Cuando la ideología es impuesta por sobre la biología, no es compasión, sino daño disfrazado de progreso.

Durante casi una década, fue dicho a los estadounidenses que negaran lo que la biología, el sentido común y sus propios ojos hacían evidente.
Los hombres podían convertirse en mujeres.
Las mujeres podían convertirse en hombres.
Los niños eran plenamente capaces de optar por hormonas esterilizantes.
Los bloqueadores de la pubertad eran “reversibles”.
Y cualquiera que cuestionara algo de esto, era tachado como intolerante.
Fue una de las campañas de pensamiento mágico más agresivas de la vida pública moderna.
Nos fue dicho que el sexo era “asignado al nacer”, como si los médicos en las salas de parto estuvieran lanzando dados, en lugar de observar la realidad biológica. De repente, los cromosomas, la anatomía y la función reproductiva fueron considerados menos importantes que los sentimientos. Siglos de conocimiento científico fueron descartados en favor de slogans y etiquetas de redes sociales.
Ninguna civilización en la historia creyó ésto.
Luego, casi de la noche a la mañana, se esperaba que no sólo lo aceptáramos, sino que también lo celebráramos.
La cuestión nunca fue sobre adultos tomando decisiones personales. Las personas libres pueden vivir como deseen.
El escándalo siempre giró en torno de los niños.
La adolescencia es una etapa complicada. Los adolescentes a menudo se sienten ansiosos, torpes, alienados e incómodos en su propia piel. Eso solía ser llamado crecimiento: una fase que la mayoría acaba superando.
Entonces, los activistas redefinieron el malestar habitual como prueba de haber “nacido en el cuerpo equivocado”. Ésto es pensamiento mágico.
¿Una chica con rasgos o gustos masculinos? Quizás sea un chico.
¿Un chico sensible? Quizás sea una chica.
¿Un adolescente que teme a la pubertad? Es hora de usar bloqueadores.
Lo que las generaciones anteriores manejaban con paciencia, fue reclasificado como diagnóstico médico.
Y lo que siguió fue vendido como “atención médica”.
Los bloqueadores de la pubertad interrumpen el desarrollo normal. Las hormonas del sexo opuesto conllevan consecuencias negativas permanentes. Los senos sanos extirpados a chicas adolescentes, no vuelven a crecer. La fertilidad es eliminada antes de llegar a la edad adulta. La función y el placer sexuales se ven perjudicados antes incluso de ser plenamente desarrollados.
Todo bajo la bandera de la “afirmación” o la “compasión”.
Si ésto suena extremo, es porque lo es. Incluso dentro de la medicina, hubo voces disidentes que advirtieron sobre ésto mucho antes de que alzar la voz se volviera profesionalmente peligroso. El Dr. Paul McHugh, ex jefe de psiquiatría del Hospital Johns Hopkins, describió el transgenerismo como una condición psicológica más que como una realidad biológica, y advirtió contra el hecho de reforzarlo mediante intervenciones irreversibles.
Esas advertencias no fueron objeto de debate. Fueron desestimadas. O peor aún: fueron silenciadas.
Imagínese a un niño que insiste en que es un pájaro. Ningún adulto en su sano juicio lo animaría a saltar desde un tejado. Sin embargo, cuando un niño dice ser del sexo opuesto, muchos adultos se apresuran ahora a validar esa creencia, a recetar fármacos y a calificarlo como progreso.
Eso no es compasión. Eso es mala praxis disfrazada de virtud.
Incluso los beneficios prometidos han resultado ser menos seguros que lo que era anunciado. Se nos decía que la afirmación y la transición reducirían el riesgo de suicidio y el malestar psicológico. Sin embargo, como destaca un análisis reciente de Spiked, la evidencia que respalda estas intervenciones es mucho más débil que lo que sugerían los activistas; está basado a menudo en estudios de baja calidad, seguimientos breves y presentación selectiva (sesgada) de los datos.
Ésto ayuda a explicar por qué varios países europeos han cambiado de rumbo.
Gran Bretaña ha reevaluado la medicina de género pediátrica. Suecia y Finlandia han restringido su uso. Otras naciones se están inclinando hacia la psicoterapia en lugar de la medicalización inmediata.
Cuando Escandinavia pide cautela, tal vez sea hora de reconsiderar los slogans simplistas.
