanto, seres humanos normales, sino semidioses majestuosos, impecables, excepcionales y fantásticos, quienes deben ser obedecidos sin reservas en prácticamente cualquier circunstancia.

    Quienes ocupan posiciones de poder lo saben todo, nunca se equivocan; incluso podría ser afirmado que son omniscientes, omnipresentes y omnipotentes. Puede parecer una exageración, pero el histérico fanatismo de los fundamentalistas progresistas y su sumisión incondicional al estado omnipotente demuestran, sin lugar a dudas, que –al menos de forma inconsciente– atribuyen una condición divina a los poderes establecidos (principalmente al estado). Por eso, estas criaturas se muestran tan ostensiblemente enfurecidas cuando ven a personas comunes cuestionando o impugnando lo que dicen las autoridades; pues, para los adeptos de la secta progresista, quien cuestiona cualquiera de estos elementos está cuestionando a un dios. Un dios que (según su concepción) es impecable, infalible, perfecto, amoroso y extremadamente benevolente.

    Observe cómo los progresistas han sido condicionados a obedecer ciegamente al sistema, sin ofrecer resistencia alguna. Sus facultades intelectuales han sido tan flagrantemente deterioradas, suprimidas y obliteradas, que terminan ignorando los elementos más básicos de la sociedad y de la naturaleza humana: los militantes progresistas niegan la existencia de la corrupción, demuestran colosal ignorancia respecto de la naturaleza del poder y el funcionamiento real del estado, creen que una persona –por el mero hecho de ocupar una posición de poder o ejercer un cargo de autoridad– es intrínsecamente benevolente; son totalmente ciegos ante el hecho de que los seres humanos son imperfectos y cometen errores constantemente, son incapaces de comprender que los errores cometidos por los gobernantes y las autoridades establecidas pueden tener consecuencias dramáticas para toda la sociedad, y creen que las instituciones poseen un nivel de idoneidad e integridad tal que no sólo merecen nuestra total devoción, sumisión y confianza, sino que jamás deberíamos negarnos a hacer todo aquéllo que los poderes establecidos nos ordenan realizar.

    De hecho, los progresistas han sido tan radicalmente adoctrinados para obedecer al sistema de forma incondicional que, durante la decretada pandemia de coronavirus, pasaron a calificar como “negacionistas” a todos aquéllos que se negaban a mostrar la misma fe ciega y la misma devoción irracional que ellos manifestaban hacia los poderes establecidos. En otras palabras, los progresistas son el ejemplo perfecto de todo aquéllo que no debemos ser: son criaturas que no han desarrollado sus facultades intelectuales, son completamente incapaces de razonar, son totalmente ignorantes sobre cómo funciona el mundo real, niegan los elementos más básicos –y a menudo corrompidos– de la naturaleza humana, son sumamente crédulos ante todo lo que declaran las personas en posiciones de poder y autoridad, carecen de cinismo y escepticismo (virtudes que desconocen), y no tienen la menor idea de qué es lo que realmente impulsa a la maquinaria gubernamental y a las grandes corporaciones.

    Los militantes progresistas han sido programados para obedecer ciegamente y para despreciar, de manera agresiva y vehemente, a todos aquellos que no demuestran la misma fe irracional que ellos tienen en el sistema. De hecho, parece que los progresistas han sido condicionados para despreciar, detestar y odiar a todas las personas capaces de razonar y de pensar por sí mismas.

    Estas personas creen en la ideología de género y se toman en serio etiquetas como “agénero” o “no binario”. Ésto demuestra, por sí solo, que los militantes progresistas son criaturas profundamente irracionales, dispuestas a negar categóricamente la realidad. No deberíamos prestar la más mínima atención ni otorgar credibilidad alguna a lo que los militantes progresistas piensan, creen o defienden. Estas criaturas deberían estar internadas en instituciones psiquiátricas, no viviendo en sociedad entre personas normales.