Sin embargo, muchas instituciones estadounidenses siguen adelante como si nada hubiera cambiado: como personajes de dibujos animados que ya han corrido más allá del borde de un precipicio, pero que aún no han mirado hacia abajo.
¿Por qué? Porque ésto nunca fue sólo medicina. Fue comvertido en ideología. Un sistema de creencias con sus propias reglas:
Decir que “las mujeres trans son mujeres”.
O aceptar que “los hombres pueden quedar embarazados”.
Repetir que el sexo es algo “asignado”.
Calificar la disidencia como daño u odio.
Anunciar los pronombres.
Castigar a los herejes.
Los médicos que expresaron objeciones, fueron difamados. Los padres que dudaron, fueron amenazados. Los maestros fueron animados a ocultar las transiciones a las familias. Las mujeres que plantearon inquietudes sobre la privacidad o la equidad fueron tachadas como extremistas. A los atletas les fue dicho que aceptaran perder como señal de inclusión y tolerancia.
El movimiento que alguna vez afirmó defender a las mujeres y a la ciencia, ahora pide a ambas que den un paso atrás.
Vaya evolución: desde el “Soy mujer, escúchame rugir” de Helen Reddy, hasta el “El silencio es oro” de The Tremeloes.
Luego están los padres. Algunos merecen comprensión. Fueron presionados por las escuelas, los consejeros y una cultura que insiste en que la afirmación inmediata es la única respuesta amorosa. Sin embargo, los padres son constantemente presionados por sus hijos para que les permitan hacer ésto o comprar aquéllo, y la mayoría suele decir “no”.
Otros parecen inusualmente entusiastas. En ciertos círculos, tener un hijo transgénero se ha convertido menos en una realidad difícil y más en un distintivo de virtud social. Esto plantea preguntas incómodas.
¿Están algunos adultos proyectando sus propias luchas en sus hijos? ¿Buscan la validación de sus hijos?
¿Es un caso de síndrome de Munchausen por poder?
¿Es un símbolo de status?
Las contradicciones siguen acumulándose.
Nos dijeron que se trataba de tolerancia, pero la disidencia era castigada.
Nos dijeron que se trataba de privacidad, pero las mujeres perdieron su privacidad.
Nos dijeron que se trataba de equidad, pero las chicas perdieron oportunidades.
Nos dijeron que se basaba en evidencias, pero las evidencias eran opcionales.
Nos dijeron que el arrepentimiento era raro, hasta que hablaron las personas que revirtieron su transición. Y esas voces importan.
Jóvenes que hicieron la transición siendo menores de edad describen ahora lo que les sucedió: decisiones precipitadas, evaluaciones inadecuadas, presión social y consecuencias irreversibles.
Algunos perdieron la fertilidad.
Algunos perdieron la función sexual.
Algunos perdieron partes sanas de su cuerpo.
Muchos perdieron la confianza en los adultos que debían guiarlos y protegerlos.
Eso no es atención sanitaria. Eso es un escándalo que se desarrolla en tiempo real. Y luego está la ironía geopolítica.
Los activistas occidentales a menudo se alinean con movimientos o regímenes en los que la identidad transgénero no sería celebrada, sino criminalizada o algo peor. “Queers for Palestine” puede ser el slogan más revelador –aunque involuntariamente– del momento.
La realidad tiene sentido del humor. Aunque éste pueda resultar fatal.
Nada de ésto significa que las personas que experimentan malestar de género deban ser ridiculizadas. Merecen compasión, honestidad y atención psicológica seria.
Pero la compasión no exige fingir.
Un hombre no puede convertirse en mujer.
Una mujer no puede convertirse en hombre.
La pubertad no es una enfermedad.
Y los niños no pueden ser esterilizados porque los adultos teman decir “no”.
Hubo un tiempo en que esas afirmaciones no requerían valentía.
Hoy, sí.
Porque la ideología exige silencio.
La realidad, no.
El espejismo transgénero se está resquebrajando; no porque los críticos alzaran la voz, sino porque la realidad suena con más fuerza.
La realidad, a diferencia de la ideología, no necesita ser impuesta a la fuerza.
Simplemente espera y, al final, gana.
Traducción: Ms. Lic. Cristian Vasylenko