    Conclusión

    Necesitamos aprender urgentemente a desarrollar nuestras facultades intelectuales. Y, una vez desarrolladas, debemos seguir perfeccionando y refinando continuamente el arte de razonar. La mayoría de la gente nunca hace esto. La buena noticia es que no necesitamos –ni debemos– seguir a las masas. Las masas están compuestas, en su mayor parte, por personas terriblemente innobles, frívolas, superficiales, estúpidas, necias, crédulas e irracionales. No debemos preocuparnos por lo que las masas piensan, creen o declaran. Los inteligentes y los ilustrados tienen la obligación de considerar los valores que estas criaturas toman en cuenta como algo totalmente irrelevante. Las masas son fácilmente manipuladas por los medios corporativos dominantes, y poseen una visión del mundo totalmente moldeada por la televisión. Son personas simples y “matrixianas” que no piensan, no desafían, no cuestionan y no razonan.

    Las capacidades intelectuales pueden ser desarrolladas y entrenadas. De hecho, debemos ser pensadores libres e independientes, aunque el sistema y el establishment político se esfuercen arduamente por combatir a este tipo de personas.

    No deberíamos ser ni como los “teóricos de la conspiración” ni como los militantes progresistas. No obstante, es indudable que ambos grupos son asimétricos y carecen por completo de equivalencia alguna. Ésto resulta fácil de comprender al notar que el mismo establishment que adora y sacraliza a los militantes progresistas, desprecia con extrema mordacidad y vehemencia a los “teóricos de la conspiración”.

    De hecho, estos dos grupos no son dos caras de la misma moneda. Si bien podemos aprender algunas cosas interesantes y observar elementos positivos en los “teóricos de la conspiración” –como la disposición a cuestionar, y la valentía para plantear preguntas desagradables e incómodas–, no hay absolutamente nada bueno que rescatar de la secta progresista. La secta progresista es totalmente perversa, maligna, corrosiva, perniciosa, degradante y destructiva. No hay nada en ella que sirva de ejemplo o que pueda ser aprovechado. El mundo en el que vivimos será un lugar mucho mejor el día en que la ideología progresista deje de existir.

    El progresismo es una ideología funesta, degradante, vil, nefasta e histriónica, que debe ser erradicada y obliterada por completo, lo antes posible. Es totalmente contraria al razonamiento sensato, a la reflexión filosófica, al debate plural y abierto, y a la adquisición de conocimiento. La ideología progresista no es más que estupidez patológica y servidumbre institucionalizada a gran escala. Sus adeptos son individuos atrapados en una “matrix”, al servicio de las autoridades establecidas, decididos a imponer una obediencia ciega e incondicional hacia el estado omnipotente, cueste lo que cueste. El progresismo es una herramienta política y social empleada a favor del totalitarismo estatal. No es, nunca ha sido, ni será jamás, nada más que eso.

    Aunque ninguno de ellos sirva de ejemplo, al hablar tanto de los “teóricos de la conspiración” como de los militantes progresistas, es fundamental señalar que existe un abismo de diferencias entre ambos colectivos. El primer grupo practica el cinismo y el escepticismo. El segundo grupo practica una obediencia ciega, irracional, incondicional y absoluta hacia los poderes establecidos. Estamos, por tanto, ante dos grupos totalmente distintos.

    Como ha sido anteriormente mencionado, lo correcto es que cada persona aprenda a razonar y a pensar por sí misma. Pero si hay que inclinarse por un extremo, que sea por el primer grupo: el de los “teóricos de la conspiración”, los que piensan, cuestionan y razonan. Los militantes progresistas simplemente obedecen a una agenda ideológica dogmática, se someten de forma ciega e incondicional a las autoridades establecidas, y se muestran ostensiblemente enfurecidos con quienes no actúan así.

    Sin lugar a dudas, pensar y razonar es un atributo de pocos. Lamentablemente, el número de personas inteligentes es extremadamente escaso. Pero todos debemos tomar una decisión: podemos formar parte de la minoría que cuestiona y razona, o ser uno más dentro de la masa histérica, mediocre y manipulada.

     

     

     

    Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko

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